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viernes, 4 de noviembre de 2016

¡Maldito!

 El sol calentaba al monte, al agua del arroyo y al campo que había más allá. Ese verano había llegado muy caluroso y justo esos días eran los peores. De todas las estaciones del año el verano es mi época preferida para ir a la naturaleza. Por eso me fui al monte buscando algo de frescor, tranquilidad y esa paz que se siente en los lugares naturales y hermosos. A los días lindos uno no los asocia con el peligro pero igual este siempre está ahí, esperando que nos descuidemos.
Llegué al monte de mañana temprano y después de costearlo varios kilómetros halle el sendero angosto que se abría paso entre los árboles hasta el arroyo. Enseguida me di un chapuzón. El agua era clara, poco profunda y transparente. Entre los árboles cantaban rabiosamente las cigarras y de vez en cuando cantaban algo sombrías unas palomas. Cuando el sol quedó sobre el arroyo me refugié en las sombras y allí, sentado sobre una lona almorcé unas empanadas que hice. Las horas pasaban lentas y muy agradables. Desde la sombra mi mirada vagaba por la corriente o seguía alguna libélula de esas que parecen disfrutar del sol calcinante. Algunos ruidos mínimos de vez en cuando me hacían voltear hacia la espesura y veía a un pájaro saltando de rama en rama. Las cigarras seguían cantando con rabia pero uno se termina acostumbrando y solo pasa a ser el sonido del verano y el monte.

No había llevado carpa y no pensaba pasar la noche allí, pero al atardecer empezó a soplar un viento que al cruzar sobre el arroyo llegaba hasta mí con una vigorizante frescura y me dio ganas de quedarme. Tenía una lona bastante grande y si seguía soplando ese viento no me iban a molestar los mosquitos, que por lo seco que venía el verano eran bastante escasos. Eso era bueno pero para comer solo me quedaba una manzana porque había llevado empanadas solo para mediodía, y no andaba con anzuelos. Pero si hay algo que me gusta es la supervivencia deportiva. Sacrifiqué una botella de plástico y con ella hice una trampa para peces. Unos bordes de empanadas (me habían quedado un poco duras) sirvieron como sebo. Dejé la trampa en el agua y busqué leña. Cuando terminé de juntar un buen montón el cielo ya estaba gris y el monte se hallaba oscuro. Con lo seco que estaba el ambiente hice fuego en un rato. Fabriqué una antorcha con un manojo de ramas y me metí en el arroyo a buscar la trampa. La había sujetado con unas piedras pero al no encontrarla temí que la corriente se la hubiera llevado. Con el agua casi por las rodillas me alejé un poco corriente abajo. La antorcha estaba por apagarse cuando hallé la trampa. Como esperaba, estaba llena de pescados pequeños. El día no podía terminar mejor. Los hice asados ensartados en una vara de sauce. Parecían papas fritas de lo crujientes que quedaron. 

Me acosté sobre la lona sin cubrirme. El viento seguía espantando a los mosquitos y la noche era por demás agradable. Un pájaro nocturno daba una serenata y algunas ramas que se agitaban producían un rumor apacible. No me preocupé por alimentar el fuego, solo quería descansar. Una mente tranquila se duerme fácilmente.

Primero pensé que era la mano de Silvia buscando la mía. Casi toda mi mente se encontraba en el mundo de los sueños pero aún así recordé que ya no estaba con ella. Después escuché como un gruñido mezclado con un ronquido, y sentí una respiración cálida y pestilente en un lado de mi cara. ¡Había algo a mi lado! Me había dormido boca arriba y ahora no podía moverme. Ya me había pasado eso unas veces pero en mi casa, y ahora algo me estaba olfateando. Mi mente había despertado pero mi cuerpo seguía paralizado. Abrí los ojos y lo vi. Estaba oscuro pero distinguí la figura enorme de un jabalí que me olfateaba ruidosamente. Empezó a darme empujones con su hocico. Enseguida pensé que me tomaba por un muerto y que en cualquier momento me iba a morder para comerme. En ese instante de supremo terror recordé haber escuchado que por la zona, en los campos cercanos, habían aparecido los restos de algunos terneros  y ovejas devorados por los jabalíes. Tenía una cabeza enorme y cuando la acercó de nuevo a mi cara de pronto salí de aquel estado y grité, lancé un alarido. El animal se retiró de golpe emitiendo un sonido que me heló la sangre de terror, retrocedió un paso más y se marchó. Enseguida se perdió en la oscuridad pero en ese momento no sentí ni un poco de alivio, experimenté otro tipo de terror porque lo vi correr de una forma muy extraña y ya no me pareció un jabalí. Avivé el fuego y quedé asustado hasta que al amanecer me largué de allí. 

Después de eso le he preguntado a todos los conocidos que saben mucho de jabalíes y todos me dicen que es raro, que sin dudas comen a una persona muerta, ya sea que la hayan matado ellos al atacarla o la encuentren así, pero con los sentidos de ese animal no se lo imaginan investigando a alguien dormido. Además, aunque el fuego estuviera medio apagado solo su olor lo mantendría alejado de mí. Pero dicen que sí puede ser, que debía ser uno muy osado. Tal vez solo era un animal común, quiero creer que solo era eso. Mas cuando recuerdo el sonido que emitió al retroceder me lleno de terror porque, incluso en el momento, no solo en el recuerdo, estoy seguro de que aquello gritó: ¡Maldito! 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola maestro! wow me gusto el cuento y ya se lo que fue ese animal jeje..no fue un jabali menos un oso hormiguero.Eso que domingo ire a acampar pero llevare mi perro jaja..saludos.Willy

Jorge Leal dijo...

¿Y qué era entonces? ¡Jaja! Pues sí, conviene ir con un perro, incluso aunque esté sordo y lleno de achaques como el mío, pobre. Gracias Willy. Saludos!!

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