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domingo, 27 de noviembre de 2016

El Ahorrador

Víctor pensó que el dinero se le estaba yendo gota a gota. Se levantó y caminó pesadamente  y con los ojos entornados. Creía que la canilla estaba goteando pero no era así. Volvió a la penumbra del cuarto y escuchó. Era afuera. Levantó un poco la persiana de la ventana. Caía una llovizna muy fina pero apretada que por las luces de la calle parecía amarilla. Era una precipitación muda pero al resbalar en el techo goteaba en varios lados. Víctor abrió los ojos bien grandes, cómo no se le había ocurrido antes. Podía ahorrar juntando agua de la lluvia. Se acostó pensando. En algún lado había escuchado que a largo plazo el agua de lluvia no era buena para beber, pero pensó que para todo lo otro sí iba a servir más que bien. Solo tenía que hacerle modificaciones a la instalación de la casa. Siempre había considerado que se pagaba mucho por algo tan abundante. Pero tenía que comprar un tanque, algunos caños, grampas, clavos. Eso no le gustó nada. Recordó que en casa de su hermana había un tanque grande que no usaban. De pronto interrumpió sus ideas una luz casi anaranjada que venía de afuera y traspasaba la persiana.


Echando un vistazo se sorprendió al descubrir que era la misma llovizna, y no estaba amarillenta solo por la luz de la calle, el cielo también lucía de ese color y resplandecía. Debía ser, especuló, los primeros rayos del amanecer pasando por encima de unas nubes bajas. Lo que fuera no le importó mucho. Volvió a la cama con sus planes. Cuando manejaba la camioneta rumbo a la casa de su hermana sintió la emoción que le producía ahorrar. Agua para el lavarropas, para el fregadero, el baño, y por qué no, para cocinar también. Se imaginó y vio la factura del mes entrante mostrando una cifra ridícula, a él contándole eso a sus conocidos, frecuentes visitas al banco, su cuenta engordando. Al divisar la vivienda de su hermana deseó que sus sobrinos no estuvieran presentes porque siempre le pedían dinero para golosinas. No estaban, mejor. Su hermana se encontraba en la cocina. Después de saludarla él le dijo:

—Tú tienes un tanque plástico que no usas y solo está tirado, ¿no?, me parece.
—Tengo sí, ahí atrás —afirmó ella señalando con el cuchillo con el que picaba algo.
—¿Me lo prestarías por un tiempo? 
—Llévatelo, pero primero tienes que tirar los peces que crecieron en él.
—¿Los peces que crecieron en él? Ah, deben ser renacuajos, no peces —calculó Víctor.

La mujer agitó el cuchillo con un gesto que podría interpretarse como, no me importa, o, qué sé yo, y siguió en lo suyo. Víctor fue hasta donde estaba el tanque. Le daba casi por el pecho y estaba lleno de agua. Se sorprendió al ver lo que había adentro. No eran renacuajos, eran peces bastante grandes, de más de una cuarta, que nadaban tranquilamente como si estuvieran en una pecera. ¿Pero qué tipo de peces eran y cómo habían crecido allí? Se imaginó que su sobrino más grande un día arrojó a unos pescados en el tanque y que con el tiempo aumentaron en número. Los observó un rato como si fuera un gato mirando una pecera y tuvo la misma intención. ¿Se comerían aquellos peces? Cada vez le parecían más feos, oscuros y con montones de aletas puntiagudas. Se conformó con tener el tanque. Hizo un esfuerzo, mucho menos del que esperaba, y lo volcó hacia un costado. El agua corrió terreno abajo como un torrente pero enseguida se dispersó y solo quedó césped mojado. Esperó ver a aquellos extraños peces saltando y retorciéndose sobre el pasto pero no vio a ninguno. La corriente los arrastró hasta más lejos, se encontraban entre los pastos más altos, no importaba, lo importante es que ya no estaban en su tanque. 

Lo arrastró y giró hasta su camioneta y lo amarró a ella. Por el camino hizo un gran descubrimiento, divisó un gran rollo de caños tirado en un costado del la banquina. Eso sí era tener suerte. Miró hacia todos lados al tirar el rollo en la parte de atrás de su vehículo. Más ahorro y eso significaba más dinero. Un poco más adelante vio una bolsa misteriosa. Se detuvo a ver qué era. Miró hacia un lado y hacia el otro y la levantó. Sonaba a algo metálico. La abrió. ¡Clavos, grampas, abrazaderas, todo lo que necesitaba! Eso ya era demasiada suerte, eso era, un sueño. Despertó decepcionado, adiós ahorro. La idea seguía siendo buena pero no tenía un tanque, su hermana lo había vendido hacía años, y comprar uno sería un desembolso muy grande. Suspiró resignado y se acomodó de lado porque aún no amanecía y volvió a dormirse. No advirtió el ruido de goteo que había causado su sueño. En el baño la canilla dejaba caer una gota tras otra. 

3 comentarios:

  1. Es de terror para los codiciosos ¡Jaja! Y ustedes ahorran palabras en los comentarios ¡Jeje! Pero muchas gracias. Saludos!!

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