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martes, 15 de noviembre de 2016

Extraterrestres

     ¡Hola! Los cuentos de esta entrada no son de terror (si buscabas eso pasa al siguiente), son de extraterrestres, y los que leían mi otro blog tal vez ya los conozcan. Igual podrían leerlos de nuevo, echenle ganas ¡Jaja!
                                    

                             Del Espacio
“No es bueno andar juntando rocas que caen del cielo”, dijo súbitamente una voz. Allan volvió la cabeza hacia la voz y vio a un viejo que, sentado bajo un arbusto lo miraba sonriendo. Había llegado al desierto con el amanecer. Buscaba meteoritos. En el duro y desnudo suelo del desierto era más fácil hallarlos, aunque implicaba caminar muchos kilómetros. Sus ojos entrenados podían distinguir entre una roca común y una caída del espacio. Paso a paso, la vista buscando en el suelo, kilómetro tras kilómetro de tierra árida y soledad. Había comenzado como un pasatiempo pero de a poco se volvió un oficio cuando comenzó a vender algunas rocas. Los metálicos valían más pero a la vez eran los que menos encontraba, pues generalmente hallaba meteoritos que podrían pasar por una roca cualquiera.


Cuando el calor se hizo insoportable buscó una zona con algo de verdor, un pequeño oasis de árboles creciendo en torno a un cause de arroyo casi siempre seco.  Allí lo sorprendió el viejo. Allan lo miró con desconfianza; estaban en medio de la nada y el viejo no tenía ni un bolso ni nada a la vista. 

—Salga de ese sol, colega —le dijo ahora el viejo—. Si se sienta ahí le voy a contar una historia. Yo también solía recoger meteoritos. No se preocupe, como ve, no cargo nada. 
—¿Usted también buscaba meteoritos? Dígame una cosa —lo interrogó Allan, ya repuesto del sobresalto que le produjo el extraño—. ¿De dónde vienen los meteoritos? 
—La mayoría del cinturón de asteroides que hay en el sistema solar —le respondió el viejo—. Pero algunos, quién sabe de dónde. Hace mucho encontré uno que vino de otra galaxia, una llena de vida, donde algunos organismos han evolucionado para pasar de un planeta a otro. Cuando algunos se desvían vagan miles de años por la inmensidad oscura y fría del espacio.  

Lo que el viejo acababa de decir para Allan era una locura, pero despertó su interés en el relato que el viejo le estaba prometiendo. Casi tan buena como la imaginación de un escritor es la de un loco que cree en algo. Podría salir un buen cuento de aquello. Se acomodó en la sombra y se prestó a escuchar la historia. Le pareció considerado ofrecerle agua al viejo, pero este la rechazó con un gesto de la mano. El viejo tomó una ramita que tenía al lado y empezó a contar lo siguiente mientras garabateaba en la arena, como dibujando sus recuerdos: 

—Supe que usted andaba buscando meteoritos porque yo lo hice durante muchos años, además me dio muchas pistas: su mochila está pesada en un lado, evidentemente lleva rocas, y caminaba muy atento al suelo, tanto que ni me vio al pasar por aquí.

“Sí, en mis tiempos supe hallar muchos meteoritos. Para mí era una pasión. Los coleccionaba, estudiaba, y pasaba horas soñando con el espacio. Cruzaba y cruzaba lechos secos de lagos, salares y ardientes desiertos procurando mis rocas chamuscadas. Cada una era como un tesoro. ¿De dónde vendría? Me gustaba creer que de lugares muy lejanos, de otras galaxias. Tal vez eran los despojos de una enorme colisión de asteroides, de algún cometa lejano o planeta desconocido….
Un día encontré una muy particular, tenía la forma de un huevo, lo que usted bien sabe es algo raro. Me sentí inclinado a pensar que era una roca terrestre, pero la costra quemada que tenía me decía que había venido del espacio. No era metálica pero tampoco era como otras que había visto. Tenía el tamaño de un huevo de ganso, aproximadamente. La llevé a mi casa y la observé durante horas. Me pareció que la forma de un huevo era la forma ideal para transportar algo. Después me decía que era solo casualidad y volvía a dudar que fuera un meteorito, pero la idea de una cápsula con algo adentro volvía a mí. Sentí ganas de dividirla pero me contuve, era como un sacrilegio romper algo tan perfecto. Ahora era mi tesoro favorito.  La guardaba cuidadosamente entre papeles y la estudiaba casi todos los días. Con estudiar quiero decir observarla, porque no quise hacerle ninguna prueba que comprometiera su integridad. 
      
"Una mañana quedé helado cuando fui a verla. Estaba partida en dos, adentro quedaba algo de una substancia gelatinosa y había huellas sucias de esa substancia que se alejaban del huevo, porque ahora no me quedaban dudas de que aquello era una especie de huevo o cápsula. Por esas huellas deduje que era algo parecido y del tamaño de un sapo o una rana. ¿Pero dónde estaba? Comencé una búsqueda minuciosa. Tenía que encontrarse aún en mi casa. 
Las manchas de la substancia se terminaron no muy lejos del huevo, podría estar en cualquier parte. Me hice de un palo y un frasco para atrapar al “visitante”. El corazón me latía mas rápido cada vez que levantaba algo o miraba bajo los muebles. Se me ocurrió que seguramente la criatura podía trepar. Revisé los muebles, todo lo que tuviera cajón, di vuelta los sofás, moví cada lata de la despensa, pero no encontré al ser aquel. Al llegar la noche estaba molido por el esfuerzo de la búsqueda. Creí que mi visitante se había ido. Que oportunidad había dejado escapar. 
Por la madrugada, el horror: algo estaba entrando en mi boca. Sin darme tiempo a nada se deslizó por mi garganta. Intenté sacar a la cosa aquella con mis dedos pero ya era tarde. Me ahogaba. Me doblé tratando de hacer arcadas para vomitar aquello. No puede hacer nada y me desmayé. La cosa estaba en mi interior. Por eso le recomiendo, muchacho, cuidado con lo que cae del cielo. Bien, me marcho.
—Espere trató de detenerlo Allan—, ¿va a salir con ese sol? Cuando llegué aquí apenas lo soportaba. ¿Tiene agua por lo menos? 
—Así estoy bien, gracias. Adiós. 

Y el viejo se alejó caminando bajo un sol inclemente. ¿Cómo podía soportar tanto? Entonces Allan desconfió de aquel relato “Después de todo, tal vez la historia no es un cuento inventado por este viejo”. 

                                        Un Nuevo Planeta
 Ningún ser humano había pisado aquel planeta. La densa atmósfera superior, plagada de tormentas eléctricas, prácticamente impedía que el planeta fuera analizado desde el espacio. Se sabía que su aire era respirable y que había vida en él, pero no se sabía mucho más. 

La nave ingresó a la atmósfera. Peter y Jordi se sacudían dentro de la nave; la turbulencia era terrible, la visibilidad era nula, los relámpagos cruzaban por todos lados. Cuando salieron de las nubes vieron la superficie del planeta. Estaba llena de lagos de agua verdosa, y entre éstos se extendían zonas rocosas cubiertas de una especie de vegetación corta. 
Jordi buscó un lugar en dónde aterrizar.    La nave, que era de forma arredondeada, extendió tres patas y se posó sobre una zona plana. Antes de bajar intentaron comunicarse con la nave principal; no pudieron, la atmósfera terriblemente tormentosa del lugar lo impedía. Tras abrirse la puerta, Peter fue el primero en pisar la superficie, lo siguió Jordi. Los aparatos que llevaban en la muñeca del traje espacial confirmaron que el aire era respirable. Jordi abrió su casco y respiró hondo. 

—No es muy diferente al aire de la Tierra —comentó Jordi. Peter también se quitó el casco.
—Tienes razón —afirmó—. El aire está cargado de humedad pero es bueno.

Ambos echaron una larga mirada al paisaje extraterrestre que tenían ante sus ojos. Las nubes eran sumamente oscuras y no se podía ver la estrella que iluminaba en parte al planeta; mas los relámpagos que continuamente resquebrajaban el cielo prestaban su potente luz y el paisaje se mantenía claro. Prácticamente no había viento, y una lluvia suave caía continuamente.  Se alejaron de la nave para recoger algunas muestras. Peter se inclinó y tomó con su mano un trozo de vegetación que se asemejaba al musgo terrestre. Jordi se alejó un poco más y se detuvo en el borde de un lago. El agua parecía sumamente profunda, y de pronto comenzó a agitarse. El agua,  convulsionada, se alejó de la orilla como si su cause mermara de golpe, y de repente, en el medio del lago emergió una cabeza gigantesca parecida a la de algunos reptiles, y comenzó a elevarla un cuello larguísimo. Aquella bestia inconcebiblemente gigantesca emitió un grito que hizo temblar todo. Peter y Jordi, asustados por el colosal tamaño de aquella criatura, salieron corriendo rumbo a la nave.

Con un estruendo difícil de imaginar, de los lagos cercanos surgieron otros seres extraterrestres de tamaño similar al primero, que tras haber emergido todo su cuello, comenzó a sacar su cuerpo, y su cabeza se siguió elevando hacia el cielo. Aquel coloso apoyó dos patas descomunales sobre el suelo y éste tembló, y Jordi y Peter perdieron el equilibrio por el temblor. Al levantarse giraron la cabeza hacia el monstruo, y éste ya daba un paso en suelo firme. Era tan grande que bien podría aplastar bajo su pata al más grande de los dinosaurios que existieron en la Tierra.  
Los otros extraterrestres que aún no salían de sus lagunas, que para ellos eran simples pozos. Orientaron sus cabezas hacia los aterrados exploradores y bramaron con el estruendo de una tormenta, y empezaron a moverse hacia ellos. Jordi cayó nuevamente y Peter lo levantó. 

—¡Vamos! ¡Ya falta poco! —lo alentó.

Cuando alcanzaron la nave el primer monstruo ya estaba muy cerca e iba abriendo una boca abismal como para tragarse toda la nave. Despejaron justo a tiempo, un instante más y eran devorados. Desde la altura, antes de internarse en las nubes, contemplaron horrorizados a los descomunales extraterrestres que se retorcían allá abajo. Habían descubierto el planeta de los monstruos gigantes.   

                                 Extraterrestres En El Mar
 Todo comenzó una noche de luna, cuando Mateo navegaba en su velero. Estaba en cubierta, contemplando el mar lleno de reflejos de luna.  De repente algo en el cielo lo forzó a desviar la mirada. Cinco luces blancas descendían velozmente hacia el mar. Cerca de la superficie desaceleraron hasta quedar suspendidas, luego se sumergieron y ya no las vio más.
Aquel suceso lo llenó de curiosidad. Pensó mucho en el asunto y, aunque comenzaba siempre con variadas hipótesis, terminaba inevitablemente concluyendo una cosa: aquellas cinco luces eran naves extraterrestres. El tema extraterrestres comenzó a ser su obsesión.  Quería saber qué hacían los extraterrestres en el mar. Con ese fin se unió a un grupo de científicos que exploraban el fondo oceánico, aunque obviamente les ocultó sus verdaderos motivos para que no lo tomaran por loco. 

Exploraban ahora una zona muy profunda. Mateo había descendido en un pequeño submarino. En la superficie se encontraba el barco de los científicos y estos observaban atentamente en unas pantallas lo que las cámaras del submarino filmaban. El submarino tenía solamente un ojo de buey pequeño, pero Mateo también veía lo que captaban las cámaras pues tenía varios monitores. Las luces del submarino mostraron un suelo arenoso en donde nadaban algunos peces. Aquel paisaje se parecía a un desierto terrestre. Luego alcanzó una zona de rocas que se elevaban en punta. Maniobró entre aquellas curiosas formaciones rocosas hasta que las dejó atrás. 
Un calamar de unos dos metros de largo apareció de pronto frente a la ventana, dio la vuelta, exploró una cámara con los tentáculos, para luego desaparecer en la oscuridad tan rápido como apareció. En el barco los científicos estaban emocionados por aquellas imágenes, y uno se comunicó con Mateo usando un micrófono:

—Vaya encuentro que has tenido, Mateo. ¿Cómo te sientes, está todo bien?
—Perfectamente —contestó Mateo—. Desde aquí el lecho empieza a descender. Voy a explorar esta zona.
—Entendido. Pero ten cuidado, no desciendas demasiado.
—Muy bien.

El fondo ahora era rocoso e iba bajando gradualmente. Los pocos peces que se movían por allí tenías aspectos extraños aunque no eran desconocidos para Mateo ni para los otros. El submarino era un punto de luz en una oscuridad de abismo. Cosas que se movían parecían pasar casi por fuera del alcance de las luces, dejando sólo imágenes fugaces que no se lograba distinguir. Cuando los instrumentos indicaron que ya estaba a demasiada profundidad, Mateo tuvo la intención de comenzar el lento ascenso, pero en ese momento notó una claridad débil que brotaba mucho más abajo que el lugar donde él se encontraba. Enseguida pensó en los extraterrestres. Cuando sus compañeros advirtieron que el submarino seguía bajando se comunicaron:

—¿Qué estás haciendo? No es seguro que bajes más. Tienes que empezar a subir.
—Lo siento, voy  a seguir. Tal vez les muestre algo que nunca imaginaron. Adiós. 
Y no les contestó más, solamente siguió bajando hacia la claridad creciente. La luz surgía de un abismo enorme, y gracias a ella se distinguía el negro borde de este. Sólo tenía que asomarse al borde para registrar qué había allí abajo.

El submarino empezó a temblar por la aplastante presión de aquella profundidad, y sonaron unas alarmas que indicaban fallas y problemas en el casco; pero Mateo igual siguió. De pronto, al llegar al borde del abismo, apareció una ciudad extraña. Un campo de energía celeste formaba una especie de domo que protegía a la ciudad de las presiones inmensas que hay allá abajo. En lugar de edificios en la ciudad habían naves, y algunas se movían flotando bajo el domo. En el barco los científicos quedaron con la boca abierta, y sólo atinaron a mirarse entre si. Gracias a Mateo habían descubierto mucho mas de lo que se imaginaban. De pronto la señal se cortó. El submarino había colapsado y se hundía mientras era iluminado por aquella luz de una tecnología extraterrestre. 

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