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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Nuestra Vecina

Me encontraba desparramado en un sofá mirando un partido de fútbol cuando Adriana, mi esposa, vino a interrumpirme:

—¡Una pareja se va a mudar a la casa de al lado! —me dijo bastante emocionada—. Vamos a saludarlos.
—¿Ahora? Solo molestaríamos, deben estar ocupados y...
—Vamos ahora —decidió Adriana, y se puso frente al televisor.
—Bueno, vamos.

Accedí porque si no lo hacía lo siguiente que iba a hacer era apagar la tele. Nosotros no hacía mucho que vivíamos en aquel barrio, apenas pasaba del año. La casa de al lado era, aunque nunca lo había admitido frente a Adriana, bastante misteriosa. Apenas nos mudamos creímos que estaba vacía, después pensamos que alguien tenía que haber porque a veces escuchábamos ruidos; mas como nunca veíamos a nadie entrando o saliendo de ella concluimos finalmente que estaba vacía. Una noche a mi esposa se le ocurrió que había invasores y casi llamamos a la policía, ella quería que los llamara. Como la vivienda quedó en silencio de pronto la pude convencer y nos ahorramos un mal rato. Para tranquilizarla le dije que debían ser ratas y gatos persiguiéndolas. Al otro día tuve que salir a comprar trampas y veneno. Ahora, mientras caminábamos hacia el otro terreno pensé que si alguien la ocupaba al fin se iban a terminar esos misterios. Los tipos de la mudanza estaban descargando un camión y entraban y salían de la vivienda; los flamantes propietarios se encontraban en el patio rogando para que no les rompieran nada. Nos presentamos y les dimos la bienvenida. Me parecieron gente bastante simpática. Adriana es como una aspiradora de información y hasta que no nos hablaron algo de su vida no los soltó, y por supuesto, quiso entrar a la casa. 

Inmediatamente me dio una impresión bastante fea. No era algo que pudiera describir, era... su energía, porque por dentro no era muy diferente a la nuestra. Mientras le echaba un vistazo me topé con los ojos de Adriana y enseguida me leyó el pensamiento. Entonces empecé a pensar: “No les hables sobre los ruidos, no les hables sobre los ruidos”. Como temía, le habló igual.

—Desde la nuestra a veces escuchamos que aquí hay ruidos —les dijo mi esposa.
—¿Ruidos de qué? —preguntó enseguida nuestra vecina.
—Ruidos, este dice que de ratas y eso pero no sé, para mí que es algo más —les comentó Adriana al tiempo que caminaba por la sala mirando todo.

Noté que el tipo miró a su mujer e hizo unos gestos disimulados que interpreté como, “No le hagas caso a esta, puede ser una loca”. No estaban muy equivocados; pero lo que les dijo mi esposa sin ningún tacto era verdad. Se disculparon porque estaban muy atareados y así se libraron de nosotros. Volví a mi partido. Adriana se sentó también, todavía con la mente en la vivienda de al lado:

—Lo que tiene esa casa es que está embrujada, súper embrujada está y lo sabes, también lo sentiste —me dijo.
—Será porque algún día le tiraste un hechizo —bromeé. 
—Claro, porque yo soy una bruja. Estoy con vos porque las brujas siempre tienen sapos. Touché ¡Jajaja!
—Nunca me dejas ganar una.

Otra vez había perdido al bromear y además ella tenía razón. Ya no me pude concentrar en la tele. Esa noche nada pareció pasar, al menos nada llegó hasta nuestros oídos. A la siguiente, lo mismo, y pasaron varios días sin novedades. La entrometida de mi esposa les hizo varias visitas para ver si les sacaba algo pero no consiguió nada. Hasta ella empezó a convencerse de que no había nada sobrenatural del otro lado. Una noche de pronto me despertó una bofetada.

—Duermes como una piedra —me susurró Adriana—. Están golpeando en la puerta de la sala. Ve a ver quién es.
—Pero qué diablos... despertándome así me vas a matar —balbucí medio dormido. 
—Ve a ver, anda. Pero ponte la bata.
—Sí, sí, ya, ya —le dije al levantarme—. Pero esta no es mi bata... 
—¡Está del otro lado! —se impacientó Adriana.

Ella se levantó también y me siguió pegada a la espalda. Los golpes sonaban bastante fuertes en la puerta. Se notaba que era algo urgente porque el timbre estaba bien a la vista. Tuve un mal presentimiento y sin saber por qué empecé a sentir algo de miedo. Era nuestra vecina y estaba en ropa interior. El asunto era serio. Cuando le abrí entró velozmente porque las luces de un auto se acercaban por la calle. Ella se llamaba María. Adriana le preguntó:

—¿Qué te pasó? ¿Y tú marido? 
—Esta noche estoy sola, está de viaje —nos dijo la mujer con los ojos muy grandes, visiblemente asustada—. Hay ruidos en el ático. Es algo chico que corre por todo el lugar en cuatro patas pero por momentos se para en dos. Cuando empezó quedé como paralizada, ¡que horrible! Pero después el mismo terror me hizo salir corriendo así como estaba. Miren como tiemblo.
—¿Y no te dio para ponerte algo encima? —le preguntó ahora Adriana.
—Con ruidos así quién va a pensar en otra cosa —intervine. Lo que había dicho me había asustado más pero me gustaba lo que veía.

Adriana me lanzó un rayo láser con la mirada.

—Bueno, hay que ir a ver qué es —dije para salvar el momento pero enseguida me arrepentí.

Para mi desgracia estuvieron de acuerdo. Supongo que la mujer se sentía más seguro al ir conmigo, y mi esposa, aunque asustada también, no iba a dejarnos ni un segundo solos. Fuimos los tres. La atmósfera del lugar había empeorado, se me retorció el estómago al entrar a la sala. La puerta trampa que daba al ático estaba en un corredor. Sí había ruidos y no eran nada sutiles. Una cosa corría en círculos allá arriba. Cuando los pasos cambiaron y se escuchó que corría sobre dos pies sentí como una electricidad por todo el cuerpo y se me erizaron los cabellos, una sensación horrible. ¡Que momento espantoso! Sabía que iba a empeorar pero no sé por qué impulso, tal vez por la influencia de la casa, estiré el brazo para jalar el cordón que bajaba la escalera. La escalera se bajó y quedó abierto un hueco cuadrado que daba a aquel terror. Mis acompañantes, que se habían pegado a mis hombros hasta ese momento, retrocedieron un poco al ver que yo iba a subir. ¡Maldito sea el momento cuando empecé a subir aquellos escalones! Iba por la mitad cuando un cuerpo pequeño salió de la oscuridad, se inclinó y me tiró varios manotazos como intentando tomarme de los pelos. Vestía como una niña, tenía un peinado de niña, dos colas a los costados, pero tenía la cara completamente arrugada y renegrida, acartonada, como de una muerta espantosa. Mi grito se mezcló con el de las mujeres y caí hacia atrás. El golpe fue fuerte. Lo próximo que sentí fue que me arrastraban por el patio. Mi esposa y la vecina no sé de dónde sacaron el valor y me arrastraron hasta afuera mientras aquella cosa sonreía al seguirlas con la mirada. 

Que noche más espantosa. Nuestra vecina se quedó en casa, los tres permanecimos en la sala hasta que amaneció. Mi esposa, aterrada y todo enseguida le prestó una ropa. Cuando el marido regresó del viaje no lo podía creer pero se terminó convenciendo. Se mudaron inmediatamente. Pasado un tiempo, pensándolo fríamente, no creo que aquella cosa pueda hacer algún daño directamente, porque si pudiera me hubiera dejado subir hasta allí para así sorprenderme arriba, además estaba muy cerca de mi cabeza pero en ningún momento sentí que me tocara, y la distancia tenía que darle. Solo es una cosa aterradora que habita allí y su influencia maligna tiene como límite aquellas paredes. Esperamos que se mantenga así y que alguna noche no se le de por hacernos una visita. 

6 comentarios:

NEWSODOM dijo...

Muy buen relato Jorge aparte de meter miedo tiene bastante humor haciéndolo muy ameno para leer, me imaginé las situaciones y el desenlace muy intrigante.

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias. Justamente eso es lo que quería. Mezclar humor y terror es algo que hago desde hace tiempo, ya van un montón de cuentos. Me gustan así. Saludos!!

Anónimo dijo...

Saludos, Jorge. La esposa tenia mas celos que miedo jaja.
Stephanie

Jorge Leal dijo...

Así es ¡Jaja! Es la característica que le di a ese personaje, mandona y celosa. No sé cómo se me ocurren cosas así ¡Jeje! Saludos Step!!

Ongie Saudino dijo...

Por lo menos saco algo de provecho con la situacion el picaron.... Mira que ver a su vecina Maria desnuda cuando esta huia del fantasma y disfrutarlo es algo increible. Jaja!, este cuento me parecio bastante divertido, aterrador y comodo de leer. Jaja, Adriana estaria muy celosa, pero al instante se puso de acuerdo con Maria para que el pobre subiera al atico a investigar, que mala suerte tuvo el pobre!. Tuvieron que sacarlo entre las dos. Pero ahora, exactamente, que era aquello que vivia en el atico?. Un fantasma o algo peor?. Bueno, creo que no lo sabremos porque no se quedaron a averiguarlo... Una genial historia amigo!. De lo mejor!. Espero que no los visite. ¡Espero la proxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

Le di bastante humor como a mí me gusta. Lo que había en la casa era un fantasma nomás, de los que asustan pero no pueden hacer nada. De este tipo son bastante comunes en el blog ¡Jaja! Gracias Ongie. Saludos!!

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