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martes, 6 de diciembre de 2016

El Matrero

Agustín se arrastró sobre su vientre por una loma y al alcanzar la cima espió hacia las sombras que había allá abajo. Solo las estrellas evitaban que aquella noche fuera completamente oscura. Delante de él, como a unos cien metros y en una parte más baja del terreno resaltaba por ser más oscura una franja de monte, y en ella se distinguía el paso que lo atravesaba, un sendero ancho abierto entre los árboles. El monte se alargaba junto a un arroyo que era bastante caudaloso pero que en ese sendero era angosto y bajo. Poco más allá de la franja de vegetación, del otro lado el terreno se elevaba de nuevo y en la cima se encontraba el caserío que buscaba Agustín. El hombre, acostado allí y sin despegar mucho la cabeza del suelo escudriñó y escuchó con paciencia. Ocultos en el borde del sendero se agazapaban unos hombres armados con carabinas. El paso era una trampa. Perseguidores y presa jugaban un juego de paciencia y silencio.

Agustín tenía unos conocidos en el caserío y contaba con que estuvieran enterados que él iba a ir. Allí pensaba conseguir un caballo y provisiones. Lo perseguía la milicia (que antes hacía de policía). Como le había pasado a otros hombres de campo, tuvo un duelo a cuchillo con alguien que resultó ser un rico, y ahora la milicia, incentivada por el dinero de los parientes del muerto, lo perseguía sin darle tregua y tenían buenas pistas de él. Hacía un par de noches casi lo habían agarrado. Escapó con el silbido de algunas balas pasándole cerca y después de unos kilómetros de huida su caballo se detuvo, el resoplo le sonó gorgoteante y cayó hacia un costado; le habían disparado. En la huida ni el dueño ni el animal se dieron cuenta de que no todas las balas fallaron. El caballo murió rápido. Perdió a un medio de viajar rápido y a un buen amigo. Se alejó llevando las cosas más útiles que podía cargar. Lo poco que llevaba de comer lo terminó al día siguiente. Su plan era cruzar la frontera hacia Brasil y mantenerse por allí unos años. Pensaba que en cuanto dejaran de dar dinero por su captura los “milicos” iban a desistir; después solo tenía que regresar con otro nombre y una buena barba para confundirse con un gaucho (hombre de campo) cualquiera. Pero a pie y sin comida iba a demorar mucho, siempre que no lo atraparan antes. Andando sin caballo solo tenían que verlo para que fuera su fin. Por eso ahora era tan cauteloso. 

En las sombras del sendero, uno de los perseguidores había elegido un escondite bien ubicado que solo tenía un inconveniente, una rama que lo obligaba a agacharse más. Al rato empezó a molestarle la espalda. Tanteando tomó la rama y empezó a hacer fuerza para quebrarla con una mano pues era bastante delgada. Habían llegado al lugar ya entrada la noche y por eso no sabía qué árbol era. Haciendo un esfuerzo por quebrar la rama que le estorbaba sintió una puntada en la muñeca. No podía, era uno de los árboles más duros del monte. Entonces sacó su cuchillo y empezó a hacerle muescas a la rama. Pronto perdió la paciencia, “¡Madera dura del diablo!”, pensó, y con un movimiento rápido de su brazo le dio un golpe que finalmente la terminó partiendo. En ese momento Agustín se había parado, pero al escuchar aquel golpe metálico se pegó al suelo como si un peso enorme lo hubiera aplastado de golpe. El silencio era tan profundo que hasta aquel machetazo resaltaba con claridad. No le quedaron dudas que sus enemigos estaban allí. Bajó la loma por donde vino y después corrió por el campo aprovechando que esa parte alta impedía que lo vieran desde el paso donde se escondían los otros. Había escuchado muchas historias de “matreros” (hombres perseguidos) y siempre le parecían grandes aventuras llenas de coraje y heroísmo. Ahora que él era un matrero no le hacía ninguna gracia.

El miedo a la captura lo hizo ir lejos y la oscuridad le limitaba la visión del paisaje, por eso se sorprendió al toparse con otro monte. Imaginando la distancia que había recorrido y el rumbo tomado volvió a ubicarse y se alegró. Conocía bien aquel monte, allí corría una rama apartada del arroyo que pasaba cerca del caserío, y en el lugar había varios puertos naturales donde solía pescar con la gente de allí. Pensó que era muy probable que sus contactos supusieran que al no poder ir al caserío él fuera hasta esa parte para esperar su ayuda. Se reprochó por haber huido sin pensar en eso. Pero como fuera estaba en el lugar y ahora ese iba a ser su plan. Costeando la barrera de árboles pronto halló un sendero y por algunas características lo reconoció. Igual no fue fácil moverse por las tinieblas. No podía quedar mucho tiempo en el puerto porque estaba muy a la vista; mas como se encontraba muy cansado y fatigado se sentó en la orilla sobre unos pastos que estaban empapados de rocío. Sobre el arroyo flotaba una bruma incierta que al avanzar la madrugada se fue haciendo más espesa. En la corriente mansa a cada rato un pez perturbaba la superficie haciendo sonar el agua. El hombre tuvo muchas ganas de tener sus aparejos. Se imaginó un pescado asado y le sonó el estómago. No hacía frío, la noche estaba muy agradable. Tendió su poncho, solo para acostarse un rato y descansar mejor sus fatigadas piernas. Lo despertó un retumbar de cascos. Abrió los ojos. Estaba de lado, mirando hacia el arroyo. Había aclarado y la bruma apenas se mantenía en algunas partes. Era más de un caballo y se movían a sus espaldas a metros de él. “¡Me agarraron!”, pensó alarmado. Cómo podía haberse descuidado tanto. Ya estaba, aquello era todo. Un gaucho amigo con el que se había cruzado en un sendero en el comienzo de su huida, le había informado que sus perseguidores no pensaban llevarlo ante la justicia, que para ellos valía más muerto. Si ese era el fin no les iba a dar el gusto de que le dispararan estando acostado y de espalda. Se puso de pie y giró, con el pecho inflado y desafiante. Los dos que estaban a caballo lanzaron una carcajada porque estaban adivinando lo que él pensaba. Eran sus conocidos pero se arrimaron sin anunciarse solo para molestarlo un poco. Mientras los “milicos” esperaban emboscarlo a él a su vez ellos los vigilaban. Cuando aquellos se retiraron de madrugada después ellos lo buscaron en las cercanías, y al no hallarlo calcularon que había ido a esperarlos en el puerto donde solían pescar.    

2 comentarios:

Frank Tenrou Gonzalez dijo...

EXCELENTE HISTORIA, COMO SIEMPRE. QUIEN NO TIENE AMIGOS ASI, QUE HASTA EN MOMENTO DE PELIGRO NOS JODEN CON UNA BROMA. SALUDOS DESDE MEXICO.

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias, Frank. Es que algo de humor no viene mal en ninguna situación. Por pensar así me han corrido de varios velorios, pero bueno... No, solo bromeo ¡Jaja! Saludos!!

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