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jueves, 27 de octubre de 2016

Caminantes

Hacía dos cosechas y cuatro meses que Alfredo y yo no nos cortábamos el pelo ni nos afeitábamos. Con bolsos viejos, botas de goma ya cuarteadas y ropas todavía menos presentables, creo que hasta los vagabundos nos mirarían con desconfianza.
Pero a pesar de nuestra apariencia éramos dos estudiantes y sobre todo, gente de bien. Habíamos tomado una difícil decisión: dejar los estudios un año y juntar algo de dinero para no pasar otro semestre sin un peso en el bolsillo. Nuestros padres nos ayudaban pero les alcanzaba solo para lo justo. Después de unos meses muy duros trabajando en la construcción nos fuimos al campo y agarramos dos cosechas seguidas. Decididos a ahorrar todo lo que pudiéramos, se nos ocurrió regresar a nuestros hogares a pie. Con la apariencia que andábamos, no quisimos ir por las rutas para no tener problemas con los policías que ven en cada caminante un ladrón. Y pensamos que unos días de caminata sería una gran aventura. A los dos nos gustaba acampar y teníamos mucha experiencia.

Nuestro camino iba a ser la vía del tren. Guiados por las indicaciones de otro peón, tomamos un camino, doblamos en otro lleno de pasto y después de subir una loma empinada divisamos la vía allá abajo. Habíamos partido temprano por la mañana; ya cerca del mediodía no pudimos seguir por el calor. Como atravesábamos una zona donde solo había campo, para escapar del sol tuvimos que armar un cobertizo con un nailon que llevábamos. Atamos en nailon sobre unas malezas de tallos delgados y nos quedamos en aquella sombra contemplando la vastedad quieta y muda de la pampa. Comimos un pan de chicharrón rescatado de la última cena en el establecimiento rural. Teníamos planeado cazar o pescar algo por el camino y en teoría era muy fácil, pero hasta el momento no habíamos tenido ninguna oportunidad.

 El calor del día y nuestro reducido refugio casi nos obligó a tomar una siesta. Desperté cuando ya había pasado gran parte de la tarde. Mi amigo todavía dormía. Enseguida escuché un ruido, un animal escarbando no muy lejos nuestro. Me fui levantando lentamente hasta quedar sobre mis codos. Vi la mitad inferior de un armadillo que estaba concentrado cavando a unos pocos metros nuestro. El animal salía del agujero para retirar un poco de tierra y volvía a meterse en él. Cuando el armadillo desapareció casi todo me levanté y salí rumbo a él dando pasos grandes pero silenciosos. Ya sobre la criatura estiré la mano hacia él y esperé que retrocediera para quitar tierra, entonces lo levanté de la cola.

Alfredo se despertó con mi grito, se sentó, y al ver lo que yo levantaba en alto también lanzó un grito de victoria. El viaje ya se estaba volviendo una aventura y de las buenas. Animados, seguimos caminando porque la temperatura era más soportable. Como media hora después llegamos a un puente que era atravesado por un arroyo que en ambas orillas tenía monte franja. Habíamos mantenido al animal vivo pero allí tuvimos que matarlo. Juntar leña entre dos fue fácil, y cuando el sol había vuelto anaranjado el horizonte ya probábamos unos pedazos pequeños de carne que habíamos ensartado en un palo. 

Creo que nuestro primer error fue empezar a hablar de lo que íbamos a hacer con la plata que teníamos. Naturalmente luego nos desviamos hacia el tema mujeres. Mejor vestidos y con plata para invitar algún trago ya no teníamos que conformarnos con las fáciles de la clase. De ahí pasamos a hablar de nuestros hogares, de alguna cosa útil que podíamos comprar, y así nuestra mente quedó muy lejos del lugar donde nos encontrábamos. Inevitablemente sentimos ganas de terminar aquel viaje y hablamos de lo bueno que sería llegar cuanto antes a nuestros hogares. Ya no teníamos ganas de estar allí. Eso no parece algo malo, pero mi abuelo siempre me había dicho que al campo o al monte solo fuera cuando realmente tuviera ganas, o que si igual iba que no me distrajera pensando porque en la naturaleza hay que estar atento. Me aconsejó que si perdía las ganas de estar en un campamento más valía que me fuera aunque estuviera de noche. Ese consejo me recordaba a lo que decía un conocido sobre no "embrujar" un campamento contando cuentos o hablando de cosas de terror. Cuando ya se había hecho noche y nos repartimos el resto del armadillo me puse a pensar en eso. Era obvio que no es agradable estar en un lugar si no se tiene ganas de estar ahí, pero más allá de eso no entendía cuál era el inconveniente en la práctica. A la derecha teníamos la oscura figura del puente, frente a nosotros una corriente mansa, un poco de monte más allá, y hacia la izquierda sombras de árboles, el monte acompañando el arroyo, y sobre todo eso, quietud y silencio. Cada tanto se escuchaba un relincho, algún mugido, un pájaro nocturno, peo esos ruidos solo servían para acentuar más el silencio que venía a continuación a callar todo como un soberano que es perturbado. 

Entonces entendí que una mente un poco ausente podía inquietarse en un lugar así, y que eso podía generar miedo. ¿Pero un poco de inquietud podría causar algo más que un susto por ver mal algo? Estábamos por averiguarlo. Un poco más tarde la noche se aclaró y la pampa volvió a mostrarse. Había asomado una luna llena. Gracias al armadillo estábamos llenos y por la siesta prolongada de la tarde no teníamos sueño. Por eso y porque sabíamos que de día no podíamos avanzar mucho por el calor, decidimos aprovechar la luna y seguir de noche. Estábamos casi listos para partir cuando Alfredo me hizo poner atención a algo.

—¿Escucha bien? ¿Será el tren?
—Sí, pero viene lejos. Nos da vara avanzar un buen tramo —le dije.
Atravesamos el puente, hicimos cien metros cuando mucho y vimos la luz. 
—Bueno, parece que no estaba tan lejos —le dije.
—Ya me di cuenta. Vamos a bajar aquí mismo.

Mi amigo dio un paso largo hacia los pastos que había enseguida de los durmientes, y vi que cayó hacia adelante y desapareció en ellos. Eran más largos de lo que parecían, y la zanja entre la vía y el campo, más profunda. Cuando se levantó entre los pastos me empecé a reír y él a maldecir enojado. Bajé con más cuidado, di un par de pasos y perdí la pisada también. Al levantarme ahora era él el que reía. El ruido del tren ya era fuerte cuando cruzamos el alambrado. Era un tren corto pero muy ruidoso. Ese ruido no pertenecía a aquella naturaleza y enseguida la distancia lo apagó y la calma volvió a dominarlo todo. El ruido que nos dejó atrás me hizo sentir que estábamos en el medio de la nada. Sabíamos que estábamos en una zona apartada, pero una cosa es ser consciente de eso y otra es sentirlo. Cuando se va concentrado en el ahora apenas uno se siente separado de lo que te rodea, pero una mente dispersa, que está en en otro lugar, hace sentir que uno es muy pequeño en la vastedad. Mi amigo también experimentaba lo mismo (me lo dijo después), por eso seguimos en silencio. Avanzamos un buen tramo por el campo hasta que un bosque de eucaliptos que llegaba hasta la vía nos cortó el paso. No sabíamos que tan ancho era y en su borde vimos que era muy tupido. Lo bordeamos hasta la vía. Ya empezaba a cruzar el alambrado cuando Alfredo me dijo:

—Tengo que ir al baño.
—¿Y que, estás pidiendo permiso? No estamos en clase ¡Jajaja!
—¡Ja...ja! Te lo digo para que me esperes.
—Claro, te espero ahí —le dije al terminar de cruzar el alambre.
—¿No podrías quedarte más cerca? No quiero darle la espalda a este bosque, me da mala espina. 
—Hazlo más ahí, al descubierto, aquí no hay nadie más. Pero igual vas a tener que ir hasta ahí por algunas hojas porque no tenemos papel ¡Jaja!
—Por eso, dale, espérame más aquí.
—Bien, bien. Me hubieras dicho esto antes de que cruzara.

Mi amigo ya estaba bastante asustado; yo también pero no quería reconocerlo. Eran las ganas de no estar allí que nos apuraba usando ese miedo incierto que se puede sentir en la naturaleza de noche. Mientras Alfredo hacía lo suyo observé las sombras y las partes más claras que la luz lunar formaba allí. De pronto quedé con la vista fija en algo sin saber qué era pero me causó una impresión muy desagradable. Cuando lo entendí experimenté algo peor. Veía un tronco de árbol y parecía que una persona muy delgada estaba abrazada a él, se la veía de costado. En ese momento Alfredo estaba listo para irse y al notarme con la mirada fija en algo la siguió y también vio aquello.  Volteé hacia él solo un instante, y a su vez él me miró. Cuando volvimos a fijarnos en aquello ya no estaba. No podía haberse movido a otro lado, tenía que estar detrás del tronco, pensé, solo así podía desaparecer tan rápido. Bastó otra mirada entre nosotros para hacer lo mismo. Ya teníamos una linterna en el bolsillo. Para darnos valor tanteamos dentro de nuestros bolsos hasta dar con el mango de los cuchillos. 

Encendimos las linternas apuntando hacia aquel árbol y retrocedimos. Era posible que fuera una persona real pero en ese momento no lo creíamos. Aquella actitud era muy extraña. Al alcanzar la vía seguimos iluminando los árboles. Resultó ser solamente una arboleda bastante delgada. La dejamos atrás. Ni la noche clara ni el lugar abierto pudieron quitarnos aquella sensación tan fea. No mucho después, en una parte donde había pastizales altos en los costados de la vía (lo recuerdo y se me eriza la piel), de repente un hombre que llevaba puesto un sombrero grande salió gateando extrañamente del pastizal y se sentó en uno de los rieles de la vía. ¡Que espantoso! ¡Aquel gatear sobre sus manos y pies era tan extraño! Quedó sentado con la cabeza baja, oculta bajo el sombrero. Apareció como a veinte metros de nosotros. Durante unos segundos que parecieron minutos muy largos quedamos con la vista clavada en aquello. Si hubiera hecho algo más nos hubiéramos echado a correr como locos. Salimos de la vía atravesando el pastizal y desde allí ya no lo volvimos a ver. El terror que sentimos también fue como una inyección de atención. Al estar más concentrados en el ahora empezamos a tranquilizarnos y después nos pareció que ya nada raro nos podía ocurrir. Por la mañana doblamos en una ruta que atravesaba la vía. Por ahí nos desviábamos bastante pero por suerte una camioneta policial nos arrimó hasta la ciudad, hasta la comisaría.     

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Asi es en el monte puedes ver y oir cosas raras que generalmente tienen explicacion pero lo que les paso a ellos al menos el tipo que gatea eso es tenebroso jeje ah me gusto el consejo del abuelo: si no se sienten a gusto en el monte no se queden,muy cierto,hay que estar acostumbrado y te tiene que gustar la naturaleza para acampar..saludos tocayo..Willy

Jorge Leal dijo...

Si tu mente está en otro lado es mucho más probable que te asustes; por otro lado, estando concentrado en el momento es muy pero muy difícil que algo te asuste. Pero de ahí a que pase algo por andar asustado es cosa del cuento nomás ¡Jaja! En mi mundo literario si te asustas esa energía atrae a cosas malas, o peor, las crea ¡Jaja! Gracias Willy. Saludos!!

Anónimo dijo...

no entendi porque fueron a la comisaria

Jorge Leal dijo...

Un poco el mismo personaje lo explica al comienzo del cuento, donde dice que no querían ir por la ruta para no tener problema con los policías que ven en cada caminante (vagabundo) un ladrón. Los llevaron por su apariencia nomás, no digo que fueran a parar presos, solo a la comisaría. En el campo en mi país esto no es raro, la policía anda corriendo gente aunque estén en lugares públicos como abajo de los puentes. Claro, corren a un tipo o algún pequeño grupo que pueda parecer "sospechoso". En realidad le están cumpliendo los caprichos a los dueños de los campos. Donde andes sin documentos te pueden llevar a la comisaría. A mí una vez la poli me robó un cuchillo y no andaba como estos personajes ¡Jaja! A veces, últimamente he escrito cosas sobre mi país. Todos los autores lo hacían. Después de todo los cuentos también son una forma de expresión. Y no olvido lo del cuchillo ¡Jajaja! De hecho, hace un tiempo hice un cuento sacado de esa experiencia, aunque no lo publiqué. Me había olvidado de él. En estos días le hago unos retoques y lo subo. Gracias por comentar. Saludos!!

Maria Cruz Montiel dijo...

Muy bueno Jorge ,como todo lo que escribes, mi abuelo me decía que en el monte hay pequeños seres dueños del lugar y había que pedir permiso cuando uno pasará por ahí

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