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martes, 25 de octubre de 2016

Halloween De Terror

La gente tenía que hablar a los gritos porque además de la música el ruido de la lluvia estaba muy fuerte. Era la noche de halloween y se encontraban en un club campestre. En el salón de fiestas todos estaban disfrazados. Había gente con disfraces clásicos, otros con unos más originales, y no faltaban los tan extraños que nadie sabía bien qué eran. Matías vestía como “El Zorro”. Tomando un trago se arrimó al ventanal del salón. Con el vaso sobre los labios e intentando ver más allá de la oscuridad y el aguacero, se imaginó su vehículo y pensó que lo había dejado muy lejos. Unos pasos bajo aquel chaparrón y estaría empapado. En el medio del salón el tipo que organizó la fiesta bailaba ridículamente y le arrancaba carcajadas a sus invitados.
Matías seguía mirando hacia afuera. Del otro lado había un porche que cubría una vereda donde no había nadie porque la lluvia salpicaba hasta allí. En esa especie de vereda bajo el porche había algunas mesas con vasos y varias bandejas con bocadillos. Más allá, donde la luz empezaba a disminuir, se veían apenas unos árboles, algunos bancos bajo unos techos de paja, y después todo era oscuridad y lluvia torrencial.

Matías todavía miraba por el ventanal cuando se topó con una mirada. Era un tipo que soportaba el aguacero parado y quieto como una estatua en la parte donde la luz empezaba a perder con la oscuridad. Vio sus ojos porque tenían cierto brillo. Matías desvió la mirada hacia el salón. Una gran bola de cristales colgaba sobre la pista y brillaba con fuerza irradiando colores. Pensó que eso era lo que reflejaban los ojos del tipo, no lo consideró mucho, solo volvió a mirarlo. Por lo que se distinguía de él: pelo largo, barba desprolija, un saco de hombros caídos, desalineado, se deducía que era un vagabundo. “Pobre tipo”, pensó Matías “Debe estar mirando la comida. Se la voy a dar antes de que alguien más lo vea y haga que lo corran”. Primero miró en derredor con disimulo para ver si alguien más lo había notado. Todos bailaban y tomaban. Salió a la vereda, se arrimó a las mesas y echando algunas miradas hacia adentro tomó la bandeja más grande que vio y empezó a poner en ella los bocadillos que había en las otras. No eran sobras, eran cosas que nadie había tocado pero seguramente iban a terminar en la basura. Para él eso no era aceptable habiendo un necesitado allí. De solo imaginarse el frío y las ganas de comer que debía tener aquel hombre dejó de importarle que lo vieran y aumentó el montón de bocadillos. Cuando giró hacia el vagabundo, ya no se encontraba en el mismo lugar. Lo buscó con la vista y lo halló al final de la vereda, en un lugar donde no podían verlo desde las ventanas. Fue hasta el sujeto y se metió un par de bocadillos en la boca para animarlo y demostrarle que no eran sobras.

—¡Hola! Sírvase, están muy buenos —le dijo Matías al terminar de tragar. 

El sujeto no dijo nada, solo lo examinó un momento con la vista, después miró el contenido de la bandeja y estiró una mano hacia él para tomar un bocadillo.

—Tome toda la bandeja —lo animó Matías—. Las de adentro también están llenas. La gente solo está bailando y tomando. Empezó muy tarde la fiesta y seguro todos ya habían cenado. 
—Gracias —le dijo el sujeto con una voz profunda, y bajó levemente la cabeza con un gesto de agradecimiento.
—De nada. En aquellos bancos estaría protegido de la lluvia.

El otro asintió con la cabeza, dejó el porche y la lluvia volvió a castigarlo mientras caminaba lentamente. Matías pensó que tenía que haberle dado otra bandeja para que tapara las cosas. Dio unas zancadas hasta las mesas y al mirar hacia el punto donde suponía que iría el vagabundo, se extrañó al no hallarlo. En ese momento se intensificó la lluvia y estallaron unos truenos. Dedujo que el tipo había corrido hacia un lugar resguardado, pero le resultó raro que fuera tan rápido. Volvió a la fiesta. Una Gatúbela muy sonriente lo miraba y él le correspondía la sonrisa cuando se apagaron las luces y quedaron a oscuras. Y como afuera no había relámpagos, solo lluvia y algunos truenos, la oscuridad era absoluta. Se escuchó una exclamación general y varias voces dijeron lo obvio, que se había cortado la luz. Los que tenían el vaso lleno se quedaron quietos; los que lo habían dejado sobre las mesas, temiendo que aquello durara mucho y le fuera a dar sed buscaron los suyos a tientas y, naturalmente, algunos cayeron al suelo. Otros se creyeron más afortunados pero al tomar un trago descubrieron que no era su vaso al sentirle gusto a pintura de labios o al notar que era otra bebida. 

El que organizó la fiesta se puso a gritar que todo estaba bien, que solo se quedaran quietos porque en cualquier momento volvería la luz. Los presentes sentían la fea sensación de las pupilas dilatadas al máximo buscando algo de luz. Por pedido del anfitrión la fiesta era libre de humo, por lo que nadie andaba con encendedores, y como los disfraces no suelen tener bolsillos solo algunos celulares desafiaron la oscuridad. En los bolsos de las mujeres había varios pero los habían dejado en una pieza junto con los abrigos. Un tipo con celular se ofreció para hacer de guía pero de pronto aquella luz se apagó y el sujeto dejó de responder. En aquella terrible oscuridad, el estallido de un vaso contra el suelo hizo gritar a una mujer, y seguidamente gritó otra. “Algún avivado que metió mano”, pensó sonriendo Matías. Mas después se escuchó el grito de un hombre, y de otro, y la luz del último celular se apagó de golpe. Muchas voces inquietas empezaron a preguntar cosas y tras un nuevo grito la histeria se propagó como una electricidad. Ahora casi todos gritaban y en medio de eso sonaban cristales, mesas que caían y golpes sordos que eran la gente cayendo contra el piso. A Matías lo pechó algo y tanteó que era una cosa peluda. El susto lo hizo reaccionar agresivamente y le propinó a aquello un golpe tipo cachetada que, para desgracia del tipo que se había disfrazado de hombre lobo, le dio con la base de la palma justo en la oreja. En plena confusión Matías llegó a recordar y asoció lo que tocó al disfraz de hombre lobo que había visto. 

Temió haber matado al otro invitado y pensó que aquella locura tenía que parar sino se iban a hacer mucho daño. Gritó pidiendo calma pero fue inútil. Ahora, a los gritos de histeria se sumaban unos que parecían ser de dolor y terror. ¿Qué estaba pasando allí? No era solo gente cayendo y pechándose entre si, había, ¡intrusos! ¡Había intrusos que estaban matando a la invitados! Empezaron a escucharse sonidos guturales ahogados, como de alguien que se ahoga en su sangre y, ¡otros que sonaban como fuelles que eran la respiración de gente sin cabeza! Todos esos ruidos causaban un terror indescriptible en los que seguían vivos. Alguien gritó ronco al lado de Matías pero desde una posición más alta porque lo estaban levantando en peso mientras le apretaban el cuello. Matías intentó ayudarlo y dio unos manotazos en la oscuridad. Una de sus manos encontró una cara y al tocar aquello, por lo que tanteó se imaginó que el otro tenía cara de cerdo. En realidad eran rasgos de murciélago. Los había atacado un grupo de vampiros. El vampiro tenía una mano libre y con esa apresó la garganta de Matías, pero en ese momento se escuchó una voz profunda que ordenó, ¡A ese no! Entonces lo soltaron y cayó hacia atrás. Ya casi enloquecido de terror como los pocos que aún vivían, se arrastró por el piso hasta que dio con una pared y allí se acoquinó en la oscuridad protegiéndose con los antebrazos y las rodillas. Después escuchó varias veces aquella orden ¡A ese no! Su mente terminó escapando de aquel terror, se desvaneció, y cuando volvió en si ya estaba amaneciendo y el día le mostró que estaba rodeado de cadáveres pálidos.

Algo similar había pasado en cantidad de lugares. Las criaturas de la noche habían decidido festejar así todos los halloween. Después de ese la noche, halloween fue verdaderamente de terror. 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola maestro! volvi al blog jeje.Me gusto el cuento,creo que lo salvo ser solidario o bondadoso y el vampiro le sintio algo de compasion seguramente.Me gusto la parte del golpe de palma jeje no pierdes tu estilo.Saludos. .Willy

Jorge Leal dijo...

Hola. Volviste. Sí, el personaje metió un gancho con la palma. El puño es más instintivo en los hombres pero, como estaba oscuro se me ocurrió que lo tirara tipo bofetada ¡Jaja! Ahora no me parece muy correcto porque con el miedo se tensaría y apretaría los puños, pero bueno, es solo un cuento, no pensé mucho esa parte ¡Jaja! Gracias Willy. Saludos!!

brayan garzon dijo...

Un cuento muy aterrador, tomando en cuenta las fechas próximas.Y gracias a usted Sr. Jorge tendré que pensar cuantas estacas he de llevar a la fiesta de Halloween a la cuál fui invitado. Jajajaja. Nuevamente gracias, es un cuento excelente.

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias, Brayan. Podrías ir disfrazado de cazador de vampiros ¡Jaja! Saludos!!

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