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martes, 20 de septiembre de 2016

¡El Payaso!

El viejo Abel se recostó contra uno de los extremos de la entrada de su taller mecánico para ver cómo reaccionaba la gente al ver a su payaso. Ubicó al payaso en el otro extremo extremo de la abertura, sobre la vereda. Era un muñeco de goma del tamaño de un hombre. El muñeco le resultaba horrendo a todos porque tenía una boca demasiado grande que hacía que su sonrisa resultara aterradora.
Además sus ojos eran muy realistas y tenía una peluca absurda pegada en la cabeza, una cabellera lacia y negra que solo podría entonar con un maniquí con forma de mujer. Esas características y su tamaño le daban una apariencia grotesca. El viejo Abel lo había comprado en una casa de subastas. Le había salido muy barato porque cuando lo presentaron en la subasta a todos les pareció grotesco y de mal gusto, y no pocos lo miraron hasta con algo de repugnancia, y algunos con temor. Era grotesco y de mal gusto al igual que el humor de Abel, por eso lo compró. Cuando apareció en su casa con aquello su mujer no lo soportó:

—¡De ninguna manera vas a dejar esa cosa tan fea acá! ¿Por qué compraste eso, acaso te dio un ataque de senilidad? —dijo enfadada y asqueada la esposa de Abel cuando lo vio aparecer en el patio cargando con dificultad al muñeco. 
—¡Puf! Como pesa. He levantado cajas de cambio de camionetas que pesan menos que esta cosa. Debe tener un esqueleto metálico o algo —evadió la pregunta Abel, y dejándolo parado en el patio se pasó el dorso de la mano por la frente sudada y después se arregló su abundante cabellera gris. No se le ocurría una respuesta. Finalmente le dijo—. Lo compré para atraer clientes.
—¿Tienes una casa de horror y yo no lo sabía? Mira ese pelo, ¿de qué es? Parece real, ¡ay, que asco! —comentó la mujer retrocediendo un paso después de haberse acercado para mirar la peluca. 
—¿Una casa de horror? ¿No se te ocurrió algo mejor? En fin... Lo voy a poner en el frente del taller. Le meto un overol de trabajo, así como si fuera un mecánico, y va a servir para llamar la atención de la gente —improvisó Abel. Cuando lo compró no tenía ni idea de qué iba a hacer con él.
—¡Pésima idea! La cara de este payaso no dice “Vengan a mi taller”, dice “Los voy a matar a todos” ¡Jajaja! Ahora saca esta cosa horrenda de acá. Me estoy perdiendo la novela.
—Ja...ja, muy gracioso. Tú porque no sabes nada de marketing. Ve a mirar tu novelita. Solo te lo quería mostrar. Solo yo perder el tiempo así. ¡Puf, como pesa el desgraciado!

Él mandaba y era un tirano en su taller, en su hogar no. Volvió a cargar el muñeco en la parte trasera de su camioneta y salió rumbo al taller, que como era domingo estaba cerrado. Había inventado aquello pero por el camino se le ocurrió que podía ser una buena idea, por lo menos para divertirse a costas de otros. En la entrada tenía un portón de esos que se abren hacia arriba, típicos de los garajes. Después de quitarle el candado y otra traba levantó el portón pero no se molestó en encender la luz, lo iba a dejar cerca nomás porque quería cargarlo lo menos posible. La luz de la calle arrojó claridad sobre gran parte de las cosas que había en el taller pero a la vez creó unas sombras muy negras. Lo dejó cerca de la entrada y cuando estaba bajando el portón se le ocurrió que al que abriera el taller sin saber que el payaso estaba allí, aunque fuera de día igual le esperaba una desagradable sorpresa. Para figurarse cómo sería movió el portón hacia arriba de nuevo. Estaba riendo con una carcajada ahogada que tenía, pero en un instante la cara le quedó seria. ¿El muñeco había movido la cabeza? Quedó sosteniendo el portón un momento. Ahora el muñeco parecía él. Abel movió la cabeza hacia los lados y volvió a emitir aquella especie de risa. “Debe ser un efecto de la luz y las sombras. Sí, eso fue”, pensó. Se marchó a su hogar. Al otro día, al amanecer, llamó por teléfono a su mecánico principal: 

—Benito, hoy no voy a poder abrir temprano el taller, hazlo tú.
—Está bien, voy un poco más temprano —aceptó el mecánico. 
—De lujo ¡Jeje! Nos vemos luego —se despidió Abel. 

Su broma estaba en proceso. Dejó su vehículo a una cuadra, en donde Benito no pasaba, y espió la entrada del taller desde una esquina. Benito llegó, sacó el candado, la otra traba, y cuando estaba levantando el portón pegó un grito, se movió bruscamente hacia atrás y cayó sentado. El viejo Abel largó su mejor carcajada y así fue hasta donde estaba la víctima de su broma. Más tarde, cuando llegó otro mecánico y preguntó por el muñeco, el viejo le dijo que era su reemplazo y se echó a reír. Y así pasó casi toda la jornada. Sus empleados sacudían la cabeza negando y seguían con lo suyo. Eran bromas muy tontas y pesadas. El viejo por momentos casi se ahogaba de tanto reír o se secaba alguna lágrima. Cuando parecía que iba a parar se le ocurría otra cosa. Hacia el final de la jornada sacó el muñeco a la vereda para ver la reacción de la gente. Un niño que iba con su madre al ver al payaso se cambió de lado y se pegó a esta, asomándose apenas para espiarlo. Después una señora mayor que iba algo distraída tomó al payaso por un hombre, pero al pasar al lado de este halló algo raro y al mirarlo bien se llevó tremendo susto, se apartó y gritó llevándose las manos a la cara. Todo eso divertía enormemente al bromista. Le resultaba divertido pero algo tenía que hacer ese día. Cuando los otros mecánicos ya se habían ido se quedó reparando un viejo motor que era como su pasatiempo. Cuando el día estaba muriendo se nubló y eso adelantó la noche. Las luces de la calle se encendieron temprano. El viejo salió a la vereda y respiró hondo mirando hacia arriba. El aire estaba lleno de humedad, se acercaba una tormenta.

Entró al muñeco, cerró y siguió en lo suyo. Más tarde miró el reloj de la pared. No faltaba mucho para la hora de cenar. Mientras se sacaba la grasa de las manos con una estopa sintió ganas de ir al baño. “Antes de la cena voy a hacer un poco más de espacio”, pensó tocándose la barriga. La ocurrencia le pareció muy graciosa y lamentó que en el momento no tuviera público. En el baño empezó a silbar como era su costumbre. Al salir fue hasta el tablero de las luces. El taller era grande y tenía varias lámparas. Apagó un par de ellas dejando a oscuras la mitad del lugar. Iba a apagar el resto pero al notar algo se detuvo. No había visto algo, faltaba algo: el payaso no estaba donde lo dejó. Primero lo buscó con la vista, extrañado, después sonrió y pensó: “Esto es cosa del Benito, de él y de alguno de los otros, puede hasta que de todos. Los fastidié mucho hoy y quieren vengarse”. 

—¡Buena esa, muchachos! ¡Jajaja! ¡Pero no les funcionó, no me asusto con facilidad! —dijo entonces levantando la voz.
—¿En serio? Vamos a comprobar eso —le respondió de pronto una voz burlona y llena de malicia desde la oscuridad.
—¡Aaah! ¿¡Quién está ahí, quién es!? —gritó el viejo, ya lleno de terror.
—Adivina ¡Jajaja,jeje!

Abel giró hacia el tablero con la intención de encender las luces que había apagado. Al estirar el brazo sintió un zumbido que le pasó cerca de la cabeza, fue como un golpe de viento. Al acto una pesada llave de mecánica chocó con violencia contra el tablero, se incrustó en él y saltó un montón de chispas. Como consecuencia de eso se apagaron todas las luces. El viejo quedó sumido en una oscuridad absoluta. Al quedar en silencio notó que estaba tronando, y la luz de unos relámpagos atravesó el ventanal. Eso le dio una fugaz visión del taller y así pudo ver que el payaso caminaba hacia él. Lo vio a varios metros y marchando lentamente, como en cámara lenta. Como el terror todavía no lo paralizaba ni física ni emocionalmente recordó el encendedor que tenía en el bolsillo. Pensó que si iluminaba su camino hasta el portón podría salir porque el payaso era muy lento. Pero cuando lo encendió la luz de la llama solo le dio más terror porque la cara del payaso ya estaba justo frente a la de él. Ahora el muñeco lucía un poco diferente, era más aterrador todavía porque podía mover sus facciones. Abriendo más su inmensa boca lanzó una carcajada horrible que tapó el grito de Abel. 

Por la mañana uno de sus empleados encontró muerto al viejo, tenía la cabeza aplastada por un motor. Los policías enseguida se dieron cuenta de que fue atacado pero no hallaron pistas sobre su agresor, y tampoco había testigos. Uno de los policías bromeó diciendo que sí había uno pero que seguramente no iba a hablar. Era aquel muñeco payaso con una peluca ridícula y gris. 

7 comentarios:

sharoll dijo...

Hola, soy yo otra vez!.me.encantan leer tus cuentos de payasos. Tenias rato no escribir sobre ellos..muy buena y que aterradora

Ongie Saudino dijo...

Oye no me esleraba que el pobre y viejo Abel terminara así. Me caía bien, jaja!. Era muy divertido y su sentido del humor estaba proporcionado con su forma de ser, aunque al final, fue su acido sentido del humor y su forma de ser lo que lo condujo a su terrible final. Ya que fue por eso que compró al grotesco payaso, por querese pasar de gracioso. Acaso al payaso le cambió el color de cabello al final? Porque habrá sido?. Bueno, creo que no lo sabremos. Pero ese feo payaso estaba poseido y seguramente, por eso fue vendido tan barato y atacó al pobre Abel. Ahora la mujer del viejo no podra ver la novela tranquila, jaja!. Una estupenda historia amigo!. A quien le habrá pertenecido ese payaso del terror?. De lo mejor!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Fíjate que el payaso-muñeco tenía una supuesta peluca que parecía de mujer; y Abel tenía el pelo gris, y terminó con la cabeza aplastada por un motor. Por ahí va el asunto. Gracias Ongie. Saludos!!

Jorge Leal dijo...

Es cierto, no había publicado de payasos, pero sí escribí, estuve como dos meses trabajando con uno particularmente odioso. Por eso últimamente no he hecho cuentos cortos con payasos, aunque sí tengo pronto otro que voy a publicar más adelante aunque este mismo mes. Gracias Sharoll. Saludos!!

Belen Duran Vidal dijo...

Magistral como siempre... nunca me gustaran los payasos definitivamente

Xiu Amigon dijo...

Buenisimo! En lo personal me desagradan los payasos pero amo leer cuentos de terror sobre ellos, hace tiempo escribiste unos (fueron varios) sobre un circo, ame ese cuento tambien

Jorge Leal dijo...

"Gente De Circo", adoré escribir esos cuentos. Gracias. Un abrazo.

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