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viernes, 18 de noviembre de 2016

El Ausente

A los tres, Fabricio, Mateo y Rubén, les resultaba rara la reunión porque faltaba un integrante, Carlos, que había desaparecido en un remoto país de Europa hacía unas semanas. No habían hallado su cuerpo pero todos ya lo consideraban muerto. Los tres que quedaban intentaban concentrarse en las cartas aunque cada tanto miraban el lugar vacío que le perteneciera a su amigo. De pronto Fabricio dejó las cartas sobre la mesa y agitó sus manos delante de la cara como si le estuviera haciendo señas a alguien que estaba muy lejos. Lo que quería era disipar un poco el humo que Mateo le sopló en la cara.
 
—Que infantil de tu parte —le dijo Fabricio tosiendo un poco—. Apaga esa porquería.
—Estabas con la cara muy larga ¡Jaja! Y un poco de humo no te va a matar. Bueno lo apago. Muchachos, a Carlos no le gustaría que estuviéramos tristes, ¿no les parece?
—Sí, seguramente, pero es difícil —dijo Rubén, y tomó un trago de su cerveza mirando la silla vacía. 

Los tres quedaron pensativos. Estaban intentando seguir una tradición que arrastraban desde que eran solteros. Ya casados siguieron reuniéndose pero solo una vez por mes. Pero era un día solo para ellos y no faltaba la comida chatarra: papas fritas, hamburguesas, carne asada, dulces, pollo frito y cosas así. El lugar de la reunión era la casa de fin de semana de Rubén y se encontraba en un lugar despoblado donde casi todo era arboledas y campos. De día, fuera invierno o verano hacían un asado a la parrilla en el fondo del terreno, de noche empezaban a jugar a las cartas y así estaban hasta que amanecía. Por culpa de la ausencia la partida ahora no era tan divertida. 

Fabricio, después de pedirles que no miraran sus cartas y de verlos desconfiado pero sonriendo, fue hasta la ventana de la sala y la abrió de par en par. El fondo se encontraba completamente oscuro y había un frescor muy agradable. Fabricio inspiró hondo y al hacerlo cerró los ojos un instante. Sintió un golpe de aire más fuerte que la brisa y que traía un olor muy feo. No era una ráfaga, fueron varias, era, se dio cuenta antes de abrir los ojos porque aquello venía acompañado por un ruido, el aleteo de algo que volaba frente a su cara. Se encontró mirando de frente a un enorme y espantoso murciélago que aleteaba casi en el mismo lugar como si estuviera suspendido de una cuerda elástica. El murciélago alcanzó a tocarlo con sus fétidas alas al entrar a la sala. Revoloteó cerca del techo describiendo un círculo y se alejó por una de las puertas interiores. A Rubén se le cayó de la boca la mitad de una papa frita y Mateo medio se ahogó con su cerveza. Fabricio se había acachado cubriéndose la cabeza con las manos y cuando sus amigos lo miraron todavía seguía así. 

—Perdón por dejar entrar a ese bicho, cuando lo vi ya estaba frente a mi cara —les dijo Fabricio—. ¿Hay murciélagos tan grandes?
—Aquí nunca vi uno así —comentó Rubén. Y eso era un vampiro, de los que chupan sangre.
—Obviamente, hasta se le veían los colmillos —comentó Mateo al recuperarse de su ahogo con otro trago.
—¿Qué hacemos? —les preguntó Fabricio—. ¿Dejo la ventana abierta por si sale por acá?
—No, ciérrala. No voy a dejar que ese bicho se escape. Los que comen insectos son útiles; estos solo sirven para enfermar al ganado, o peor, a la gente. Pero nunca vi uno así ni sabía que fueran tan grandes —comentó Rubén. Los tres se cruzaron una mirada de extrañeza. 

Rubén fue hasta la chimenea, tomó un atizador de hierro y le dio otro a Mateo. A Fabricio le tocó una escoba. Recién iban saliendo de la sala cuando se apagó la luz.

—¿Escucharon ese ruido? —preguntó Rubén—. Fue la llave general, la bajaron.
—Pero... el murciélago no pudo ser, ¿no? —dudó Mateo, y usó la llama de su encendedor para ver las caras de sus amigos.
—Solo que sea un vampiro sobrenatural y no solo un bicho —dijo Fabricio.

Lo miraron con un gesto severo de reproche. Ellos también estaban pensando eso pero no querían decirlo, la idea era aterradora. Mateo se puso al frente del trío y con la llama de su encendedor mostrándoles parte del corredor avanzaron con cautela. Les faltaba para llegar a donde se encontraba la llave cuando Mateo maldijo y la luz se apagó. El encendedor se había calentado mucho. Quedaron en una oscuridad absoluta pero Fabricio no perdía la ubicación de sus amigos porque Mateo estaba soplando su encendedor y Rubén respiraba fuerte; por eso se llenó de terror al percibir que alguien iba pasando frente a él. No pudo actuar ni decir nada. Cuando Mateo volvió a crear una lama, el cuarto en la casa ya había pasado rumbo a la sala. Un rato después hallaron la llave y encendieron la luz, y allí Fabricio les dijo que había tenido la impresión de que alguien más había pasado hacia la sala. Volvieron pero no había nadie. Después revisaron toda la casa, hasta abajo de la cama y arriba de los muebles altos pero no hallaron al vampiro. De vuelta a la sala y muy extrañados los tres, Rubén le dijo a Fabricio: 

—Creí que habías cerrado la ventana.
—Lo hice. Esto sí que es aterrador. La voy a trancar de nuevo.
—¡Muchachos! —exclamó Mateo con la vista clavada en la mesa.

Tenían una libreta donde iban anotando cosas de las jugadas. Mateo los miró y la giró hacia ellos para que pudieran leerla. Alguien había anotado: “No se lamenten por mi ausencia, muchachos. Yo voy a seguir aquí cuando ustedes ya sean polvo”: 

4 comentarios:

  1. Buenísima historia, después de todo Carlos acudió a la cita.
    Saludos.
    Luz

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  2. Un clásico! SU amigo volvió hecho vampiros, bien puede convertirlos y así mantener su reunión anual. ..saluditos

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  3. Lo bueno es que seguian siendo amigos...

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