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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Una Civilización Superior

El gobernante de la gran ciudad salió al balcón de su castillo. El castillo estaba en la cima de un cerro y desde allí divisaba una vasta zona. Respirando la brisa que llegaba desde el mar, desparramó una mirada en derredor. Desde la falda del cerro en donde se encontraba partían calles prolijamente empedradas que iban bajando hacia el mar o se perdían en algún recodo, y a los costados de éstas se
extendían hileras de casas de blanco mármol y entre ellas se entreveraban huertas y arboledas. En las calles, allá abajo, las personas iban y venían saludándose gentilmente con los más conocidos.
Al alejar más su mirada, hacia la izquierda, se veían verdes plantaciones, las del estado, y entre ellas por aquí y por allá resaltaban puntos blancos que eran las casas de los agricultores. Hacia su derecha, más allá de la ciudad, se levantaba hasta el
horizonte el azul del mar y en él se distinguían algunos botes de velas blancas que parecían moverse muy lentamente.
Y el gobernante se sintió orgulloso de lo que veía, y pensó que su gente era superior a los demás humanos que vivían lejos de allí. Humanos que aún adoraban a dioses inventados por sus temores y deseos y vivían en aldeas primitivas, o en cuevas incluso en algunas regiones, según le habían dicho.

Mientras pensaba en lo grandiosa que era su civilización, algo llamó su atención y volvió a tender la mirada rumbo al mar. Entonces tuvo la impresión de que la franja de mar que veía se había ensanchado. La contempló un rato; efectivamente estaba más ancha, y seguía creciendo. Desde el mar llegó un rumor como de estruendo lejano, y los ciudadanos se detuvieron a escuchar, y al aumentar el sonido muchos dejaron escapar gritos de pánico, mientras otros miraban hacia todos lados desconcertados buscando la causa.

Desde lo alto del balcón, el gobernante vio como el mar crecía y crecía. Aquel azul se elevaba mucho más que una montaña y ahora los gritos llegaban desde todos lados porque la gente había identificado el peligro. Aquella pared gigantesca de agua primero se tragó a los botes y después chocó contra la ciudad con el estruendo de mil rayos, y fue devorando todo a su paso mientras hacía temblar al resto de la tierra.

El gobernante observaba aquello horrorizado; su civilización estaba siendo barrida, sumergida por el mar. Vio que aquella ola era tan colosal que ni siquiera su castillo se iba a salvar, y comprendió que
debía ser un castigo de los dioses, y bajó la cabeza resignado. Y así desapareció la Atlántida.

1 comentario:

  1. No hay nada mejor que tus cuentos bro y mas si la historia es acerca de la Antartida 👍🏻

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