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sábado, 20 de agosto de 2016

El Descuento

¡Hola! De terror... no es ¡Jaja! Pero igual es un cuento entretenido, a mí me gusta ¡Jeje! 


Esa noche descubrí que cuando uno pretende hacer algo malo y peligroso es inevitable caminar agazapado. Con una luna enorme como mudo testigo, Juan y yo escondimos nuestras bicicletas en un costado del camino y entramos a un campo. Lo mismo daba trotar erguido o agazapado pero lo grave del asunto nos obligaba a encorvarnos.
En una parte baja y muy húmeda donde corría un hilo de agua, en todo el largo de este había una niebla tan concentrada que desde lejos parecía una colosal víbora fantasmal que resplandecía por la luna. En la pampa, por las noches un relincho, mugido o ladrido lejano solo sirve para acentuar más el silencio que le sigue. Alcanzamos esa zona baja y empezamos a chapotear lodo entre esa niebla fantasmagórica y fría. Cuando intuí que habíamos alcanzado el punto óptimo le hice una seña a mi amigo para que se detuviera, y después, más agazapado todavía, subí por el borde la zanja natural por donde íbamos y me asomé. Justo como calculé, más adelante estaban las luces del establecimiento rural, y entre este y nosotros se hallaba el corral de las ovejas.

Un día antes, cuando fueron a pagarnos la quincena protesté al contar los billetes:

-Esto es mucho menos de lo que dijeron que iban a pagar.
-El descuento es porque son mantenidos -dijo con fastidio el capataz, que se encontraba pagando los sueldos del otro lado de una mesa.
-Pero dijeron que la comida ya estaba descontada, el sueldo que dijeron era líquido -protesté.
-¡Que líquido ni que nada! ¡Es ese y se terminó! -gritó el capataz y se puso en pie corriendo a un lado el saco para que se viera el revólver que tenía.

Juan, que estaba atrás en la cola que hacían los peones, se puso a mi lado con los puños cerrados. Al tipo que nos estaba robando eso le dio gracia. Los dos teníamos solo dieciséis años y éramos de la ciudad, y la gente de campo se cree más ruda y fuerte que la de la ciudad, cosas de la ignorancia. Pero en este caso sí estábamos en desventaja. Vi que algunos de los peones comedidos que estaban detrás nuestro se hamacaron inquietos. “Alcahuetes, a ustedes también los van a robar”, pensé. Nos fuimos de aquella pieza sin decir más. El capataz nos siguió con la mirada, sonriendo. No me quedaron dudas de que siempre pagaban de menos y que el dueño debía estar detrás de eso, porque cuánto más tienen más quieren. Nunca creí que ser bueno en matemáticas me amargara tanto.

-¿Y cuánto es más o menos lo que nos sacaron? -me preguntó Juan afuera.
-Casi la mitad.
-¿¡Qué!? ¡Ah, no, voy a volver a reclamarle! -exclamó Juan, pero lo detuve de un brazo.
-Ahora no podemos hacer nada, pero ya nos vamos a vengar -le dije sonriendo y lleno de astucia.

Por la tarde había escuchado casualmente que durante ese fin de semana en el lugar iba a quedar solo un viejo peón y un perro igual de achacoso y sordo, los otros peones iban a arrear ganado en otro de los campos de esa gente . Estaba seguro de que no se habían dado cuenta de que escuché todo. En aquel lugar había ovejas, y le íbamos a robar una. Juan y yo nos estábamos quedando en el galpón de la casa de una tía que vivía en un pueblo cercano. Ayudábamos en la esquila, juntábamos los trozos de la lana que iban quedando en el suelo. Dejamos la secundaria por la mitad porque ya teníamos grandes planes, ideas de negocios que naturalmente al final no hicimos. Estábamos allí para financiar nuestros proyectos. Pero ahora esa ese atropello nos iba a retrasar, por eso teníamos que vengarnos. El plan era simple. Llegábamos al lugar ya entrada la madrugada, carneábamos una oveja, y en vez de volver a la casa de la tía de Juan nos íbamos a un monte con la excusa de pasar el fin de semana pescando, allí íbamos a salar y ahumar lo que no comiéramos ese día. 


Con la luna como nuestro cómplice seguimos ese plan. Después de arrastrarnos un trecho alcanzamos el corral. Era emocionante y atemorizante a la vez. Las pobres ovejas parecieron presentir nuestras intenciones y empezaron a apretarse contra el lado opuesto del corral. Por primera vez en esa noche pensé en las implicaciones de matar una y no me gustó. Pero la madre naturaleza ya había hecho ese trabajo. Estaban recién esquiladas y la noche había refrescado tanto que algunas de ellas no habían aguantado. Entre las ovejas asustadas y nosotros quedaron tres que estaban tendidas y con las patas duras. Sin ninguna duda habían muerto por la noche, era carne fresca. Arrastramos a una fuera del corral. Que ganas teníamos de llevar otra pero iba a ser muy complicado. La abrimos en el bajo, todavía estaba tibia. Quitarle el cuero, abrirla y cortarla a la mitad fue mucho más difícil de lo que creímos. 

Enterramos el cuero y los restos. Con adrenalina y todo volvimos al camino muy cansados y casi al amanecer. Repartimos la carne en dos mochilas y un par de bolsos. El camino hasta el monte fue largo y agotador, y al llegar no tuvimos descanso porque tuvimos que juntar un montón de leña e improvisar un ahumador. Terminamos molidos. Algunas partes las comimos ese día. El mejor asado de oveja que comí en mi vida, sazonado con la satisfacción de nuestra pequeña venganza. El lunes aparecimos en el establecimiento como si nada para no despertar sospechas, todavía quedaba un día de trabajo. Pero esa jornada no fue como otras. Andaba el dueño del lugar e hizo que todos nos reuniéramos en un galpón. Nos mirábamos con Juan adivinando el susto que el otro tenía. No era lo que temíamos. Al parecer el descuento era hecho solo por el capataz. El dueño del lugar se mostró muy apenado y nos repartió personalmente lo que nos faltaba. El capataz ya estaba en la comisaría. Parece que también robaba algunas ovejas, y la que faltó el fin de semana se la achacaron a él.    

5 comentarios:

  1. chispas, por un momento creí que el karma iba a hacer que les diera dolor de panza o que, cuando los reunieron en el galpón, que se enteraran de que las ovejas se murieron de algo raro y así se la comieron jajajajaja me agradó que el dueño fuera justo y que hubo castigo para el capataz :) buena historia, saludos

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    1. Los personajes principales hicieron algo malo pero eran buenos, no merecían castigo, por lo menos esta vez los perdoné. Lo del estanciero bueno y justo es la parte de ficción ¡Jaja! Nada que ver con la realidad del 99,9% de esa gente ¡Jaja! Gracias por comentar. Saludos!!

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  2. Como decimos acá, karma de fin de semana. Genial relato. Otro saludo

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  3. Qué mal por el dueño que no era mala persona pero al final le achacaron el hurto al capataz ladrón.

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