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lunes, 5 de septiembre de 2016

Frente Al Cerro

El desierto ya se estaba llenando de sombras cuando las siluetas de los tres jinetes apareció en una cuesta.
Brad, Charly y Dave habían cabalgado casi todo el día por un desierto abrasador y ahora buscaban un lugar bueno donde pasar la noche, preferentemente uno con agua. Detrás de ellos un sol muy rojo se acercaba a unas formaciones de roca muy altas y delgadas, esculturas que el viento tallaba por todos lados en aquella vastedad. Charly levantó un poco su sombrero por costumbre mientras evaluaba con la vista una franja de arbustos verdes que resaltaba en una zona más baja del terreno. Los tres vaqueros eran de pocas palabras y solo con una mirada acordaron ir hasta allí porque probablemente había agua. Mientras se aproximaban al lugar los caballos se mostraron algo ansiosos, estaban olfateando el agua. Alcanzaron un riachuelo que corría entre piedras. Los tres respiraron aliviados y sin decir nada dejaron que los caballos remojaran sus patas mientras bebían ávidamente. Charly se paró sobre los estribos y echó un vistazo a los alrededores.

—Parece que ahí adelante hay un buen lugar para acampar —les dijo Charly.
—Yo me encargo de la leña –se ofreció Brad, y pasando la mano por la sudorosa paleta de su caballo miró a Dave, que enseguida entendió.
—Bien, yo me encargo de refrescar a los caballos, hay que aprovechar esta agua —y ya bajándose Dave agregó—. También voy a llenar las cantimploras. Por allí veo que hay buenos pastos.
—Voy preparando el lugar entonces —acordó Charly—. Ya le queda poco al día.

Esa última frase quería decir que tenían que reunirse antes de que estuviera muy oscuro. Años de viajar por los caminos los había vuelto precavidos y tenían sus costumbres bien organizadas pensando en la seguridad. Charly fue caminando hasta el lugar elegido y empezó a armar una base para el fogón usando rocas, después quitó del lugar todas las espinas y ramas duras que estaban en el suelo. Hacía eso sin descuidar mucho su entorno y con el oído atento. En uno de los momentos de vigilancia se pasó la mano por la áspera cara y se tomó la barba del mentón; hacía eso cuando pensaba profundamente o algo le preocupaba. Estratégicamente el lugar estaba bien pero algo no le gustaba. Llegaba hasta allí la sombra de un cerro rocoso y el vaquero quedó mirando en esa dirección. Las sombras se unían por todos lados y el cielo siempre limpio del desierto quedó gris, solo el horizonte permanecía rojo. Brad apareció primero cargando un atado de leña.

—¿Qué te parece el lugar? —le preguntó Charly.
—Está bien, tal vez hay un poco más de matorrales de lo que me gustaría pero... ¡Un disparo!

Había sonado un disparo muy cerca de allí. Salieron corriendo, ya con las pistolas en la mano. Cuando vieron a Dave este iba levantando una liebre.

—Carne fresca —les dijo—. La vi y no resistí. Disculpen si los alarmé. Los caballos ya se refrescaron.
—Está bien. También estoy harto del tasajo —le dijo Charly.

Como había muchos matorrales en la zona ataron los caballos más cerca de lo que acostumbraban. Adaptados a los lugares más abiertos los incomodaba un poco aquella parte con tanta vegetación, que para ellos eran lugares donde alguien podía esconderse para sorprenderlos. Encendieron la fogata, prepararon café y ensartaron la liebre en una rama verde de sauce para que se asara al calor del fuego. En el desierto se muestran los cielos más estrellados pero aquellos tres no lo contemplaban ni un instante porque ya habían visto muchos, solo miraban tranquilamente hacia el fuego y cada tanto levantaban la cabeza para escudriñar la oscuridad que temblaba un poco más allá del alcance de la luz de las llamas. También prepararon en una olla una mezcla de tasajo, frijoles y harina. Ya no les quedaban muchas raciones pero en poco más de un día confiaban que iban a alcanzar un pueblo y andaban con bastante dinero. Los tres contemplaban el fuego crepitante sin hablar porque habían aprendido a disfrutar de esos momentos casi contemplativos donde el espíritu se serena. Después de comer acordaron con pocas palabras que Dave iba a hacer la primer guardia. 

No llegaron a dormirse. De pronto escucharon una sucesión de gritos horripilantes. No venían de muy cerca pero sonaban fuerte y con ecos que se repetían en varios puntos del desierto. Eran una mezcla de gritos humanos, animales y otros de una naturaleza más extraña. Venían del cerro rocoso. Los tres desenfundaron y dieron vueltas buscando el peligro. Escuchaban que los ruidos venían de aquel lugar pero tenían que vigilar la zona más próxima. Nada los rodeaba. Los gritos seguían aumentando en intensidad y en horror. Los tres juntaron sus cosas con la velocidad de la práctica y el susto. Aquello no podía ser algo natural. De pronto empezaron a brillar unas luces en la cima del cerro. No eran luces de lámparas ni de fogatas, tampoco parecían ser de antorchas aunque se movían. Cada luz tenía la intensidad suficiente para resaltar en la noche pero no sumaban su claridad a las otras. Danzaban inquietas allá arriba entre el griterío aterrador. Eran fuegos fatuos. Esas luces malignas empezaron a bajar rápidamente en tropel. Eran muchos fuegos fatuos bajando junto a los gritos de terror. En ese momento los tres ya habían echado las monturas sobre los caballos y tuvieron que ajustarlas, aunque estuvieron a punto de quitarlas y huir en pelo por el terror que los apuraba. Apenas pudieron montar cuando los caballos salieron al galope huyendo de aquel peligro sobrenatural.
Al voltear vieron que su campamento era asaltado por un montón bolas de fuego pálido que emitían gritos que helaban el alma de terror. Se movían levitando hacia arriba y hacia abajo y a los lados al tiempo que giraban formando una ronda, todo eso entre gritos llenos de ecos que ahora parecían seguir un ritmo. Los tres sintieron sentimientos horribles de muerte y sufrimiento. Ya más lejos esas sensaciones los fueron abandonando. De haberse quedado solo esas energías eran suficientes para matarlos. No les resultó fácil calmar a los caballos pero corrieron con suerte porque bien pudieron haber caído o chocado contra algo en la huida. Dejando muy atrás aquel lugar siguieron a paso lento. Ni los hombres ni las bestias querían detenerse esa noche. Poco después de un amanecer rojizo se cruzaron con un viejo que iba en carreta. A diferencia de ellos el viejo era conversador, y después de saludarlos les dijo:

—Que sigan bien su camino. Yo voy a buen paso, y si sigo así voy a pasar frente al cerro que es un cementerio indio cuando el sol todavía esté bien alto, porque ni por todo el oro del mundo cruzaría por ahí de noche. Ese lugar está maldito como pocos. 

Los vaqueros se miraron y se despidieron del viejo con un gesto. Tenían muchos años de camino pero todavía tenían mucho que aprender.     

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Wow se salvaron por muy poco. Saludos, Jorge.


Stephanie

Jorge Leal dijo...

Se salvaron en el anca de un piojo como se decía antes ¡Jaja! Gracias. Salu2!!

Raúl Sesos dijo...

Simplemente bravo! Una obra maestra para relatar en campamentos en el desierto! Saludos

Jorge Leal dijo...

¡Jaja! La idea de contar cosas en un campamento me tienta pero es algo que no hago. A pesar de todos los defectos que tengo al escribir, te aseguro y no creo que peque de soberbio al decir que soy muy rápido inventando historias, además vengo analizando y observando las cosas que asustan desde mucho antes de que se me ocurriera escribir cuentos de terror; por eso te digo que podría dar un buen susto en un campamento ¡Jaja! De hecho, creo firmemente que el cuentista tiene que tener casi todas, sino todas las cualidades de un narrador oral, de los que le contaban algo a un pequeño grupo (con un grupo más grande o ir a hacer una lectura o algo así es otra cosa). No lo hago porque no me divierte asustar, escribo terror por otras razones. Una vez, en una pesca con un primo mío y un compañero de él, no me puse a contar historias, solo hablé del blog y analicé algunas cosas, sobre lo que creía que asustaba o no. Igual el tipo se asustó y no le gustó nada. Después no quiso salir nunca más conmigo ¡Jaja! Mi primo bromeaba con él "Vamos a pescar con el Jorge" ¡Jajaja! Saludos Raúl.

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