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sábado, 22 de octubre de 2016

De Brujerías

El ambiente se había vuelto emocionante y algo tenso porque se estaban contando historias y cuentos de terror. La fogata que rodeábamos ardía intensamente y el bosque a nuestro alrededor se mantenía totalmente oscuro más allá del alcance de la luz porque la noche se había presentado nublada. Nos encontrábamos en una zona muy apartada, lejos de la ruta más cercana y sus ruidos. Lo único que sonaba por allí cada tanto era el crujido de alguna rama que caía desde lo alto, el canto de unos búhos que se comunicaban desde varios puntos y los chillidos de algunos insectos, y más aisladamente el croar de un sapo buscando una respuesta. Por eso cada historia se escuchaba con mucha atención y solo algún chisporroteo de la fogata desviaba la mirada del narrador. Creo que empezamos a contar esas cosas de terror porque durante el día no cazamos nada, y como nos marchábamos al amanecer queríamos que esa salida tuviera algo interesante, algo para recordar, y lo tuvo.

Yo les narré la historia más aterradora que conocía, una de hombres lobo, pero creo que el que resultó más asustado fui yo porque aunque me imaginé todo no supe contarlo bien. No nací cuentista. Por eso esperé que al menos la siguiente no resultara mejor que la mía. Pidió el turno César, un amigo bastante menudo y delgado que durante todo el día había andando a los tropiezos por el bosque porque no estaba acostumbrado. Él usaba lentes claros y cada tanto dejaba de hacer lo que fuera para limpiarlos con un pañuelo. No creí que él fuera a contar algo más interesante que yo pero lo hizo. Primero, como era su costumbre, se sacó los lentes y los limpió con un pañuelo. Todos esperábamos que comenzara. Cuando se puso los lentes las llamas de la fogata se reflejaron en ellos pero por el movimiento de su cabeza pudimos ver que nos miró uno a uno.

—Me imagino que no creen que tenga algo bueno para contar —dijo finalmente, como si hubiera adivinado mi pensamiento—. Pues resulta que lamentablemente sí tengo algo, digo lamentablemente porque ojalá que nunca me hubiera pasado. Hace unos años tuve una novia que era enfermera. Él la conoció y se debe acordar porque siempre bromeaba porque ella era bastante más grande que yo —dijo esto dirigiéndose a mí. Era verdad. Los otros me miraron para confirmarlo y yo asentí con la cabeza. Siguió—. Ella trabajaba en un sanatorio pero también hacía visitas a la casa, la mandaban a dar inyecciones y cosas así. Una noche me llamó a casa para que la llevara a un lugar. Ella hacía sus visitas en moto, pero como era muy lejos y en una zona un poco complicada no quería ir sola. No me gustaba la idea de ir a un lugar así y no creía que yo fuera un buen apoyo pero bueno, por lo menos iríamos en un auto, y no la iba a dejar ir sola y en moto.

“La recogí en el sanatorio y salimos rumbo a la dirección que me indicó. Por el camino fue hablando de las cosas que había hecho durante esa jornada, y la verdad, eso me revolvía el estómago. Nuestro destino sí se veía un poco complicado: pocas luces, calles angostas, casas viejas, y en algunas esquinas unos tipos hablando entre ellos sentados en algún portal o parados formando un pequeño círculo. Cuando pasábamos volteaban hacia nosotros y nos seguían con la mirada. Raquel, así se llamaba ella, seguía hablando de sus cosas como si no los notara. Le apasionaba su trabajo, lamentablemente. Tuvimos cierta dificultad para hallar la vivienda pero finalmente dimos con ella. Yo bajé pero quedé afuera. Era una casa muy vieja, tenía una ventana baja y grande y por una cortina indiscreta se podía ver el costado del busto de un tipo que estaba sentado en un sofá, y por cómo temblaba la luz deduje que el tipo estaba frente a la tele. Raquel me había dicho que el paciente era un viejo que sabía que una enfermera iría a esa hora. Ella tocó, dijo quién era y desde adentro y sin levantarse el viejo le gritó con una voz ronca que entrara, que estaba abierto.

“Ella entró y después vi su silueta mientras le daba unas inyecciones al enfermo. Cuando volvió al auto le dije que desde la calle se veía todo y ella solo se encogió de hombros, no le importaba. Salimos de aquel lugar sin ningún inconveniente. Al pasar por una calle más iluminada noté que ella tenía cierta sonrisa en el rostro. Bajó la cabeza, ya riendo, y después me dijo:

“—No tendría que reírme de estas cosas, pobre hombre, pero me dejó tentada.
“—¿Por qué, qué pasó? —le pregunté sumamente intrigado.
“—El señor ese está lleno de unas úlceras en los brazos y en la cara. Son heridas. Cuando le estaba inyectando el antibiótico le pregunté qué tenía. Me dijo que no recordaba bien el nombre que le dijo el doctor, pero que para él no era eso, que aquello era... una brujería ¡Jajaja!
“—¿Una brujería? —le pregunté algo alarmado.
“—Sí. No me digas que crees en eso ¡Jajaja! —se rió y me dio un golpe en el hombro que la verdad, me quedó doliendo un buen rato.

“A la noche siguiente volvimos a la casa. Cuando estacioné ella dijo que le parecía que se había olvidado de algo y se puso a buscar en su bolso, que era grande y lleno de bolsillos. En ese momento miré hacia la casa y, ¡que imagen bien fea! Frente al sofá donde estaba el viejo había una silueta muy alta y flaca, jorobada, que parecía ser de una mujer de pelo largo. Tenía unas manos enormes y muy flacas, con dedos como ramas. Iba retirando una de aquellas garras de la cabeza del viejo y giró el torso hacia la calle. Desapareció del marco de la ventana andando de una forma muy extraña, moviéndose como en cámara lenta pero a la vez deslizándose rápido. Raquel seguía revisando bolsillos y acababa de decirme algo que no entendí. Yo estaba aterrado y no reaccioné hasta que ella salió del auto.

“—¡Espera! —le dije al bajarme—. Hay otra persona en la casa. Ella, que ya había dado unos pasos hacia la vivienda, miró hacia la ventana y después se me acercó para preguntarme.
“—¿Viste a otro hombre?
“—No, parece que es una mujer pero, es muy alta y flaca.

“Raquel ladeó la cara sonriendo, me pellizcó una mejilla y después siguió. Lo sé, para ella era como un muñeco de peluche o algo así. Pero no la iba a dejar entrar sola. Me miró muy seria cuando me acerqué a la entrada pero después hizo un gesto como de, está bien, ven, y golpeó la puerta. Después de varios intentos el viejo no contestaba. Raquel me miró evidentemente preocupada y abrió, de nuevo estaba sin llave. Entré con ella. El viejo tenía la cabeza hacia un lado. Mientras ella le revisaba el pulso vi algo por el rabillo del ojo. En la puerta que daba a otra parte de la casa se había asomado una cara horrenda. Era, sin lugar a dudas, una bruja mostrando su verdadera apariencia. No era solo la cara de una mujer muy vieja, extremadamente vieja, tenía una nariz anormalmente larga y en los ojos la pupila era una raya amarilla. Me miró brevemente y después clavó aquella mirada aterradora en Raquel. En ese momento Raquel la vio y lanzó un grito que no sonaba a ella por lo agudo que era. Yo iba a salir disparado pero vi que Raquel no se movía. Por el mismo miedo, me moví rápido, la tomé de la cintura, la levanté no sé cómo y la saqué cargándola en el hombro. No se pueden imaginar lo que sentí al darle la espalda a la bruja. Afuera Raquel reaccionó y se metió rápido en el auto. El viejo estaba muerto.

“Creí que eso iba a terminar ahí pero un tiempo después Raquel me dijo que estaba atendiendo a un tipo con úlceras muy similares a la del viejo embrujado. Lo rogué que dejara ese caso, que inventara algo, y que no volviera a meterse en los oscuros asuntos de aquella bruja, porque para mí estaba claro que se mostró para advertirle. No sirvió de nada todo lo que le dije. Por mi propia insistencia me abandonó y no mucho después me enteré que murió de una enfermedad muy rara que seguramente se había agarrado en su trabajo”. Concluyó su historia mi amigo. 

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