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jueves, 24 de noviembre de 2016

Vampiros Merodeadores

A César le pareció que aquellos ancianos no solo eran hospitalarios sino que pretendían algo más. No se sintió en peligro y no le pareció que fueran mala gente, todo lo contrario, pero algo escondían. No era agradable pasar la noche en la vivienda de ellos sintiendo esa sensación, pero no era un motivo suficiente para irse y tal vez ofender a la pareja que le ofrecía su hogar.
 
Él estaba viviendo una gran aventura. Viajaba a pie, como otras veces, con una mochila enorme en la espalda y andando por cuanto camino rural y agreste encontrara. Tenía varios mapas y con ellos sabía dónde estaba, pero eso no disminuía la sensación de descubrimiento que sentía al cruzar por paisajes imponentes. Montañas, valles, bosques, arroyos, ríos, lagos, poblados que parecían de otros tiempos. Detrás de cada subida por donde desaparecía el camino podía encontrar otra maravilla natural. Podía hacer esos recorridos desde la comodidad de un vehículo pero ir a pie era mucho más renovador para el espíritu. Los lugares bellos eran los más pero también había otros. Durante medio día anduvo por un camino lodoso y rodeado por un paisaje de tocones de troncos y árboles caídos, y cruzaron por él un gran número de camiones que se iban llevando el bosque y lo salpicaban al pasar. Otra vez caminó entre plantaciones y la única gente que vio lo miró con desconfianza; y le fue peor en una zona ganadera, donde tres veces le salieron al cruce para preguntarle de muy mala manera qué andaba haciendo por allí, y él les contestaba con cierta sonrisa en el rostro. Lo tomaban por alguien que no era y eso lo divertía.

En ese viaje aprendió que los que más tierras tienen más desconfían, porque en las zonas de pequeños productores rurales no tuvo ningún problema. De todas formas esas partes del viaje le quedaron como anécdotas y las buenas las superaban por mucho. A veces dormía en alguna pensión de pueblo o posada, otras bajo las estrellas en carpa, o como techo usaba puentes y arboledas. Una mañana consultó su mapa y calculó que hacia el fin de la tarde iba a alcanzar un pequeño pueblo. Supuso que allí hallaría donde quedarse. Después de mediodía se empezó a nublar pero sin amenaza de tormenta, eran nubes de frío. La temperatura bajó abruptamente y llegó a la región un viento frío que empezó a silbar, gemir o rumorear en todas partes. Durante su travesía había soportado un poco de mal tiempo, pero este de ahora le afectaba también el ánimo y las ganas de seguir, porque cuando los vientos fríos sacuden todo el hombre halla placer en el hogar.

Empezó a desear llegar cuanto antes al pueblo. En la zona no había ganado y en las arboledas no se veía ni un pájaro, habían volado hacia otra parte, supuso. Unas nubes blancas casi se desvanecían por completo o se unían a otras al pasar rápidamente bajo las de color gris que parecían una gran cubierta en el cielo. Al hacer un alto para ponerse ropa más abrigada se sintió terriblemente solo. Andando a paso firme alcanzó una zona donde un viejo bosque casi se inclinaba hacia el camino en ambas orillas. Allí el viento frío no incidía tanto pero arriba las copas se agitaban como si las sacudieran unos gigantes invisibles, y sobre el suelo caían ramas y algo siempre sonaba aquí y allá, crujidos, rechinidos, sonidos que indudablemente los causaba el viento pero que igual resultaban inquietantes. Y cada vez había menos luz. César recurrió a su fuerza de voluntad y se concentró en cada paso. De pronto divisó algo entre los troncos allá adelante. Al avanzar más vio que era una vivienda, y al lado había otra, y así fue apareciendo todo un caserío. 

Los árboles todavía le obstruían un poco la visión cuando empezó a notar que el lugar estaba vacío. Nadie circulando por el camino, ni un ladrido de perro, ni voces humanas, ni ruidos de algún motor, nada. Se detuvo frente a la mayor concentración de viviendas. Era, en efecto, un pueblo fantasma. Casas con aberturas rotas o faltantes, techos rotos, pastos largos en los frentes. El lugar le dio una impresión peor que el bosque. Ni consideró quedarse en aquel lugar. Apuró más el paso usando su experiencia como caminante, la atención en cada paso, uno tratando de ser más rápido que el otro, como si fuera un juego. Respiró aliviado al ver que el bosque se terminaba. Cuando salió al descampado, en el horizonte a su derecha todavía brillaba el sol aunque velado entre las nubes. Le quedaba un buen rato para poner más distancia entre él y aquel lugar horrible. Estaba juzgando que ya debía acampar cuando descubrió a una vivienda solitaria. Desde allí le llegó el mugido de una vaca y distinguió a una persona, aparentemente una mujer, y de un lado del terreno apareció un hombre. Fue hacia aquella gente sin ninguna pretensión, solo quería alejar un poco a la soledad que lo seguía por esa región. 

Eran dos ancianos. La mujer, ya con alguna dificultad para caminar que la hacía moverse hacia los lados, terminó de meter tres vacas en un galpón y después lo cerró con cadenas y un candado, e hizo algo que a César le resultó bastante curioso, se inclinó y desparramó algo frente a esa puerta, metía la mano en un frasco que sacó del bolsillo de su delantal y lo desparramaba formando una línea. El hombre estaba haciendo lo mismo en un gallinero. Al enderezarse vio a César pasando por el camino. César levantó la mano y lo saludó:

—¡Buenas tardes-noches! —saludó así porque le pareció que sonaba más amigable y porque el sol ya se hundía en el horizonte. El viejo, con cara de atónito y con la boca medio abierta, demoró un poco en contestarle.
—Buenas tardes.

La mujer se había sorprendido al escuchar la voz del caminante y giró hacia el camino tan rápido como pudo. César se detuvo entonces y aunque pensó que no todos aquellos campos debían ser de ellos, creyó que lo correcto era que les avisara que iba a acampar en las cercanías. No era pedir permiso, era avisar:

—Voy a acampar por ahí adelante si no les molesta a ustedes. Soy un viajero a pie por diversión, voy de paso nomás. 
—¿Acampar afuera? —preguntó el viejo aunque había escuchado bien. Giró la cabeza hacia la mujer, que se acercaba a él, y después que cada uno leyó la mirada del otro el viejo lo invitó con cortesía—. Quédese en casa, joven, es bienvenido aquí. Aquí tenemos lugar y mi mujer cocina que es una maravilla. Enfrió mucho y de noche se va a poner peor.
—Muchas gracias, señor, muy amable, pero tengo una buena carpa.
—Pero no puede compararla con unas buenas cobijas en una cama. Venga, no es ninguna molestia. Pase. Ya tengo encendida la estufa.

César aceptó. Antes de entrar los viejos echaron una mirada al paisaje donde ya se juntaban sombras sobre sombras. El caminante se presentó y supo, como era evidente, que los dueños del lugar eran un matrimonio. La mujer enseguida fue hacia la cocina para preparar la cena. Al rato entró en la sala diciendo que había agua caliente por si César quería darse un baño. Al viejo le pareció que ella fue muy directa y se lo hizo saber con una mirada; pero como el huésped aceptó gustoso después aprobó aquello porque a él no se le ocurría cómo ofrecérselo. Después de salir fresco y renovado del baño el huésped les preguntó sobre el pueblo fantasma. Le hablaron mucho sobre el pasado, sobre los que vivían allí, la historia del aserradero que era la principal fuente de ingreso, pero sobre por qué estaba así prácticamente no dijeron nada. Durante la cena, que fue a la luz de un par de faroles, César advirtió que querían decirle algo pero no se animaban o no le encontraban la forma. Finalmente el viejo le dijo, después de revolver la comida con la cuchara como indeciso:

—Joven, enseguida vimos que usted era buena gente, pero sabe, a veces por estos parajes andan algunos que no lo son.
—En la vida hay de todo —dijo César al tiempo que partía un trozo de pan casero—. Y hoy en día no se puede confiar en cualquiera, pero yo como aventurero prefiero creer que todavía la mayoría de la gente es de fiar.
—Sí, es así. Yo hablaba de que a veces andan aquí de noche, alrededor de la casa, y que intentan entrar.
—¿En serio? Tendrían que avisarle a la justicia, es algo grave.
—Nosotros sabemos cuidarnos, aquí estamos seguros. Le avisaba por si alguno intenta entrar pidiéndole a usted que lo invite a pasar. 
—Para que alguien entre tiene que pasar sobre mí, y nunca invitaría a un extraño a una casa ajena, le doy mi palabra. Pero como no quiero que queden intranquilos, puedo irme ahora que termine. Con el baño y esta deliciosa cena estoy más que agradecido con los dos.
—No, no, quédese, por favor. No desconfío de usted, solo quería avisarle —le dijo el viejo. 
—Sí, quédese —le pidió la mujer—. Nos sentiríamos terriblemente mal si le pasara algo ahí afuera.
—¿Son peligrosos los que rondan por aquí? 
—Mucho, pero no nos pida que le digamos más, es algo complicado. 
—Como quieran. Pero sepan que si necesitan ayuda, en lo que pueda servirles...

Los viejos no quisieron hablar más del asunto. La sobremesa fue corta, era gente de levantarse temprano. El viejo lo acompañó hasta el cuarto que le dieron sosteniendo un farol, allí le mostró donde estaban unas velas y un encendedor, y le dijo que si quería que dejara una encendida. César encendió una pero la apagó al acostarse. La ventana tenía unas contraventanas de madera muy gruesa que ayudaban a que adentro la oscuridad fuera cerrada. Empezó a pensar en el asunto de los merodeadores. Recordó a la mujer desparramando algo frente a la entrada del galpón, y concluyó que era sal. Le vinieron a la mente algunas supersticiones que había escuchado. La sal actuaba como barrera para algunos espíritus malignos. Empezaba a sospechar que solo eran supersticiones de los dueños del lugar cuando escuchó unos golpecitos. Era en la contraventana de madera y sonaba a una mano llamando. Seguidamente escuchó una voz de mujer joven:

—Hola, hola. Sé que hay alguien en el cuarto, eres el caminante. Déjame entrar, ábreme. Soy de la familia, llegué tarde y no quiero molestarlos porque pueden asustarse. Vamos, déjame pasar, ¿sí? Sé que estás ahí, anda, tengo frío.

César apenas respiraba. De ninguna forma le iba a hablar. La voz sonaba desde una altura considerable. Pensó que la mujer o era muy alta o estaba subida sobre algo, pero su imaginación la hizo aparecer flotando como un fantasma.

—Abre ahora, caminante. Invítame a entrar, maldito, sino va a ser peor para ti —lo amenazó la mujer, y después agregó hablándole a otros que flotaban junto a ella—. Amigos, díganle qué vamos a hacerle si no nos invita.

Y empezaron a amenazarlo y a prometerle cosas espantosas, martirios inhumanos. Ni la mente humana más perversa e imaginativa podría decir todas aquellas cosas. No eran gente, eran vampiros. César ni dudó, aquellos monstruos nunca entrarían por culpa de él. Pero como ya no los soportaba más les dijo:

—Váyanse al infierno de donde salieron y dejen a esta gente en paz, sino voy a regresar con un ejército de personas que los van a buscar en cada hueco de esta zona y los van a destruir.
—¡Jajaja! Pero si solo eres un pobre caminante. Ahora vamos a entrar por el lado de los viejos y ya vas a ver.

La vampiresa no cumplió su amenaza, no podían entrar. Poco después del amanecer César se levantó y encontró a los viejos en la cocina. No pudieron negar que eran acosados por vampiros pero no quisieron su ayuda por más que se la ofreció. Era gente orgullosa y terca. Allí terminó su aventura. Aceptó que el viejo lo llevara en camioneta hasta la ciudad más cercana. Preocupado por ellos volvió unos días después y ya no los encontró. Supuso que se olvidaron de poner sal o que los engañaron con alguna artimaña. César quedó muy serio, parado frente a la casa. Ahora vestía de traje y casi parecía otra persona. El camino estaba lleno de vehículos y fuera de ellos había hombres fornidos que miraban atentos hacia todos lados y se comunicaban entre ellos con audífonos y micrófonos. Uno de los hombres se acercó a César esperando instrucciones, y la orden fue esta:

—Dígale a los equipos que peinen toda la zona, sobre todo el pueblo fantasma. 
—Sí señor. 

Algunos vehículos arrancaron y en una loma aparecieron unos helicópteros. A César a veces le gustaba salir a la aventura a pie y sin ningún tipo de ayuda pero era multimillonario y dueño de varias empresas de seguridad. 

6 comentarios:

  1. Un final abierto, lastima que murieron los viejito.

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  2. Este cuento esta cinco Estrellas!!

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  3. Como siempre una excelente historia. Saludos desde Mexico.

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  4. WOOO SIEMPRE ME SORPRENDES CON LOS FINALES JAMAS ME CANSO DE LEER TUS HISTORIAS SON FABULOSAS JAMAS DEJES DE PUBLICARLAS MIL GRACIAS DESDE CALIFORNIA ATTE: ESTRELLA

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  5. Muchas gracias, Estrella. Algún día voy a dejar de publicar, y de escribir, también de respirar ¡Jaja! Pero espero que sea de un buen tiempo. Y ahora voy a aflojarle un poco al terror e ir mezclando otras cosas. Por eso le cambié la apariencia al blog; pero algunos de terror voy a seguir subiendo. Saludos!!

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