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domingo, 6 de noviembre de 2016

El Desaparecido

Gustavo caminaba por las sombras de un milenario bosque de pinos. Estaba buscando hongos comestibles pero además de mirar hacia el suelo no descuidaba su entorno porque el bosque era muy grande y no quería desorientarse. En la mano izquierda cargaba un canasto que cubría con un paño, allí llevaba los hongos. Cuando no iba a cazar le encantaba recolectar hongos. Los había juntado muchos años junto a su padre, y como con él hablaban y bromeaban todo el tiempo, le quedó la costumbre de hablar cuando hallaba alguno y lo siguió haciendo aunque anduviera solo: “Ah, pero que precioso hongo eres, ven aquí”, o decía “Esta vez te salvaste, todavía eres muy pequeño”, “Vaya, creciste al lado de uno venenoso, ¿acaso querías engañarme? ¡Jaja!”, y así seguía por el bosque llenando su canasto.

En una de las ocasiones que recorrió los árboles con la mirada para orientarse, vio a un hombre que se movía no muy lejos de él. Se detuvo y quedó mirando en esa dirección. Ya no lo vio. ¿El tipo se había escondido? De haber seguido caminando lo hubiera visto. La única explicación alternativa era que uno de los troncos lo hubiera ocultado cuando se alejaba. Evocó la imagen del hombre. Llevaba un chaleco de cazador aunque parecía no tener ningún arma. Esperó otro momento y decidió no seguir. Su canasta ya estaba casi llena. Pero no iba a volver por el mismo lugar, tomaría otro sendero para recolectar algún otro hongo de paso y así se alejaba más de aquella zona; en el mundo andan tantos locos...

Como siempre el viento suspiraba entre los pinos produciendo ese rumor tan característico. Algunas palomas ocultas levantaban vuelo de pronto con el golpeteo seco del batir de sus alas y después se quedaba balanceando la rama en donde había estado posada. Eso pasaba siempre pero ahora lo inquietaba un poco. “¿Por qué andaría tan furtivo el tipo aquel?”, pensó. Mas enseguida razonó que andaba así porque se encontraba cazando. ¿Pero cazando qué si no andaba con un arma? Su inquietud se justificó cuando el sujeto apareció caminando oblicuamente hacia él como para cortarle el paso. Además de la pequeña navaja Opinel que usaba para cortar los hongos llevaba una más grande y robusta en el bolsillo. Disimuladamente la dejó más a mano acomodándola en el bolsillo. Empezó a caminar más lento para encontrarse de una vez con el desconocido. Bien podía ser alguien que anduviera perdido y necesitaba ayuda. ¡Y vaya que si era alguien perdido! Cuando iba a unos metros lo reconoció. Se detuvo y el otro siguió caminando lentamente hacia él y sonriendo amigablemente.

—¡Gustavo, que alegría verte! —lo saludó el tipo.
—¿Facundo? Pero... pero... No, tú no eres Facundo —dijo con un temblor en la voz Gustavo. 
—Sí, soy yo. He vuelto. Sé que hace mucho que estaba perdido pero regresé.
—¡Pero eso fue hace más de veinte años! ¡Y no has cambiado nada!

Facundo era un conocido. Solían encontrarse en el bosque, a veces en la ciudad, y donde fuera hablaban brevemente de lo mismo, de caza o del tiempo, si estaba lloviendo mucho, poco, y como eso afectaba a esa actividad. Eran encuentros de apenas conocidos pero se dieron durante varios años. Gustavo lo recordaba bien porque la repentina desaparición de Facundo fue todo un suceso. Un día salió a cazar en aquel bosque y no volvieron a saber más nada de él. Se organizaron varias búsquedas sin resultados. Tanto la prensa como la gente de la ciudad lanzaron mil hipótesis pero lo único concreto fue que desapareció sin dejar rastros. Y ahora estaba allí, parado frente a él y luciendo como estaba más de veinte años atrás. Gustavo miró en derredor. ¿Qué era aquello, una broma de mal gusto? Sabía que no era una aparición porque había escuchado sus pisadas y lo vio apartar una rama.

—No puedes ser él —dijo finalmente Gustavo después de un silencio desconcertante. 
—Lo soy. Sé que es increíble pero es así. Te preguntarás cómo me mantuve joven. Para los que me llevaron esto no es nada. Los seres humanos son una civilización muy primitiva comparada con la de ellos. 
—¿Estás hablando de extraterrestres?
—Esa palabra no les gusta, pero sí, eso son.
—¿Y cómo volviste, te liberaron?
—Nunca fui un prisionero. Vine como una especie de intermediario para que la extracción no sea tan... para que sea menos desagradable.
—Pues a mí no me van a llevar, no quiero. No te acerques ni un paso más. ¡Aléjate!
—No puedes escapar. Lo siento, pero ya verás que no es nada malo... Por lo menos después no, cuando te acostumbres.
—¡Ya veremos! —gritó Gustavo, miró frenéticamente hacia todos lados, principalmente hacia arriba, y salió corriendo como un loco.

No había visto nada asomando entre las copas pero apenas dio unos pasos sintió una sensación muy extraña en todo el cuerpo y sus pies se elevaron del suelo. Antes de perder la consciencia lo último que pensó fue que en cuanto pudiera se iba a matar. Esperó despertar en la jaula de una nave extraterrestre o en algún tipo de laboratorio, pero seguía en el bosque, se hallaba acostado sobre las agujas de pino. Facundo estaba a su lado y le dijo:

—Tranquilo, no te van a llevar, no le sirves. Ojalá yo hubiera tenido tu determinación. Pero realmente no es algo malo, una vez que te cambian. Levántate, estás a salvo. Ya me tengo que ir, me llaman  —Facundo se alejó unos pasos y se detuvo, y echándole una mirada al bosque le preguntó como en los viejos tiempos—. ¿Cómo ha estado el tiempo?
—Muy lluvioso. Bueno para los hongos pero no para la caza.
—Ya veo. Adiós.
—Adiós. 

Y lo que ahora era Facundo caminó entre los árboles y desapareció. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Jaja que final de lujo que buen toque le diste.Se salvo Gustavo por un pelito..saludos tocayo. .Willy

Jorge Leal dijo...

Sí, igual no le iba a pasar algo muy malo, parece. Este cuento no es de terror, es de extraterrestres nomás. Gracias. Saludos tocayo.

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