¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Vigilantes

Nos encontrábamos en una pieza pequeña. Sergio, el otro vigilante, estaba muy concentrado leyendo un libro. El veterano por momentos acercaba el libro a la cara y entrecerraba los ojos como si no viera bien, y cada cierto rato jugaba con su barba corta y gris mientras seguía con la vista fija en la lectura. Yo estaba aburrido como siempre. Éramos unos de los vigilantes de una mina ubicada en una región remota de Canadá y era mi primer año allí.
Durante la parte más dura del invierno el lugar permanecía inactivo y solo algunas personas quedábamos en él cumpliendo tareas básicas de mantenimiento o cuidando las costosas instalaciones y sus maquinarias. Nuestro turno empezaba de noche. Todo el lugar era inmenso. Saliendo de nuestra pieza hacia el costado izquierdo empezaba la zona de fundición; hacia la derecha, saliendo al exterior, lo primero que resaltaba a la vista era uno de los galpones donde guardaban a las gigantescas máquinas de la mina, excavadoras, camiones grandes como casas y otros vehículos. Esas construcciones creaban sombras enormes y solo algunos focos de luz luchaban contra ellas y el frío. Estando parado ahí de observarse bien se podía divisar, incluso durante las noches casi completamente oscuras, un horizonte blanco de montañas lejanas.
Pasando los galpones enormes se extendía una zona amplia y plana que en invierno siempre estaba cubierta de nieve, y después comenzaba el abismo que era la mina misma, el colosal pozo que iban excavando. Entre las edificaciones pasaba un viento helado que siempre andaba susurrando en todas partes, y algunas veces algo sonaba fuerte. Cuando escuchábamos un ruido fuerte íbamos a revisar y casi nunca descubríamos la causa. Cosas del frío, me decía Sergio, metales que se contraen, hielo desprendiéndose de los aleros de los galpones, ramas de árboles distantes que el viento arrastraba hasta allí y hacía chocar contra alguna chapa... Para él todo tenía explicación aunque en el momento no la halláramos. Y no estábamos solos allí, los otros vigilantes también hacían recorridos y podrían causar algunos de los ruidos. Las veces que les pregunté si a tal hora andaban en tal parte me decían que no, y en un par de oportunidades coincidieron que también lo habían escuchado. Eran canadienses y nunca les creí mucho porque me daba la impresión de que creían que Sergio y yo le estábamos quitando un par de puestos a sus compatriotas. Por eso cuando escuché aquella serie de golpes creí que era uno de ellos tratando de fastidiarnos.

—¿Escuchaste eso? —le pregunté a Sergio.
—¿Qué? —me preguntó apartando la vista del libro.
—Esos ruidos —le dije—. ¿Qué serán?
Prestó atención. Hizo un gesto con la cara restándole importancia, mojó su dedo índice y mientras pasaba una página me dijo:
—Es el viento golpeteando en algún lado.
—¿El viento aquí adentro?

Apenas asintió con la cabeza y volvió a sumergirse en su lectura. Iba a insistir pero los golpes pararon. Al rato, de nuevo. Era una especie de repiqueteo que llegaba apagado. Noté que Sergio ladeó un poco la cabeza, lo había escuchado también, pero volvió a fijar su vista en el libro. Estaba tan aburrido que decidí ir solo. Una parte muy grande de la zona de fundición estaba casi toda oscura. Apenas había algo de luz como para que uno pudiera guiarse por el complejo, solo con linterna es fácil confundirse. Avancé un poco por el costado de una correa transportadora hasta darme cuenta que el sonido venía de otro lado. Era en otra parte del edificio. Al abrir una puerta se escuchó con más claridad. Calculé que venía de la cocina, de una de las que había en la mina. Antes de abrir aquella otra puerta quedé un momento con la mano sobre la perilla, dudando. En mi oficio no es bueno andar con miedo, y si no descubría qué era aquello me iba a resultar difícil revisar otras partes en el futuro, pensé. Entré. En esa cocina, aprovechando la abundancia de árboles de la región (la propiedad de la mina llegaba hasta unos bosques) habían construido un horno de ladrillos que funcionaba con leña. Los golpes venían de allí. El horno tenía una puerta de hierro y la estaban golpeando desde adentro. Adiós la teoría del viento, era algo que estaba encerrado allí dentro.

El horno en un costado tenía un “ojo de buey” con una lámpara que era para iluminar su interior. La encendí y tomé la palanca que abría la puerta. Volví a dudar. Se me ocurrió que podía ser un animal salvaje que había caído por la chimenea, después recordé que estos hornos tienen un “pulmón” y que el de ese debía tener la tapa cerrada. Con una mirada comprobé que era así, estaba cerrado, la cadena que lo accionaba no se encontraba enganchada. Un animal no podía haber entrado por allí, además parecía ser una persona golpeando con la mano. ¿Sería una broma pesada de los otros vigilantes? A ese horno lo usaban solamente cuando la mina estaba activa, ahora se encontraba frío. Bien podía haberse metido en él alguno de los canadienses. Pero si era así tenía que haber otros allí, esperando escondidos para morirse de risa. Solté la manija y revisé el lugar. No había nadie. Volví a tomar la palanca. Los ruidos se sucedían, paraban, volvía el golpeteo, pero aunque parecían hechos con una mano no sonaban como cuando alguien llama a una puerta. Eso me hizo decidir, creí que sería una cosa suelta golpeando contra el metal. Debí pensarlo mejor. Abrí de golpe y lo vi. Tenía los ojos blancos, la cara renegrida y toda cuarteada. Era un hombre sin cabello, de piel chamuscada, que estaba acostado sobre el piso del horno. Apenas abrí se arrastró hacia mí rápidamente y estiró un brazo que apuntaba a mi cara. ¡Que espantoso! No pude ni gritar. Cuando tenía que haberme alcanzado la cara con su mano negra desapareció. Quedé parado allí, temblando, no sé cuánto tiempo, tal vez solo unos segundos. Cuando pude moverme no huí. Cerré el horno, apagué las luces y salí del lugar lentamente y sin mirar hacia atrás, donde empezaron de nuevo los ruidos. Sergio debe haberme notado pálido. Se levantó enseguida y me ayudó a sentarme (tenía las piernas como rígidas). Mientras me servía una taza de café me preguntó:

—¿Viste algo feo?
—Sí —fue lo único que pude responder.
—No es algo raro en nuestro oficio. Sospeché de este ruido desde el principio. No te dije nada porque no me ibas a creer. Y trata de no pensar más en lo que viste. Los fantasmas son muy engañosos. Déjalo así. Y ahora, ¿todavía quieres trabajar aquí?
—Sí, pero tengo que conseguirme un buen libro —le dije con la voz temblorosa.
—¡Eso es! Ya eres todo un vigilante. Ahora bebe un poco de café. 

4 comentarios:

sharoll dijo...

Murió calcinado ahí y el otro lo sabía. Muy buen cuento

Raúl Sesos dijo...

Los detalles perfectos ''el veterano'' ''barba gris'' dan ese toque bello que explica que tiene sus años en ese trabajo u oficio no se muy bien como se dice, el toque final del libro, un aplauso 👏 me gusta mucho este cuento. Oye señor jorge, deberías de tener un botón de publicación masiva, tus cuentos son maravillosos. Grande abrazo

Anónimo dijo...

Pobre que susto se llevo, pero,como siempre Jorge deja muchos cabos sueltos,será alguien qemurio quemado en los hornos?, saludos desde Mexico JLeal!!.

Jorge Leal dijo...

Era en primera persona, el personaje no lo sabe todo. Gracias. Saludos!!

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?