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viernes, 30 de septiembre de 2016

Venganza en La Selva

Sabía que aquel encuentro implicaba algo de peligro pero no esperaba que me apuntaran a la cabeza con una flecha. Mientras a mí me amenazaban así a los otros les hacían amagues de darles un machetazo. En ese momento de terror además de miedo sentí pena por morir tan lejos de mi hogar.

Hacía cuatro días que navegábamos por la maravillosa e intimidante cuenca del Amazonas. Me había unido a un grupo de experimentados antropólogos y era la primera vez que viajaba a ese país. Viajábamos en una barcaza. Mis compañeros, ya acostumbrados a aquel viaje, leían algún libro o tomaban una siesta mientras yo intentaba captar todo con el lente de mi cámara. Sobre el río parecía haber una autopista aérea por donde pasaban todo tipo de bandadas. En la orilla que teníamos más cerca siempre había algo que se tiraba al agua a nuestro paso; a veces veía que era un caimán, una tortuga o una nutria, pero la mayoría de las veces solo escuchaba el chapoteo y después veía el agua agitándose. Luego de hacer muchos kilómetros por el Amazonas remontamos uno de sus tributarios. Este río era bastante angosto y en algunas partes parecía que la selva se iba a desbordar sobre el agua; en las barrancas se asomaban todo tipo de raíces y la fronda se inclinaba como si se hubiera detenido justo a tiempo. En esa parte la barcaza iba más lento porque existía el peligro de algún tronco sumergido.

Más adelante el río se siguió angostando y me preocupó que fuéramos a encallar o algo así pero como ninguno comentaba nada y ya habían ido por allí me lo guardé. Y el agua ahora corría lenta, oscura, y la selva de más arriba era sombría y engañosa. En tal maraña de vegetación varias veces apunté la cámara hacia algo que al movernos más dejaba de tener la forma de un animal y eran solo plantas. Y una cosa que creí ver me asustó mucho. Entre un caos de ramas me pareció ver muy fugazmente el rostro de una mujer blanca y muy vieja que se asomó de pronto y enseguida desapareció. Lo aterrador de eso fue que apareció casi en la copa de los árboles, lo que descartaba que fuera una anciana de carne y hueso, o por lo menos hacía que fuera muy poco probable. En el grupo de doce antropólogos había cinco mujeres y una de ellas, Lucía, se había mostrado bastante simpática. Le comenté lo que había visto sin que los otros escucharan. Primero se mostró impresionada, seguramente al imaginar lo que le conté, después se echó a reír. Como a mí no me hacía ninguna gracia se contuvo y me dijo que debía ser una cosa cualquiera y que mi cerebro fue el que le dio aquella forma, que era algo que pasaba en los lugares muy tupidos. Forcé una risa y dije que debía ser eso pero no lo creí.

Intuyo que después Lucía pensó que inventé aquello solo para hablar con ella, porque siguió conversando muy animada pero en voz baja y ya no mencionó el tema. Hasta yo empecé a creer que el cerebro me había engañado. Cuando dejamos de conversar porque una compañera nos interrumpió, me volví hacia la fronda y la contemplé largamente y, de nuevo apareció aquello. Esta vez no fue tan fugaz. Era una cara muy blanca pero tenía rasgos indígenas, no recuerdo que tuviera pelos ni que le viera otra parte del cuerpo. Me miró, sonrió asquerosamente ladeando un levemente la cara y después se adelantó un poco al lanzar un mordisco que sonó como la dentellada de un perro cerrándose en el aire. Debo haber quedado pálido. Por un momento no escuché ni las voces de los otros ni el ruido del motor de la barcaza. Cuando pude volteé hacia los otros. Aparentemente ninguno vio aquello. Y ya estábamos por llegar a la aldea indígena que era nuestro destino. Me preocupó que esa cosa (ya no tenía dudas de que era algo real) estuviera tan cerca de la aldea porque íbamos a pasar unos días allí.

Anclaron la barcaza frente a un puerto natural de greda roja que tenía un sendero medio escalonado que subía por una barranca alta. El capitán y sus tres ayudantes se quedaron en la barcaza. Los antropólogos fuimos hasta el puerto en un par de botes de goma. Mientras subíamos el sendero empinado tallado en la greda uno de los más veteranos comentó que era raro que no hubiera ningún indígena allí. Desde la barranca hasta las chozas había un buen trecho y caminamos por un sendero que iba por la selva. Era aterrador tener los árboles tan cerca porque temía que la cosa aquella se me apareciera de pronto. Cuando alcanzamos las chozas parecía que estaban vacías. Había una grande que era el equivalente a un salón comunal y de allí salían algunas voces. Cuando los indígenas nos notaron varios de ellos salieron agresivamente y empezaron a amenazarnos. Alcancé a ver que algunos nos espiaban desde adentro con cara de asustados. Los que salieron a nuestro encuentro tenían la mirada enloquecida y hablaban muy rápido. Los que los entendían enseguida trataron de calmarlos. Uno tensó al máximo su arco y me apuntó directamente en la cabeza. Creí que ese iba a ser mi fin. Y mis colegas sospechaban que esa tribu, que ahora era bastante pacífica, tenía un pasado donde fueron caníbales. Esa era una de las cosas que pretendían averiguar en esta nueva visita. Ese día descubrimos que aquel pasado no había quedado atrás. Por eso pensé que iba a morir allí y que nunca hallarían ni mis restos. Los que entendían su lengua intentaban razonar con ellos ignorando valientemente los machetes que se alzaban amenazantes. Lucía se abrazó a mí y cuando uno de los indígenas quiso separarla lo empujé y cayó al suelo. Creí que eso era lo último que iba a hacer pero no. El que me apuntaba desvió la mirada hacia la selva como si hubiera visto algo de pronto y noté el terror en sus ojos. El que derribé también quedó con la mirada clavada en un punto de la selva que rodeaba las chozas. Observé a los otros y a todos les pasaba lo mismo. Enseguida parece que el terror los dominó y corrieron para esconderse en la choza grande. Aprovechamos eso para marcharnos. Dejé que los otros tomaran primero el sendero. Cuando volteé hacia la aldea esta se encontraba rodeada de caras blancas que sobresalían de la espesura. Ya con la barcaza en marcha los que entendían aquella lengua nos dijeron que los indígenas creían que estaban siendo asediados por los fantasmas de una pequeña tribu que ellos habían matado y comido. 

16 comentarios:

sharoll dijo...

Buenísima ..que miedo yo pensé que iban a ser comkdos. Les diste libertad esta vez jajaj.ssaludls

brayan garzon dijo...

Hola Sr. Jorge. Me he quedado sin palabras esta estupendo. No esperaba este final. gracias por hacerme viajar hasta el amazonas, casi sentí lo húmedo del ambiente y el miedo de ver algo k los demás no ven.

Raúl Sesos dijo...

Jorge, reitero e insisto cada vez mejor cada cuento, te felicito siempre!

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias. Genial si te gustó. La verdad, en esta época tengo que publicar cantidad y no necesariamente de mucha calidad ¡Jeje! Hay que tener en cuenta que esto es un blog nomás. Pero dentro de de lo que pueda trato de meterles bastante oficio. Saludos Raúl.

Jorge Leal dijo...

Hola. Gracias Brayan. En realidad el viaje fue hasta el monte ribereño uruguayo ¡Jaja! Pero se le parece bastante. Saludos!!

Jorge Leal dijo...

Viste, les perdoné la vida. Los personajes ficticios pueden salvarse; por otro lado la gente real tarde o temprano la queda ¡Jaja! La realidad supera a la ficción en todo. Gracias. Saludos!!

Xiu Amigon dijo...

Me encanto, aun no termino los que me perdi por mucho tiempo pero otra vez tengo mucho que leer cada noche 😊

Ongie Saudino dijo...

Jaja!, la selva Amazónica queda aqui en Venezuela, no la he visitado jamás y ya lograste que tambien le tema master!. Vaya, debio see bastante traumatico observar todas esas caras de fantasmas. A pesar de que nunca has ido y yo tampoco, siento que la describiste muy bien, el ambiente, la fauna, el desenvolvimiento del personaje te quedó muy bien. Su curiosidad y su miedo a lo desconocido; asi como los fantasmas le arruinaron el viaje al pobre hombre, jaja!. Una excelente historia amigo!. Esos antropologos no regresaran en un tiempo por aquí, jaja!. ¡Espero la próxima historia!. ¡Saludos desde Venezuela!

Jorge Leal dijo...

No he ido a la selva pero sí mucho al monte ribereño y te digo, no es muy diferente, solamente es más bajo, mucho más bajo y por supuesto, mucho menos extenso. Pero andando en las zonas más tupidas uno se siente como en la selva. Y la parte de los ríos, del agua, casi igual. Y donde vivo hay un tipo de monte que crece en los cerros que debe ser más tupido que la selva, también algunos ribereños son tan tupidos que solo se puede avanzar por unos senderos que más bien son como túneles en la vegetación, y a veces son tan bajos que hay que pasar gateando. Igual me encanta, también el campo. Y gracias a esos lugares es que tengo el blog ¡Jaja! Y gracias a vos por comentar, Ongie. Saludos!!

Jorge Leal dijo...

Hola. Pues sí, hay unos cuantos aunque no todos son de terror porque le uní a este blog el contenido de otro que tenía y ahora hay cuentos hasta de romance ¡Jaja! Igual los de terror son muchos más que los otros. Gracias. Saludos!!

Maria Cruz Montiel dijo...

Que bueno que salieron vivos de ahí, pero me queda la duda que eran esas caras?

Jorge Leal dijo...

Eran fantasmas. Gracias, María. Saludos!!

Belen Duran Vidal dijo...

Magistral como siempre, admiro mucho esa manera que tienes de hacer que uno viaje y este presente en cada historia que nos regalas.... gracias ... saludos desde mexico !!!

Jorge Leal dijo...

El agradecido soy yo por tus comentarios. Un abrazo.

NEWSODOM dijo...

En este cuento describiste la selva me acordé mucho del Guainía en la Amazonía colombiana, estuve nada más una semana y si mete miedo pero claro no a ese extremo pero si eres agnóstico o escéptico en ese lugar te convences de que existen demonios

Jorge Leal dijo...

Que buena experiencia, si no te llevas a casa algún parásito ¡Jaja! A mí la naturaleza no me asusta, por el contrario, mi mente se calma, sobre todo si estoy solo. Gracias. Saludos!!

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