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sábado, 12 de noviembre de 2016

Recuerdos

Con cada golpe de remo me arrepentía más de haber llevado a Jacinto. La noche nos había encontrado en el agua, Jacinto era corto de vista por su edad y yo no conocía la zona. Y empecé a pensar que él tampoco conocía el lugar, aunque según él se había criado en aquellas costas.

Jacinto era un vecino. Él y su esposa se mudaron al terreno que estaba al lado de mi casa. Viejos los dos, eran gente conversadora y enseguida se hicieron amigos de mis padres. Y yo que no le rehúso a una buena charla también me unía. A veces conversábamos en nuestro patio, a veces en el de ellos. Teníamos algo en común, la pasión por la pesca, aunque Jacinto decía que ya estaba retirado. Pensamos que era porque su esposa no lo dejaba ir pero él nunca lo admitió, y claro, nosotros nunca se lo preguntamos. Pero sí hablaba de los tiempos de su juventud, allá en la costa de un río, en el hogar materno. Siempre se refería a la buena pesca que había y recordaba montones de anécdotas. Algunas veces vi que le brillaban los ojos al incluir a su familia en esos recuerdos. Por lo que contaba había pasado tiempos muy buenos en aquel lugar.

Cuando su esposa falleció se volvió taciturno. Meses después de eso empezó a abrirse de nuevo y volvió a rememorar las cosas que vivió allá en la costa del río. Tengo muy buena memoria, por eso noté que al repetir alguna anécdota las narraba con algunos cambios, le incluía a algún otro pariente o las hacía más interesante. Cosas de la vejez, pensé. Un día a mis padres se les ocurrió que lo llevara hasta esa zona. Decididamente dije que no. por lo que él mismo contaba hacía más de treinta años que no se comunicaba con esos parientes. Además la vejez lo había debilitado por todos lados y no me iba a arriesgar llevando a la naturaleza a alguien en esas condiciones. Debí aclararle expresamente a mi madre que no se lo comentara. Se lo comentó. El viejo se mostró muy entusiasmado y no me pude negar. Yo había comprado un bote de tres metros que era mi orgullo. La idea de llevarlo no me gustaba pero pensé que si íbamos bien equipados, en el peor de los casos, si no nos quedábamos en la casa podíamos acampar en cualquier rivera.

Fuimos con mi padre, bajamos el bote y las cosas y él se fue en la camioneta porque por esos días andaba muy ocupado. Empezamos a navegar el río. Me sorprendió gratamente el estado del río, y si la pesca era la mitad de buena que en la época de Jacinto igual sería excelente. Monte oscuro y bastante alto en las orillas, barrancas amarillentas llenas de huecos de loros, pacientes garzas recorriendo las playas, el lugar prometía y era muy hermoso.  Pero primero íbamos a ir hasta la casa materna de Jacinto. Dos veces creyó que el lugar se encontraba luego de una curva y las dos veces se equivocó. Después empezó a ver playas o barrancas que decía no reconocer. Luego de pasar un buen rato tomándose el mentón se pegó con la palma en la frente y dijo que estábamos en la rama equivocada. Recién ahí supe que el río se dividía en dos. Y resultó que la unión con la otra rama se encontraba antes de nuestro punto de partida. Tuve ganas de abandonar la expedición allí mismo pero seguí. Al encontrar esa otra parte del río hicimos una pausa para comer algo.

 Cuando quisimos seguir el viaje, el motor no quiso andar. Había ahorrado mucho en el fuera de borda y al final eso me costó caro. 
Lo desarmé casi todo para encontrar el problema. Volvimos a surcar el agua. Como a dos kilómetros de nuevo se me murió el motor. Como presintiendo que mi inversión fue mala había llevado dos remos, y cuando el sol ya se estaba ocultando detrás del monte decidí seguir así para no terminar más frustrado y arrojando el motor al agua. Jacinto dijo que no importaba porque ya faltaba poco. Ya de noche seguía faltando poco. Resignado a que el viejo no iba a poder encontrar el lugar, empecé a escudriñar la orilla buscando un puerto natural. Divisé, apenas, una zona bastante clara de la orilla. No podía ver bien si era una playa de arena que se extendía bastante o si era una barranca que se elevaba allí nomás. Dejé los remos y apunté hacia aquel lugar la linterna más grande que había llevado. Estaba examinando con la luz aquella costa cuando Jacinto exclamó de pronto:

—¡Ese es el puertito! ¡Es ahí, llegamos!
—¿Está seguro? —le pregunté.
—Claro que sí. Por allí sube el sendero, hacia la derecha, ¿ves?
—Sí, es un puerto. Bueno, vamos.

El lugar tenía donde amarrar el bote. Subimos la barranca por un camino duro y claro y al llegar a la cima vimos, bastante elevada en el terreno, una forma oscura que parecía ser una casa. El viejo salió rumbo a ella dando grandes pasos pero yo le dije que fuera más lento, y que primero teníamos que golpear las manos porque casi con seguridad tenía que haber perros. En realidad ya presentía que no había nadie. Siempre me pareció que las cercanías de una casa abandonada tienen un “aire” diferente a las zonas ocupadas. El silencio que siguió al sonido de mis palmas confirmó eso. Una vivienda sin perros en una zona rural, difícil. Jacinto golpeó varias veces hasta que le dije:

—Don, no hay nadie. Mire dónde estamos pisando —iluminé con la linterna—. El pasto está bastante alto, mire todo ahí. Ya nadie baja hacia el río.
—Aquí está descuidado sí, pero el de la barranca estaba bien, aunque claro, es tosca dura. Pero alguien tiene que haber. Los hijos de mis hermanos, sus hijos. Vamos hasta ahí. Deben estar durmiendo. 

Yo cargaba todo y era bastante peso. El camino, o lo que antes fuera un camino era en subida pero tuve que seguirlo solo para confirmar lo que ya era evidente. Cuando la luz de la linterna iluminó la fachada mostró años de abandono. El viejo quedó en silencio. En un costado había una especie de patio que estaba bien nivelado. 

—Podemos levantar la carpa ahí, don.
—Pero, pero... ¿Por qué no quedó nadie?
—Quién sabe. Fue una ausencia de muchos años. La gente se va de las zonas rurales. 
—Tenía que haber venido antes, mucho antes. Y bueno...
—Por lo menos volvió. Acampamos ahí y mañana pescamos.
—No, vamos a entrar, tenemos toda esta casa.
—Pero quién sabe cómo está adentro, puede haber bichos... mejor ahí afuera.
—Vemos primero —insistió. 

La puerta tenía un candado. Jacinto me dijo que no pasaba nada si lo rompía, que también era su hogar. Lo forcé con una de mis herramientas. La sala no estaba muy mal, de hecho, se hallaba bastante limpia. El viejo quiso revisar todas las piezas. La recorrimos con él diciendo quién dormía en aquel cuarto y cosas así. El lugar no estaba mal pero no tenía ni un mueble. En la sala había una chimenea y en un costado de esta hallamos un pequeño montón de leña retorcida. No me convencía encender la chimenea porque podía estar tapada. Jacinto se puso a encenderla él mismo pero después de un rato de intentos fallidos le dije que me dejara intentar a mí. Las llamas crecieron entre aquella leña reseca y nuestras sombras se estiraron hacia una pared. Se entendía que estaba viejo, ¿pero cómo un hombre criado allí no podía encender con facilidad un hogar? Podía ser por la emoción. Tendí una lona en el suelo y cenamos sobre ella. Me sentía raro allí, me sentía, un invasor. El viejo hablaba sin parar de las cosas de antes. Cuando tendí mi saco para dormir él dijo que iba a dormir en su viejo cuarto y no pude convencerlo de lo contrario. Fui con él hasta el cuarto y le dejé un pequeño farol a pilas. Había llevado una manta y la tendió sobre aquel suelo, le acomodé el saco de dormir y nos deseamos buenas noches. Dormir no estaba en mis planes, no tenía la intención ni las ganas de pegar un ojo allí, no me sentía cómodo. Me acosté sobre el saco. La leña de la chimenea se terminó de consumir y solo algunas pequeñas brasas quedaron aportando una luz muy débil. Pero mi vista se acostumbró tanto a la oscuridad que igual pude distinguir una silueta que iba apareciendo en la sala caminando de forma rígida. Tenía una linterna en la mano. Era Jacinto. Me impresionó lo pálido que estaba.

—Hay gente —me dijo. Y siguió caminando hacia la puerta con una rigidez de robot.

Cuando dirigí la linterna hacia unos bultos que blanquearon un poco en la oscuridad, quedé  iluminando a toda una familia de apariciones. Avanzaban todos juntos y tan apretados que creo que algunos ni cuerpo tenían, que eran solo una cabeza. Tenían caras inexpresivas. No tenían ningún color pero no eran translúcidos. Incapaz de moverme en ese momento, sinceramente les pedí perdón por invadir su hogar, por el terror no recuerdo si solo lo pensé o lo dije. Funcionó, desaparecieron ante mis ojos. Cuando salí el viejo ya había avanzado varios metros hacia el río. Estaba tan asustado que ni era capaz de hablar.  Quiso irse inmediatamente pero le dije que no, que era mejor esperar el amanecer. Quedamos callados sentados en la barranca. Él volteaba constantemente hacia la vivienda que nos miraba desde allá arriba. Tuve mucho tiempo para pensar. Cuando empezó a aclarar me puse en pie y le dije:

—Bueno, eso fue aterrador, pero por lo menos usted vio a su familia, ¿no? 

No me contestó, solo miró hacia un costado. Creo que cuando mucho escuchó las historias que alguien contaba de aquel lugar, si es que no inventó todo y encontramos aquella casa de casualidad. Hasta el día que murió (unos años después) nunca volvió a hablarme ni a mí ni a mis padres. 

2 comentarios:

sharoll dijo...

Esta misterioso . Antes que todo, saludos!..sería recuerdos de algún amigo y Jacinto los tomo como propios..

Jorge Leal dijo...

Dentro de la historia eso es lo más probable. Y es en lo que pensé. Gracias Sharoll. Nos vemos por aquí.

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