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miércoles, 5 de octubre de 2016

El Negocio

El cielo se estaba por caer sobre nosotros y llevábamos una carga muy conductiva de sospechosa procedencia.
Adrián y yo habíamos dejado la ciudad atrás e íbamos en bicicleta por un camino que pasaba por el campo. En los canastos de las bici cada uno cargaba un buen montón de alambre de cobre que, según mi amigo había conseguido de una casa muy vieja que él ayudó a demoler. No me cerraba que de una sola vivienda saliera tanto cobre pero igual lo acompañé a venderlo porque me iba a dar una parte de lo que ganara. El cielo sobre nuestras cabezas era gris oscuro y amenazaba con dejar caer un diluvio en cualquier momento. No me preocupaba la lluvia pero sí los relámpagos. En un campo aplanado, sobre una bici metálica y cargando varios royos de cobre era como pedir que nos cayera un rayo. Y parecía que el día quería terminarse antes para que la noche soportara aquella tormenta. Iba mirando hacia unos cerros lejanos cuando varios relámpagos resaltaron de pronto en ese horizonte gris.

—Nos va a agarrar la tormenta —le dije a Adrián—. ¿Cuánto falta hasta el lugar ese?
—Unos pocos cientos de metros —me contestó.

No le creí porque a esa distancia lo único que se veía era campo; pero no volví porque no quería andar solo en aquel camino despoblado y con la amenaza de un temporal, además necesitaba la plata que me había prometido. Al pensarlo mejor también sentí que nuestra amistad me obligaba a no dejarlo negociar solo el cobre porque había escuchado cosas sobre el tipo que lo compraba. Y seguimos pedaleando por aquel paisaje que se oscurecía más a cada instante y en donde no se veía ni un pájaro. Por lo menos tenía el consuelo de que nuestros padres no estaban preocupados; ellos creían que estábamos en otro lado. Solo si nos mataba un rayo iban a descubrir la mentira. Como un kilómetro más adelante el camino dobló hacia la derecha en ángulo recto y quedó encajonado entre dos lomas. Allí todo se puso más oscuro todavía. Enseguida divisamos el negro contorno de una arboleda y la entrada a una propiedad. Me impresionó la entrada del lugar. A ambos lados había un muro bajo pero con rejas de hierro que terminaban en punta, rejas de hierro fundido muy viejas, y el portón tenía dos pilares imponentes. Se parecía a los portones que dan a las mansiones de las películas; en este caso sería una de terror. Adrián me dijo que había que pasar, que se negociaba en la casa que estaba más allá. El portón y las rejas de hierro del muro eran opulentas y sin dudas antiguas pero adentro el terreno estaba lleno de chatarra.
Había, apiladas descuidadamente, todo tipo de cosas de metal, desde aberturas de casas a chasis de vehículos. Entre tanta basura metálica resaltaban varios senderos de piedra que antes debían recorrer un jardín. Avanzamos por el sendero más ancho que conducía hacia una inmensa casa que ya nada tenía del antiguo esplendor que sin dudas debió tener. “Unos ricos venidos a menos”, pensé sonriendo. Cuando Adrián golpeó la puerta la tormenta nos respondió con un estruendo que nos hizo agachar instintivamente para proteger nuestras cabezas. Golpeó de nuevo y ahí escuchamos pasos. Nos abrió un hombre muy alto y canoso que después de mirarnos rápidamente levantó la cara hacia el cielo, volvió a prestarnos atención y por último vagó con la mirada por su propiedad antes de decirnos: 

—Llegaron muy tarde, ya me estaba yendo. Vuelvan mañana más temprano.
—Bueno pero ya que estamos aquí... —le dijo Adrián—. Mire todo el cobre que trajimos.
—Mañana, ya es muy tarde —le contestó el tipo echando una mirada hacia nuestros canastos.

Volvió a vigilar el terreno y de pronto, como si se hubiera acordado de algo volteó hacia el interior de la casa, estiró la mano hacia la manija de la puerta como con miedo y espiando hacia adentro y después la cerró. Noté que entre tantas acciones raras el tipo había mirado nuestro cobre con interés. Intuyendo que no quería perder aquel negocio le dije a Adrián, al tiempo que le hacía una guiñada:

—Vámonos, no importa. Mañana se la vendemos a aquel otro.
—Sí, con tal de vender esto, a cualquiera.
—Esperen —dijo entonces el tipo. Bueno, hacemos negocio ahora pero allá afuera porque tengo que cerrar. Vayan, vayan.

Y salió disparado hacia un auto tan deteriorado que yo había creído que era parte de la chatarra. Estaba sobre nosotros una tormenta horrible pero claramente no era eso lo que le preocupaba, o asustaba; era algo que se encontraba en el terreno. Tuvimos que abrirnos para que el tipo no nos atropellara. Detuvo el auto fuera del otro lado del portón y aunque ya estábamos muy cerca nos gritó que nos apuráramos. Trancó la reja con mucho apuro y después de apartarse unos pasos lo vi suspirar aliviado como si hubiera escapado de algo por poco. Todo eso ya era algo muy raro. Mientras mi amigo negociaba con el hombre nervioso desparramé una larga mirada por los montones de chatarra que estaban del otro lado. Cuando vi aquello creo que hasta sentí algo en el corazón. Ya prácticamente estaba de noche pero un rayo estalló en ese momento y vi que en el sendero que acabábamos de atravesar ahora había dos estatuas de tamaño realista. Eran una representación de gente, de dos mujeres, pero algunos rasgos en aquellas caras blancas me hicieron temblar de terror. Adrián no las notó pero el tipo había volteado también hacia las estatuas. Enseguida tiró nuestro cobre en la parte de atrás del auto y después de gritarnos que nos fuéramos arrancó a toda prisa. Adrián se subió a su bici sin decir nada, por lo que supuse que ya le había pagado. No quise compartir mi terror con él, por eso en el momento no le dije nada. Subí a la mía y un buen tramo más adelante miré hacia atrás. Las estatuas ahora estaban cerca del portón. 

Enseguida se volcó sobre nosotros un aguacero infernal y tuvimos que seguir a pie porque no veíamos casi nada. ¡El trayecto de vuelta se nos hizo larguísimo! Esa noche me quedé en la casa de Adrián porque era la que estaba más cerca. Allí el me mostró el fajo de dinero que había obtenido. El tipo, en su apuro le había pagado de más, seguramente le dio todo lo que tenía. Contento por aquella ganancia y dada su naturaleza Adrián me dio la mitad del dinero. Lo que había afectado a la familia de aquel todavía lo seguía haciendo. No me importó porque seguramente se lo merecía.       

9 comentarios:

sharoll dijo...

Muy misterioso...que sería?

Jorge Leal dijo...

¿En serio te parece misterioso? Bueno... Para mí que se trataba de extraterrestres ¡Jaja! Gracias por comentar. Saludos!!

Belen Duran Vidal dijo...

Una maldicion muy antigua que pesa sobre la familia al realizar algun pacto, y que todas las noches de tormenta acosara a los de su linaje..quienes para intentar protegerse deben de estar rodeados de hierro y cobre, y estar encerrrados para que aquellas cosas" no entren ? Jajajajajja ni a la suela de tu zapato maestro.... pero eso me imagine 😊

Raúl Sesos dijo...

Misterio total! Final abierto perfecto, las estatuas, el cobre, las chatarras, el ojeo temeroso hacia por dentro de la casa. Un espectáculo de relato, sentí la tormenta mientras leía.

Jorge Leal dijo...

Escribir esto no es mucho mérito si se tienen en cuenta que he andado por muchos caminos así y que me han agarrado varias tormentas. Bien pude haber muerto frito por un rayo ¡Jaja! Pero como siempre digo, gracias a todas esas vivencias es que puedo escribir. Muchas gracias, Raúl. Un abrazo.

Jorge Leal dijo...

Por ahí va el asunto, muy buena imaginación. En el asunto de los metales ahí hay una falla mía. Escribí sobre algo de mi país que gente de otro lado puede no entender y creer, como vos, que el hierro y el cobre tienen un papel importante en la trama. La venta de alambre de cobre es algo común en mi país y solo usé eso como un medio para llevar a los personajes hasta ese lugar ¡Jaja! La venta y compra de metales da bastante dinero pero los ricos aquí no hacen eso; el tipo de la historia sí lo hace porque cayeron económicamente por estar bajo algún tipo de maldición. Y la tormenta es la atmósfera de terror nomás ¡Jaja! Esta me salió muy como para uruguayos, pero bueno, soy uruguayo ¡Jaja! Muchas gracias, Belen. Un abrazo.

Lucia Tamagno dijo...

Me encanto!, se mantiene latente el misterio de principio a fin. Y apela fantásticamente a la imaginación. felicitaciones!

Jorge Leal dijo...

Gracias Lucia. Te espero por aquí. Saludos!!

NEWSODOM dijo...

Me gustó mucho el cuento me pareció muy original lo de las estatuas pues si algunas dan miedo y no las gárgolas sino las que tienen formas humanoides. Particularmente me da miedo una de la muerte que después me enteré que era Cronos en el panteón central de la ciudad.

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