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lunes, 21 de noviembre de 2016

Cosas De La Guerra

Christopher se arrastró sobre sus codos por un pastizal alto. Se detuvo al creer escuchar unas voces y por un momento quedó inmóvil, expectante, los sentidos sobresaltados por el terror.
Apoyado sobre sus palmas levantó lentamente el torso y estiró el cuello espiando entre los pastos. Vio la punta de unos mosquetes. Adivinando lo que pensaban los otros imaginó a uno susurrándoles que bajaran los mosquetes cuando estos desaparecieron. Lo único que escuchaba ahora era unos pájaros lejanos. Pero los otros estaban allí, esperando que el movimiento de algunos pastos lo delataran o que fuera tan imprudente como para mostrarse. Y lo que lo perseguían no eran enemigos, eran los de su mismo bando.

Después de una batalla mal planificada y peor dirigida donde se mantuvo con vida de milagro, las ganas de desertar empezaron a murmurarle planes para escapar. Se tentaba cuando atravesaban un bosque pero siempre sentía varios pares de miradas sobre él. Le parecía que sus compañeros eran hipócritas. Todos pensaban en largarse de allí, nadie quería morir, sentían que estaban mal dirigidos y que de todas formas su bando iba a perder; pero si él intentaba escapar ninguno iba a dudar y le dispararían.  A veces cuando pensaba en su fuga se sentía un cobarde, pero después se convencía que cobardes eran los otros por no hacer lo que pensaban. Un día encontró su oportunidad. Su batallón cruzó cerca de un arroyuelo que corría entre una vegetación exuberante. Con permiso de sus sargentos, a medida que las filas pasaban frente a un sendero entre las malezas que bajaba hasta el arroyo, pequeños grupos de soldados se apresuraban hasta el cauce para llenar sus cantimploras. Christopher bajó hasta el arroyuelo y llenó lentamente la de él. Sus compañeros se apuraron para volver a marchar formados y lo dejaron solo por un momento. Gracias a las malezas y a una leve curva que tenía el sendero quedó fuera de la vista de los que pasaban. En ese momento escuchó que un grupo bastante grande también bajaba rumbo a la corriente. Esa era su oportunidad. Sin dudas los que lo dejaron allí iban a mirar hacia atrás esperando que él apareciera, pero como un lote estaba bajando y pronto iban a subir cruzándose con compañeros, en aquel ir y venir él podía pasar desapercibido un buen rato.

Se alejó agachado y dando grandes zancadas pero silenciosas por la misma orilla. El agua se afinaba hacia allí y pudo saltar hacia el otro lado justo antes de que unos soldados alcanzaran la corriente. Fue más arriesgado de lo que creyó, no lo vieron por muy poco. Se alejó del agua a pasos grandes pero con cuidado de no pisar ninguna rama seca o alguna otra cosa que lo delatara. Como había calculado, los que fueron por agua junto a él empezaron a mirar hacia atrás. Un sargento, como presintiendo lo que pasaba, les preguntó qué ocurría. Ninguno estaba seguro pero le comunicaron su duda. El sargento empezó a buscarlo con la vista. El batallón seguía marchando pero a paso lento y parecía un gigantesco ciempiés que iba aplastando la hierba. El tipo empezó a inquietarse y aunque no había revisado todas las filas igual dio la alarma. 

Christopher escuchó que gritaban “¡Un desertor!”, y aunque ese grito no le llegó muy fuerte se estremeció de pies a cabeza y empezó a correr. Sonaron otras voces que decían aquello y cada una parecía apretarle alguna fibra que lo hacía correr más. Después sonaron unas detonaciones de mosquete. Algún sargento listo pretendía que creyera que lo habían visto pero él no se tragó el anzuelo. 

La ribera frondosa de la corriente se transformó en bosque y allí sintió que tenía una ventaja. Incluso si lo veían los troncos lo cubrirían de la mayoría de los disparos. Al pensar en eso se dio cuenta que cargaba su mosquete. Si se liberaba de aquel peso tomaría otra pequeña ventaja, pero no podía dejarlo en cualquier lado. Divisó un tronco hueco que parecía ofrecerse para esa tarea. Las cosas que cargaba en la espalda le iban a resultar útiles. El miedo le había dado mucha energía pero parecía que el corazón le iba a estallar en el pecho. Hizo una pausa recostado a un árbol. Cuando el ruido de los latidos dejó de golpearle en los oídos pudo escuchar y escudriñar el bosque. Había aprovechado la oportunidad pero no tuvo en cuenta que al día le quedaba casi toda la tarde. De pronto escuchó algo. Una voz avisaba que acababa de encontrar sus huellas. De nuevo a correr pero tratando de hacer el menor ruido posible. El bosque no era tan grande como él hubiera querido y de pronto se cortó para dar paso a un pastizal. Más allá de este, como a quinientos metros de nuevo había árboles. No podía seguir por aquellas sombras porque sus perseguidores seguramente habían formado una línea. Se desesperó horriblemente. Había sentido el miedo que precede a los combates (ya en la batalla se calmaba), pero se asombró bastante ante aquel miedo a que lo capturaran. Era la energía que a veces salva a las presas. Se lanzó hacia el pastizal. Pensó que era mejor no ir en línea recta. Con la esperanza de despistar a los rastreadores, corría hacia un lado, daba un salto hacia el frente y seguía hacia el otro lado. Pero así perdía mucho tiempo, por eso simplemente empezó a dar zancadas. 

Por la mitad del pastizal se imaginó a los otros y lo que habían recorrido, lo que hizo él, y calculó que ya poco debía faltarles para salir del bosque. No se equivocó. Asomaron en varios puntos pero se detuvieron allí. Él se pegó al suelo. Iban a avanzar pero un sargento desconfiado los hizo detenerse calculando que el desertor podía estar oculto y tenerlos a tiro. Iba a poder solo con uno pero quién se arriesgaba a morir por la bala de un desertor. Después esa prudencia les pareció excesiva y avanzaron. El desertor se alejó arrastrándose sobre su vientre. En aquel escenario los minutos empezaron a dilatarse en la impresión de los participantes. 

Christopher los espió de nuevo sobre los pastos. Ya se encontraban muy cerca. Sus posibilidades de escapar disminuían con cada paso de ellos. No podía moverse más rápido porque verían el movimiento de los pastos, pero si seguían con aquella lentitud lo iban a alcanzar. Astutos, cada tanto paraban y observaban todo. Por momentos unos se agachaban mientras los otros seguían rodeando el lugar. Se sintió en la misma posición que los conejos que había cazado tantas veces. De pronto se escuchó un retumbar. Los soldados se detuvieron. Sonó otro y otro más. El bando enemigo había emboscado al batallón en un valle cercano. Un hombre recorrió la fila de los perseguidores ordenando que se retiraran, que debían alcanzar a los otros. Se marcharon sintiéndose hipócritas por perseguir a alguien que había hecho lo que todos, secretamente soñaban hacer. Se internaron en el bosque yendo rumbo al rugido que los llamaba a morir. Y Christopher se alejó, a pesar de su convencimiento, sintiéndose un cobarde.       

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