¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

martes, 29 de noviembre de 2016

Misterios En El Agua

—¡Algo me tocó, algo que está en el agua! —gritó Sandro de golpe.
—¿¡Te está agarrando, se te prendió!? —le preguntó Álvaro al volviéndose hacia él.

Los dos atravesaban un arroyo oscuro que estaba cercado en ambas orillas por un monte tupido. El agua les daba por el pecho pero no nadaban porque llevaban sus mochilas sobre las cabezas y estas no eran impermeables. A esa parte del arroyo la podían atravesar así pero era bastante ancha.


—Ya me soltó, fue algo que me agarró la pierna, cerca de la cadera.
—¿Una mordida? —le preguntó ahora Álvaro girando y mirando la superficie del agua que se agitaba con el movimiento de ellos.
—No porque no me dolió, me pareció que fue... una mano que me apretó.

Entonces Álvaro levantó la vista hacia el cielo y volvió a mirar a su amigo pero ahora sonriendo. Creía que él bromeaba pero sus ojos decían que no. Saber que algo grande anda a tu alrededor pero sin que puedas verlo causa terror, porque al miedo a que te aboguen o hieran se le suma el miedo a lo desconocido. A pocos metros de salir del agua el que gritó fue Álvaro pero fue por una piedra que chocó con el pie. Al salir del agua pudieron respirar aliviados y buscaron algo con la vista sin divisar nada. Sandro se quitó el pantalón para revisarse. No estaba lastimado.

—¿No sería una rama gruesa que te tocó? —volvió a interrogarlo Álvaro, que al estar fuera del agua volvía a ser incrédulo. 
—No, porque hasta me jaló el pantalón.
—Entonces bien pudo ser una mordida y no una mano pellizcándote. Igual es raro porque cualquiera de los bichos que pueden morderte en este arroyo te hubieran lastimado, o por lo menos roto el pantalón aunque fuera un poco, a no ser que fuera un bagre, pero que yo sepa los bagres no andan atacando así. Lo que sea no te hizo nada. Vámonos. Aunque sí es raro.
—Me lo dices a mí, que fue el que sintió eso. Pero sí, no pasó nada.

Siguieron su viaje por las sombras del monte. Todos los tábanos de la zona salieron a recibirlos. Cada pocos pasos aplastaban uno de un manotazo en el cuello o en un brazo, o por un instante quedaban mirando el vuelo de un tábano que se había escapado con una gota de su sangre. Escaparon de ese asedio al alcanzar una zona menos densa. Desde el arroyo ninguno había dejado de pensar en el misterio de la cosa en el agua. En esa parte menos densa del monte caminaron con no menos precaución porque ahí todos los árboles tenían espinas enormes. Las espinas que estaban en el suelo eran más peligrosas porque podrían atravesar un calzado fácilmente. Después costearon un pajonal cortante y se internaron de nuevo en una zona tupida pero con menos insectos chupasangre. Por fin vieron, entre muchas ramas, los reflejos que eran de la laguna que buscaban. Como estaban cansados solo sacaron de las mochilas algo para tenderse arriba. Se levantaron tras un buen rato de descanso y se abocaron a juntar leña. Ya con el campamento armado Sandro miró toda la superficie que abarcaba de la laguna. Algo revolvió el agua al lado de unos camalotes.

—¡Una cosa grande saltó allá! —exclamó Sandro.
—Lo escuché, debe ser un pez grande, por eso vinimos hasta aquí —le dijo Álvaro, que al notar la mirada de su amigo fija en el agua agregó—. No me digas que todavía estás impresionado por eso que supuestamente te atacó en el agua. Suponiendo que fuera algo, se quedó allá atrás en el arroyo. Para andar aquí también tendría que habernos seguido por el monte y adelantarse a nosotros en algún momento ¡Jaja! No creerás eso, ¿o sí?
—Si te hubiera pasado a vos todavía estarías temblando —se defendió Sandro—. No dije que fuera lo mismo, solo dije que fue algo grande.
Empezaron a sacar los aparejos con que iban a pescar. Sandro se quedó revolviendo la mochila y después casi metió la cabeza en ella. 
—No encuentro mi súper masa para pescar.
—Tu súper masa, ¡jaja! ¿Y qué tiene esa súper masa? —le preguntó muy risueño Álvaro.
—Es un secreto. Tendrías que matarme para que te lo diga.
—¡Jajaja! Pero si te matara menos me lo dirías.
—Quise decir que tendrías que amenazarme de muerte para que te lo dijera. 
—Y para qué voy a quererla, tu súper masa debe ser un súper fiasco.
—Ya vas a ver. Es tan buena que solo traje un pedazo, porque la hago con una consistencia que no me descarnan así nomás. ¿Dónde diablos la puse? Hasta le siento el olor, todo el camino lo sentí. A ver, la había puesto en la heladera pero mamá hizo que la sacara enseguida porque apestaba, a ver... —Sandro empezó a recordar en voz alta—. La puse dentro de un mueble... y hoy antes de salir me acordé y... ¡la puse en mi bolsillo para después meterla en la mochila!

Y estaba en el bolsillo donde lo mordió un bagre hambriento. Enseguida y entre risas calcularon que fue eso, un bagre osado y con hambre atraído por el olor de la masa. Y tan anecdótico  como eso fue que luego ningún pez se interesó por la súper masa aunque estuvieron un par de días allí.  

1 comentario:

¿Te gustó el cuento?