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domingo, 16 de octubre de 2016

La Hora Del Diablo

Por primera vez iba a darle uso a la mirilla que hice instalar en la puerta. Cuando me despertaron unos golpes en la puerta de la sala miré el reloj y eran las tres de la madrugada. ¿Quién podría ser a esa hora? Me levanté un poco tenso por la expectativa porque no imaginaba quién podía ser ni para qué me despertaban.
Observé por la mirilla. Me sorprendí mucho al descubrir que no había nadie. Fui hasta la ventana para ver si andaba alguien en el patio pero tampoco alcancé a divisar a alguien. Aquello ya era muy extraño. Mi patio es amplio y estaba bien iluminado. Aunque el que golpeó hubiera salido corriendo tendría que verlo igual. Pero si podía haber rodeado la casa y eso me alarmó. Fui rápidamente por todas las ventanas y espié hacia afuera sin ver al que fue a importunarme. Por las dudas di otra vuelta porque estaba seguro de que habían tocado. Volví a acostarme recordando aquella serie de golpes contra la madera. Reviviendolos en mi mente ya no me sonaba a que fueran hechos por la mano de una persona, a no ser que hubiera golpeado con la punta de los dedos, con las uñas, con unas uñas muy fuertes.

Sin quererlo me imaginé una mano grande y con uñas largas tocando a mi puerta enérgicamente y de forma extraña. Esa noche no volví a pegar un ojo. Por la mañana me preparé un café bien cargado para estar atento durante el trabajo. Al retornar a mi hogar por la tarde estaba muy cansado. Me acosté temprano pero me costó dormir. Me despertaron de nuevo y justamente a las tres de la mañana. Ahora los golpes no se detuvieron cuando quedé frente a la puerta, siguieron sonando. No había chances de que volviera a escapar a mi vista. Acerqué lentamente un ojo a la mirilla. Al comprobar que no había nada se me erizó la piel y el miedo me apresó fuerte. Lo que me molestaba podía desaparecer en el acto o peor, se quedaba allí invisible para mí. Otra noche sin dormir y pensando en cosas que me causaban terror, y con razón. Ya estaba seguro de que no se trataba de algo de este mundo.

Era la madrugada del domingo. Me pareció que más que nunca tenía que ir a misa. Mientras se celebraba casi me hizo dormir un sueño terrible y me di cuenta de que era porque me sentía a salvo allí. Cuando terminó, el Padre Sergio me detuvo en la puerta para preguntarme cómo andaba. Él conocía a toda mi familia, me había bautizado y fui su monaguillo durante varios años. Necesitaba contarle a alguien lo que me pasaba y él reconocía inmediatamente esa necesidad. Atravesamos el templo, entramos a la sacristía y después salimos a un patio interior. Hacía años que no visitaba aquel patio. Estaba bajo un parral intrincado que en esa época apenas tenía brotes verdes. Los gorriones de allí, mansos y gordos, armaban tremendo revuelo sobre la parra o andaban a los saltitos en el patio. En aquel lugar de paz los recuerdos de la noche parecían más lejanos, me afectaban menos. Nos sentamos en unos bancos de madera, los mismos que había usado cuando niño. Sin saber cómo empezar le dije directamente lo que me había pasado. El Padre Sergio quedó serio como nunca antes lo vi y me preguntó:

—¿Las dos veces que te pasó eso fue a las tres de la madrugada?
—Sí, me despertaron a las tres en punto.
—Muchacho, esa es la hora de Diablo —me dijo, y yo debo haber quedado pálido—. Pero no quiere decir que fuera ese el que andaba ahí, eso es algo muy poco probable, debe ser alguno de sus esbirros menores, tal vez algún espíritu maligno.
—¿Pero y por qué a mí, y qué quiere?
—A veces solo quieren mortificar a alguien bueno para corromper su fe. Me apena que te haya tocado a vos, pero tienes que verlo como que también es una oportunidad para hacerte más fuerte.
—¿Pero y qué tengo que hacer?
—Primero que nada, nunca invitarlo a pasar, no retarlo, y no arriesgarse mirando hacia afuera. Y reza, pero no esperando que el Señor te libre de él, reza para sacar tu fuerza espiritual. El poder de esa cosa que te mortifica aumenta con tu debilidad y miedo y disminuye contra tu voluntad. Lo que quiero decir es que depende de ti, ¿entiendes?
—Sí, entiendo. Muchas gracias, Padre.
—No tienes que agradecer, muchacho, el agradecido soy yo por poder serte útil. Espera aquí, te voy a traer algo.
Volvió con algo que estaba envuelto en una tela gruesa. Lo desenvolvió y vi que era un libro muy viejo. Tomó asiento y se puso a buscar entre sus páginas.
—Aquí está. Cuando eso te moleste tienes que leer esta página poniendo toda tu voluntad. Son oraciones muy poderosas hechas para casos como el tuyo pero ten en cuenta que si no lo dices con convicción solo son palabras. El primer poseedor de este libro, que fue hecho por un grupo de monjes sumamente entregados a lo suyo, allá en la antigua Europa ahuyentó duendes, trasgos y otros espíritus malignos con él. Tienes que creer profundamente, pero sobre todo en ti —me dijo por último.

Iba a agradecer de nuevo cuando me lo entregó pero él me detuvo con un gesto manso de su mano y me palmeó el hombro mientras asentía con la cabeza. Entendía lo agradecido que estaba. Llegué a mi hogar con mucha esperanza y casi con ganas de enfrentarme a aquello. La noche me encontró repasando una y otra vez las oraciones de la página que el Padre Sergio me indicó. El libro mismo me inspiraba mucho respeto. Me imaginé al padre que lo usó primero exorcizando viejas y oscuras casas, o utilizándolo para espantar a las escurridizas sombras que se acercaban de noche a las moradas de la gente. Después de la media noche fui a mi cuarto pero no me acosté, solo quedé sentado en la cama, el libro entre las manos. Lo sentía como a un escudo capaz de protegerme de todo. El tiempo pasaba muy lento, incontables minutos, la vastedad de una hora, dos. Cuando el reloj marcó las tres, la hora del diablo, me persigné y esperé escuchar que tocaran en la puerta de la sala. Me creía listo pero de pronto un escalofrío casi doloroso me escaló por la espalda. Los golpes ahora sonaban en la ventana que se encontraba detrás de mí.

Ahora era claro que golpeaba con las uñas. Sonaban con ritmo, primero una, después otra y otra, y la sutil diferencia entre los sonidos indicaba cuando volvía a repiquetear con la última garra. No sé por cuánto rato solo sentí terror y olvidé leer las oraciones. El tacto de la tapa de cuero del libro me lo recordó justo cuando el llamado del golpeteo se hacía más intenso. Empecé a leer en voz alta aquellas oraciones que casi había memorizado. Lo que me asediaba contragolpeó tocando en todas las aberturas de la casa. De un momento a otro hasta las paredes resonaban y apenas podía escuchar mi voz. Pero pensé en el valiente que expulsaba espíritus dañinos en la antigüedad y le puse más voluntad. Primero era difícil darse cuenta pero fui notando cuando mi fuerza espiritual aumentaba o disminuía. Entonces empecé a repetir aquello con más y más convicción hasta que finalmente, abandonando la lectura, espontáneamente le dije a aquello que se fuera. La casa quedó en silencio y supe que había terminado. Dormí tranquilamente. Por la mañana fui hasta la capilla y le dije al Padre Sergio:

—Lo logré, esa cosa no me va a molestar más.
—Sabía que tenías la fuerza, muchacho.
—Sí, pero mucho le debo a usted y a su libro y lo milagrosa de sus oraciones.
—Te equivocas, solo dependió tuyo. Mi aporte fue solo un poco de motivación e información. Como el caso lo requería y el bien era mayor me tomé la libertad de, bueno, llamémosle fantasear un poco sobre el origen del libro. En realidad lo compré en una feria y sin saber nada sobre su pasado; y a la página que te indiqué la elegí arbitrariamente en el momento.      

5 comentarios:

Ryan Vandenbergh dijo...

Y si quizas el libro era algo para atraer mas espiritus o no era tan bueno como el padre imagino 😱

Jorge Leal dijo...

Mmmm...Bueno, lo que cada uno se imagine está bien. Gracias por comentar. Saludos!!

Maria Cruz Montiel dijo...

La fe mueve montañas "

Kelly Johanna Gaspar Ramos dijo...

Jjajajja Al principio me dio mucho miedo. Imaginarme a esa cosa con sus largas uñas es horroroso hasta llegue a pensar que tendría pesadillas pero al terminar de leerlo Jjajajaj me causo mucha Risa, Eso fue una trolleada. Gracias Jorge por este relato, Tiene los dos géneros que me fascinan: Terror y comedia

Jorge Leal dijo...

Hola Kelly. Así es justamente como me gustan los cuentos, que bueno que a ti también. Muchas gracias. Saludos!!

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