¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

jueves, 17 de noviembre de 2016

La Súper Luna

¡Hola! Si buscan terror del bueno, algo que realmente asuste... en esta entrada no lo van a encontrar ¡Jaja! Pero el anterior sí es de terror. Buscando en "Categorías", en la parte derecha del blog hay cuentos para todos los gustos. También se puede usar la barra de búsqueda que hay ahí arriba. Gracias.



Estaba mirando tele sentado en el sofá, con una pierna sobre el posabrazos cuando Matías me invitó a ver la súper luna.


—Espera un poco, déjame ver mi nivel de ñoñismo —le dije—. ¡Ah! No puedo ir, está muy bajo. Será para la otra cosa súper que haya. 
—¿Estás seguro de que tu nivel de ñoñismo está bajo? Porque estás mirando dibujos animados.
—Son animaciones computarizadas —le aclaré—. Y esto está hecho para todo el mundo.
—Sí, como no. Dale, vamos. Estela nos va a llevar en su camioneta. Va a llevar un montón de empanadas y va a ir una de sus hermanas, Silvia, la rubia, la recuerdas, ¿no? 
—Bueno, voy pero para que no anden solos por ahí.
—Claro, que buen amigo eres. Pero ponte una camisa, y pantalones.
—No sabía que era una fiesta formal, señor. Ya voy por mi esmoquin.

Con Matías bromeábamos así porque hacía años que éramos amigos y compartíamos una pensión desde que éramos estudiantes. Apenas estuve listo escuchamos una bocina. Me ubiqué en el asiento trasero, junto a Silvia, que al verme me había saludado fríamente y sin mirarme. Con ese trato se había esfumado la mitad de la motivación que me había hecho acompañarlos, pero por lo menos sí habían llevado empanadas, estaban recién hechas y desprendían un delicioso aroma desde el canasto que Silvia había colocado entre nosotros como una barrera.  Nos alejamos de la ciudad por una ruta y de ahí salimos a un camino de tierra. Querían ver la súper luna pero no habían decidido desde dónde hacerlo y detuvieron la camioneta en un lugar muy malo. Me bajé solo para demostrarles lo malo que era.

—¿Ustedes saben por dónde sale la luna? —les pregunté.
—Creo que por allá —dijo Matías.
—Sí, por ahí, pero solo si la Tierra estuviera girando de otra forma ¡Jaja! Es por allá, y cuando salga la luna esos árboles nos van a tapar la vista como por una hora.
—¿A dónde vamos entonces? —preguntó Estela.
—Mejor que indicarte sería que me dejes manejar a mí. Llegaríamos como en veinte minutos y falta una hora y media para que anochezca —le aseguré.
—Para mí que falta menos —me contradijo Silvia entrecerrando los ojos hacia el sol.
—Despídete de la amortiguación de tu camioneta —bromeo Matías con Estela cuando ella me dio la llave.

Él sabía que iba a conducir bien porque estaba acostumbrado a los caminos, además aquel vehículo era un lujo comparado con los que yo manejaba. Llegamos. Apenas bajaron y echaron un vistazo Matías y Estela dijeron que el lugar era ideal, y Silvia por lo menos no lo objetó, aunque miró todo como si le diera lo mismo. La zona era alta, el camino, después de la banquina tenía una parte ancha y de pasto muy corto, y el horizonte era una línea pareja más allá de una pradera sin árboles. Hacia nuestra izquierda, como a doscientos metros más o menos, había una línea de monte que iba junto a un arroyo pero estaba muy hacia un lado como para molestar la vista de la súper luna. Con aquella vista de frente nos sentamos en unas reposeras y Estela repartió las empanadas. 

—Que ricas que están —le comenté—. ¿Las hiciste vos?
—Sí, es la receta de mamá.
—Matías, cuando se encuentra a una mujer que cocina así hay que casarse —le dije para fastidiarlo un poco porque sabía que él se iba a poner incómodo—. Y hablando de casarse, ¿para cuándo es la fecha?
—Para cuando dejes de ser tan imbécil —me dijo Matías.
—¿Qué? Entonces nunca —bromeó Estela.

Ella y yo nos reímos largo rato, y cuando Matías dejó de estar colorado se rió también. Silvia, que solo comió una empanada, se alejó unos pasos, se entretuvo apartando unos pastos con el pie y se inclinó hacia adelante para arrancar una brizna. En ese momento yo comenté:

—Ya está saliendo la luna llena por allá ¡Jejeje!

Ella se enderezó rápidamente entendiendo mi broma y se volvió mostrándome el dedo más grande. A su hermana y a mi amigo sí les causó gracia; ella pareció enfadarse más pero terminó sonriendo. Mientras tanto el día se iba apagando y empezaba la transición hacia la noche. Bandadas de todos los tamaños y de varios tipos de aves empezaron a cruzar justo encima de nosotros. Otros pájaros volaban hacia el monte a nuestra izquierda y desaparecían en él. Mirando hacia el monte divisé a un hombre. Se encontraba bastante lejos pero alcancé a notar que no cargaba ni un bolso e iba sin sombrero. Había salido de entre los árboles y los costeaba pero se detuvo y, creo, por la posición de su brazo, que se hizo sombra con la mano. Teníamos el sol detrás nuestro y seguramente la camioneta estaba produciendo algún destello. Sin dudas nos vio y acto seguido volvió a internarse en la fronda. Los otros no lo notaron. No les dije nada porque creí que debía ser algún tipo que estaba acampando sin permiso.

El azul del cielo fue perdiendo fuerza, quedó celeste pálido y después gris. Unas vacas aparecieron desde la parte derecha del campo, y mientras pastaron un rato cada tanto levantaban la mirada hacia nosotros. Cuando apenas se había ocultado el sol y todavía no estaba oscuro, resaltó en el horizonte una cosa amarilla. Se despegó muy de a poco hasta que finalmente la vimos entera. Era la súper luna y sí se la veía muy grande. Estela y Matías sacaron un montón de fotos. Yo me alejé unos cuantos pasos comiendo una empanada. Pensé en el tipo que se escondió. No estaría mal acampar por allí, bajo el amparo de los árboles pero en medio de la quietud de la pradera. Pensaba en el arroyo que había no mucho más allá cuando escuché unos pasos lentos y al volverme vi a Silvia.

—Que linda noche —me dijo. 
—Sí, se nota que apenas va a refrescar.
—Mira allá, las vacas van hacia el monte, se van a dormir temprano.
—Más bien van a rumiar un poco. Se acuestan sobre sus patas delanteras dobladas así y mastican y mastican. 
—Ah, es cierto, tú sabes de estas cosas. Me estaba pareciendo que solo sabías hacer bromas bobas.
—Esas son mi especialidad, pero como tengo que comer también sé sobre el agro.

Las vacas fueron desapareciendo en el oscuro contorno de árboles, con toda seguridad hacia una parte despejada que debían usar todas las noches y las tardes de mucho calor. La quietud y el silencio eran una sola cosa y aquella luna inmensa lo observaba todo. Silvia había quedado a mi lado y entonces parece que mi amigo decidió vengarse de lo que le había hecho más temprano y dijo en voz alta desde donde estaba:

—Cuidado Silvia que este hace tiempo que te quiere hablar. Vino aquí solo por vos ¡Jaja!
—Es cierto aunque no es muy exacto, porque también vine por las empanadas —admití para frustrar su intento de avergonzarme—. Matías, no soy vulnerable por ese lado. Sigue intentando.
—No te preocupes, Matías —dijo entonces Silvia—. Por más que hable igual no es mi tipo. Si me gustaran como él iría al circo o a un parque donde haya payasos ¡Jajaja!

Me gusta hacer bromas y las aguanto cuando me las hacen a mí pero aquello me dolió. ¿Por qué dolía tanto? No había sido sincero conmigo mismo; Silvia me había calado hondo en el corazón desde la primera vez que la vi. Mi amigo quedó callado. Yo siempre le ganaba bromeando pero ahora que él me había ganado no le gustaba. Por suerte algo interrumpió aquel silencio incómodo. En el monte estalló un aullido que la pradera enseguida ahogó pero empezaron a sonar otros. La que recién me había desgarrado el corazón se abrazó a mí del susto que se llevó y me preguntó preocupada:

—¿Qué es eso, será un perro?
—Para mí que es una persona. Hoy más temprano vi a un tipo andando por allí.
—¿¡Entonces será un hombre lobo!? 
—No, yo diría que es un hombre loco, no un hombre lobo —opiné. Aquellos aullidos no me impresionaban, se notaba que era una persona común y corriente imitando a un lobo.
—¿Y cómo sabes que no es un hombre lobo? Hay que irse de aquí —dijo Matías mientras doblaba apresuradamente su reposera. 
—Lo sé porque creo en el fuerte instinto de los animales. Las vacas que entraron al monte siguen ahí, y aunque deben haber volteado hacia esos aullidos seguramente ni se levantaron porque distinguen que no es un depredador. Además no existen los hombres lobo. Pero hay que irse si. Dejemos que le aúlle tranquilamente a la súper luna. Tal vez le rompieron el corazón una noche como esta.    

  

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?