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miércoles, 23 de noviembre de 2016

El Ayudante Del Chamán

¡Hola! Aviso que el final es súper abierto. Es solo el inicio de una historia de terror pero ni llega a tenerlo. 


 Antonio pensó que ese iba a ser su día de suerte; se agachó para meter el brazo en el tacho de basura, apartó un poco la boca de una bolsa blanca y agarró una manzana. No tenía ni una mordida, solo una parte aplastada y blanda. Antes de morderla le echó un vistazo a las otras cosas que había en el tacho. Halló una papa grande que habían desechado por tener un hueco negro. Antonio la observó mientras comía su manzana. Andar en la ciudad le brindaba muchas posibilidades de encontrar comida y algún ocasional trabajo pero lo limitaba en algunos aspectos. En las afueras, en cualquier costado de un camino podría cocinar aquella papa, pero en el callejón donde estaba durmiendo era muy difícil. Como todavía era menor no podía ir a un centro de ayuda porque podía terminar en algún orfanato. Dejó la papa en la bolsa donde estaba la manzana, le podía servir a otro. Se alejó pensando que necesitaba un techo seguro, una casa. Se le vino a la mente, como si el recuerdo hubiera aparecido solo y contra su voluntad, la imagen de la vieja casona embrujada. Se estremeció como si le hubiera dado un escalofrío. Aquel era el hogar del terror y de nada más. No entendió por qué se le ocurrió que podía vivir allí.


Más adelante vio a dos tipos discutiendo. Uno andaría por los cuarenta años y tenía puesta una especie de túnica ridícula y de varios colores, en la cabeza llevaba un tipo de gorro de tela de esos que usan en algunos países de África. El otro vestía normalmente y era mucho más joven.

—Así que no quieres entrar ahí —le dijo el de la túnica.
—No. Una cosa es ir a donde no hay nada —dijo el más joven, y mirando con recelo hacia la casa que tenían enfrente agregó—. Pero en esa parece que sí hay algo, por lo que dijo el dueño.
—Sabes, está bien, no entres, no te voy a obligar —dijo con voz tranquila el de la túnica, pero seguidamente lo tomó de un hombro, lo hizo girar bruscamente y le dio una patada en la sentadera al exclamar—. ¡Estás despedido!

El otro cerró los puños y quedó tenso un momento pero después se alejó aunque vigilándolo   sobre el hombro. En ese momento Antonio cruzó por allí. El de la túnica lo miró apenas, después volvió a mirarlo de nuevo y le dijo:

—¡Eh!, muchacho, ¿quieres ganarte un poco de plata?
—Depende de cómo —le respondió Antonio deteniéndose.
—¿No me reconoces, nunca viste mi anuncio? —le preguntó el tipo sonriendo. Tenía los ojos verdes y una sonrisa de galán de cine pero se notaba que era un desgraciado—. Bueno, solo sale en un canal local y no muchas veces al día pero... ¡Además tú ni tele debes tener! Soy Fabio Figueroa, el gran chamán experto en limpieza de casas y exterminación de fantasmas. 
—¿Extermina fantasmas? ¿Y cómo los corre, a patadas?
—¡Jaja! Ese que viste era un ayudante inútil, tuve que despedirlo. Ahora necesito otro ayudante para que entre conmigo a esta vivienda ahora. 
—¿Está embrujada?
—Lamentablemente, creo que sí —le dijo Fabio, y acercándose más a él, miró hacia ambos lados de la calle y le susurró—. Mira muchacho, normalmente las casas no tienen nada, los dueños creen que si pero no. Voy, hago algunas cosas, siempre sin que me vean, porque no pueden verme cuando “combato al mal”, pongo algunos aceites aromáticos por aquí y por allá; y cuando los dueños entran después de que desterré al fantasma, hasta sienten que el aire está diferente, sienten un olor agradable. Pero claro que sí hay lugares con fantasmas reales. Esta parece ser uno por lo que cuentan. Como sea siempre necesito a alguien a mi lado, otro par de ojos, otra fuente de luz por si no hay electricidad o se corta, y además aterra un poco menos si uno no anda solo. Tengo que entrar a esta hoy. ¿Qué dices?, te pago la mitad ahora y la mitad cuando salgamos. Si sales corriendo con la plata voy a gritar que me robaste, así que ni lo pienses. Te cuento todo esto porque sé que si sales a decirlo nadie te va a creer, muchacho de la calle. ¿Aceptas o no?
—Me llamo Antonio, y si acepto voy a entrar. ¿Pero y si hay fantasmas qué va a hacer?
—En ese caso, no soy un chamán verdadero pero tengo algo real. Vamos hasta mi auto.

El vehículo estaba a unos pasos. Fabio lo abrió y sacó un bolso que había dejado sobre el asiento del conductor. Del bolso extrajo algo que parecía una vela aromática.

—Esto me costó mucho dinero. ¡Jaja! En realidad solo pagué la mitad pero no era poca plata.  La mecha es como de dinamita, se quema rápido, y esto no es cera común, tiene un montón de cosas que ahora no vienen al caso. El asunto es que esto desintegra al fantasma.
—¿Lo usó alguna vez? 
—Nunca, pero la que me lo vendió no es una charlatana como yo. Decídete ya. Piensa en la comida que puedes comprar con esto.
—Con eso no es mucho lo que puedo comprar —observó Antonio viendo el escuálido montón de billetes que más bien era cambio. 
—Es más de lo que tienes. Vamos, no me hagas perder más tiempo.
—Acepto, pero cuando terminemos renuncio solo. No me gusta como paga su despido.
—¡Jajaja! Chico listo. Voy a llevar este bolso. Toma esta linterna. Adentro no hay corriente y debe estar ensombrecido. ¿Tienes un encendedor? Mejor. Vamos a ver. ¡Diablos, estoy nervioso! 
—Solo acuérdese que es un gran chamán. 
—Muy gracioso. Ya te quiero ver frente a un fantasma. 

A Fabio le habían dado las llaves del lugar. Entraron.  

1 comentario:

Xiu Amigon dijo...

Ya quiero saber que paso alla adentro. 👻

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