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jueves, 10 de noviembre de 2016

El Inocente

Dos detectives que salían de una sala de interrogación sonriendo y negando con la cabeza se cruzaron con Ortiz y uno le dijo:

—Ortiz, no sabes el cuento fantástico que acabamos de escuchar. Es de terror, seguro que te gustaría.
—Si dices que es un cuento es porque no te lo crees. ¿Quién está ahí? —le preguntó Ortiz, que también era detective.
—Un muchacho que mató a un primo. Está bien frito pero sigue contando una historia que nadie la va a creer ¡Jaja! Pobre infeliz, lo hubiera pensado mejor. Si quieres escucharlo pídele al capitán, está ahí. Nosotros nos vamos a tomar café.


Ortiz entró a la pieza desde donde veían al acusado sin que él los viera. Era un tipo muy joven y tenía los codos sobre la mesa y las manos en las mejillas, la mirada perdida en sus pensamientos. Ortiz se interesó por el caso, leyó los detalles y con el permiso del capitán quiso interrogarlo también. Entró a la sala con una lata de refresco en la mano, se presentó y se la dio al muchacho sin preguntarle si quería. Se sentó frente a él, lo observó un momento y cuando notó que su mirada lo incomodaba le dijo:

—Muchacho, estás en serios problemas, ¿lo sabes, no?
—Sí señor —le respondió el muchacho sin levantar la mirada.
—Bien. Ya sé que le contaste todo a los otros pero ahora quiero que me lo cuentes a mí y con detalles. Ahora quiero que incluyas también tus impresiones, lo que pensaste en ese momento, lo que te inspiraba aquel paisaje, todo. Te soy completamente sincero. Tu caso se presenta como uno fácil y a la gente le gusta las cosas fáciles. Tú entiendes, ¿no? Pero a mí no me gustan las cosas así y puedo ayudarte.
—Entiendo, y le agradezco. Le voy a contar todo. Hacía años que no veía a mi primo porque mi familia se mudó del pueblo. Él es... él era cinco años mayor que yo y ahora estaba viviendo solo porque sus padres también se mudaron. Me pareció que visitarlo iba a ser muy divertido. Desde el primer momento lo hallé completamente cambiado. Era amable pero me miraba fijamente a lo ojos como, no sé bien, como si me desafiara o quisiera imponerse continuamente, algo así. Como ahora tenía la casa para él creí que iba a hablar mucho de mujeres, pero solo hablaba de cacería. Y decía que había atrapado esto y aquello pero cuando me fijé en el congelador, no tenía carne. Actuaba muy raro, con mucha seguridad y hasta con algo de soberbia. Era mi primo, eran sus recuerdos, pero había algo nuevo en él y no me gustaba. Después del segundo día busqué la forma de decirle que me iba, entonces el vino a mi lado y puso su brazo en mi hombro diciéndome: «Primo, no te puedes ir sin antes salir a cazar, como en los viejos tiempos, recuerda. Vamos esta noche. ¿Sí? ¡Muy bien! ¡Ese es mi primo!», y esto último dijo sacudiéndome para todos lados. No quería pero me quedé. Dijo que de noche era fácil cazar ciervos encandilándoles.

“Esa noche, cuando me estaba calzando, él apareció con el viejo pero potente fusil que fuera de su padre y me dijo que lo llevara yo, que tuviera cuidado porque ya estaba cargado. Esa advertencia me hizo dudar. Así como se estaba comportando era de esperarse que el fusil no tuviera balas, una broma para reírse cuando yo intentara tirarle a algo. Como se quedó esperando y no pude confirmar mis sospechas, por las dudas pensé en una artimaña para tomar algunas balas. Cuando llegamos al patio le dije que parara, marché unos pasos en el mismo lugar como probando el calzado y le dije que eran nuevos y me quedaban incómodos, que mejor me cambiaba porque podrían lastimarme. Intentó convencerme para que nos fuéramos pero volví a probarlos y le dije que eran demasiado incómodos. Él se quedó en el patio sacudiendo la cabeza y yo volví a entrar. Salí con otro calzado y oculto en el bolsillo un peine (cargador) con cinco balas. 

“Ya había asomado una luna llena que me pareció muy grande. Salimos del pueblo. En los alrededores hay muchas plantaciones y propiedades chicas, por eso tuvimos que cruzar un montón de alambrados. Él los cruzaba con una agilidad asombrosa y me apuraba porque demoraba más. Muy apartadas entre ellas hay algunas viviendas en esa zona y en todas los perros ladraban como rabiosos. Él cargaba el reflector pero lo llevaba apagado porque la luna nos mostraba todo. Mi primo iba con una actitud extraña, a veces parecía olfatear el aire. Cuando le hablaba apenas me contestaba. Llegamos a un bosque y caminamos un buen rato en él. De pronto mi primo me dijo: «Me pareció ver algo por allá. Quédate aquí, voy a ver qué es y si es un ciervo lo espanto hacia acá». Eso me pareció absurdo y se lo dije. El lugar no era bueno para una emboscada, a no ser que el emboscado fuera yo, porque el terreno alrededor era más alto y tupido. Solo se volvió hacia mí y levantó su dedo índice delante de la boca, y se fue con sigilo y medio agazapado. Lo perdí de vista y dejé de escuchar sus pasos. Al estar solo pude revisar el fusil. Vacío como imaginaba. Le puse las balas. Francamente, él actuaba de forma tan extraña que me sentí más seguro con el arma cargada. No sabía qué pretendía.

“Me quedé allí, escuchando atento y recorriendo con la vista las sombras y partes claras del bosque. No sé cuánto rato pasó, no llevaba reloj. Nada de que él apareciera. Supongo que al cansarme un poco me distraje y así aquello me alcanzó. Al mirar hacia un costado, a... tres o cuatro metros de mí, había una cara espantosa que me miraba. Pensé que era una persona muy fea pero noté que tenía la cara alargada hacia adelante, que tenía hocico. Cuando saltó de entre aquellas ramas le apunté. Parecía un perro enorme pero era muy raro. Se movía extrañamente cuando dio unos pasos rodeándome. Sé que todos piensan que solo era un perro pero le aseguro que nunca en mi vida vi uno así ni en la tele. Le apuntaba pero no me tenía miedo. Cuando me miró de frente y me mostró unos colmillos enormes disparé. Le di en el pecho, a la altura del corazón, de donde los animales tienen el corazón. Miró hacia abajo como intentando verse la herida, después volvió a odiarme con la mirada y cuando intentó moverse hubo otro disparo, se me escapó pero como le apuntaba le di en la cabeza. Esta parte nadie me la va a creer. El disparo le voló un buen pedazo de la cabeza pero igual arremetió. Para mí el tiempo pasó lentamente en ese instante. Giraba con aquello casi sobre mí y apretaba el gatillo. Lo detuvo recién la tercer bala en la cabeza y con la última le quedó intacto, aunque todo lleno de sangre, solo el hocico. Detective, voy a serle franco, creo que aquello era un hombre lobo, y que eso y mi primo eran lo mismo. Usted ya sabe el resto. Mi primo no aparecía, hice la denuncia, indiqué el lugar donde maté a la cosa y allí lo encontraron a él, con la cabeza destrozada y una bala en el corazón, y sin ropa”. 
—Gracias por contármelo con tanta claridad. Voy a trabajar en tu caso. Solo te prometo que investigaré todo lo que pueda. Tómate el refresco —le dijo por último Ortiz.

Su primer paso fue viajar hasta la escena de la muerte. Desde el pueblo pidió que le indicaran hacia dónde era y fue a pie acompañado por un policía que había estado en la escena. El policía no iba muy conforme porque tuvieron que cruzar un montón de alambrados. Llegaron al bosque y a la escena. Ortiz notó que estaba llena de pisadas.

—Parece que por aquí pasó un regimiento —le comentó al policía observando todas las pisadas que había en la tierra. 
—Cuando llegué los otros ya la habían dejado así —le dijo este encogiéndose de hombros.
—Que lástima que no vine antes, pero algo debe quedar igual.

Imaginando lo que le contó el acusado Ortiz se arrimó a un montón de ramas y las examinó. Su aguda vista detectó varios pelos que no parecían humanos. Los recolectó y guardó en un pequeño tubo. Desde ahí siguió rastreando. Además de un muy buen detective también era cazador. Sumando esas dos ramas de conocimientos y experiencia encontró unas huellas que parecían ser de un perro muy grande y las fotografió. Después halló una zona de pasto que estaba toda revuelta como si algo se hubiera revolcado allí. Desde ahí partían las huellas de perro y hasta allí llegaban unas humanas de alguien que andaba descalzo. Él no creía en hombres lobo pero a la vez creía en las pruebas. Pensó con rapidez. Esa pista no era buena para el muchacho porque el abogado acusador se divertiría con ella. En ese momento el policía que iba con él se había quedado enganchado en unas ramas y maldecía a todo intentando liberarse. Ortiz fue a ayudarlo y después siguió por otro lado pero teniendo presente de dónde venían las huellas humanas. Así las halló de nuevo y las siguió. De pronto se encontraron con las ropas del muerto. Estaban dobladas sobre una rama. Las guardó como evidencia. Confió que con eso sería suficiente para librar al acusado de homicidio culposo. Y así fue. La evidencia de los pelos resultó ser bastante desconcertante porque parecía ser de lobo pero no correspondía a ninguna de las especies conocidas. Pero fue suficiente para demostrar que sí había un animal grande y peligroso, y lo apoyaba las fotos de las pisadas. En la ropa solo encontraron huellas de la víctima y por su posición se deducía que él las había colgado allí. También se demostró gracias a Ortiz que después de alejarse rodeó el lugar donde había dejado a su primo. Con eso la abogada que le tocó al acusado trabajó sobre la idea de que el fallecido intentó jugarle alguna especie de broma pesada y que por mala fortuna esta salió mal. El asunto tenía muchas cosas sin aclarar mas fue suficiente para que se lo tomara por un accidente y así el acusado quedó libre. Al conocer el fallo un compañero de Ortiz le dijo:

—Así que ese tipo le destroza la cabeza a su primo a balazos, y se salva de la cárcel solo con una pequeña herida. Buen trabajo.
—Para que no fuera así habría que olvidar toda la evidencia que demuestra que no era un cuento como tú afirmaste —le respondió Ortiz, e intrigado por algo que dijo su compañero le preguntó—. ¿Y qué es eso de “Una pequeña herida”? ¿El muchacho fue herido? En el informe no decía nada y él no me lo dijo.
—No era importante. Tenía un par de rayas en el abdomen. Tal vez se las hizo con unas ramas. No era importante. Y tranquilo, solo quería fastidiarte un poco. Diablos, tú no tienes sentido del humor.

Ortiz quedó perplejo. Todo indicaba que el muerto era un hombre lobo, y si esa herida se la había hecho él, eso significaba que ahora su primo también iba a ser uno. ¿Había liberado a un inocente o a una bestia?     

5 comentarios:

  1. 👏👏que bueno te quedo el cuento,la trama y los personajes.Te salio todo bien ademas de lo que mas me gusta jeje..no preguntare si hay o no continuacion porque ya te conozco tocayo jeje.Quedo muy bien el cuento,me gusto. .saludos..Willy

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  2. El final es los mejor... una segunda parte seria genial

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  3. Gracias Willy y Francisco. No hay segunda parte pero sí puede haber otro cuento con el detective Ortiz. Tengo otro personaje detective pero estoy con más ganas de trabajar a este. Mas no sería de terror sino policíaco, que es un género que me encanta. Saludos!!

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  4. Mejorando velozmente cada día más 👏👏👏👏 pregunta a Willy si puedes sobre sombras en la noche de Paraguay a ver que te cuenta, un abrazo!

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  5. El terror de Willy son los osos hormigueros que se paran en dos patas ¡Jaja! Gracias Raúl. Saludos!!

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