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lunes, 5 de diciembre de 2016

Los Dueños De La Zona

Sentados en el portal de una casa vieja, los cinco muchachos se pasaban una botella, reían a carcajadas y se daban empujones en los hombros. Ya era más de media noche y en la calle no andaba casi nadie. Uno de los juerguistas vio a una pareja que caminaba por la otra vereda y le avisó al que tenía al lado dándole un codazo.
Les pareció divertido ir a molestarlos. Cruzaron la calle caminando como matones, abriendo los brazos, desafiando, pero como el tipo que iba con la mujer era muy robusto y los miró serio, sin miedo, se contentaron con decirles algunas cosas y volvieron a su portal a los gritos. Como veinte minutos después, uno que estaba sentado en un extremo notó algo a su derecha y volteó hacia un tipo que caminaba rumbo a ellos por la misma vereda. Era un tipo extremadamente alto pero muy flaco. Tenía puesto un sobretodo negro que se había ajustado en la cintura y también llevaba sombrero del mismo color, y caminaba rápidamente con las manos en los bolsillos. Por su extrema delgadez se parecía más a un poste andante que a una persona. El que lo vio giró la cabeza hacia sus compañeros y al hacerlo casi se dio de narices contra la botella que uno le ofrecía. El de la botella notó al caminante y fue el que puso en aviso a los otros.  Los cinco se pusieron de pie y cuando el sujeto ya iba cerca lo miraron de arriba a abajo con caras desafiantes.

La única reacción del tipo fue una leve sonrisa. No solo no aminoró su marcha sino que tampoco se desvió, por eso dos de los muchachos tuvieron que dar un paso hacia el costado. Ninguno esperaba eso. Se miraron entre ellos. Como el tipo ya se alejaba uno se decidió:

—¡Espera ahí, tarado! —le gritó—. ¿Crees que puedes pasar por aquí de matón, cruzando así?
—Solo camino por la vereda, ustedes se pusieron en mi camino —le contestó el tipo girando el torso hacia ellos pero sin dejar de caminar—. Andaba por la zona y me dio ganas de dar un paseo.
—Pero esta es nuestra zona y no nos gusta que pasen así.
—¿Que esta es su zona? ¡Jajaja! Permiso entonces para cruzar por aquí —les dijo el tipo en tono de burla y acompañando esas palabras con una reverencia. Siguió su camino.

Los cinco no supieron qué hacer por un instante. El que sostenía ahora la botella notó que ya casi se encontraba vacía, empinó el último trago y agarró la botella por el cuello, como un garrote. Salió corriendo hacia el extraño y los otros lo siguieron. 
Un rato antes, la pareja que cruzó frente a ellos seguía caminando. La mujer trataba de calmar al hombre:

—Olvídate de esos, solo son unos adolescentes vagos.
—Sí, pero nos dijeron cosas. Tenía que haberlos agarrado a patadas —dijo el tipo echando una mirada hacia atrás.
—No vale la pena. Y donde lastimes mucho a uno igual te terminan metiendo preso a vos.
—Sí, eso no me extrañaría. Tienes razón no valen la pena.
—Claro que no. Ellos solo tienen aquella botella y tú me tienes a mí —le dijo ella abrazándolo.
—Es cierto, y en casa también tengo una ¡Jeje!
—Vamos a apurarnos entonces.

Los dos siguieron pensando en llegar pronto a la casa. Eso se combinó con un auto muy veloz y que hacía poco ruido y el resultado fue que no lo vieron al cruzar la calle hasta que ya estaba muy cerca. La pareja voló y giró por el aire; el conductor del vehículo perdió el dominio en el impacto, subió a la vereda, chocó contra una columna y esta cayó sobre él. Tres cuerpos en la misma escena, dos desparramados en la calle y uno dentro de un vehículo aplastado. La Muerte apareció allí. Los peatones la vieron mientras giraban en el aire y el conductor vio a la Muerte parada frente a la columna. Después, aunque no era algo que hiciera mucho, como hacía un tiempo que no andaba por esa zona la Muerte decidió dar un paseo. Cambió un poco su apariencia y se alejó caminando tranquilamente por la vereda. 

Cuando los muchachos decidieron atacar al caminante, este se volvió hacia ellos y se mostró tal como era. Los muchachos se paralizaron de terror. Entonces la Muerte, envuelta en su túnica negra hecha jirones, caminó lentamente hacia ellos y uno a uno los tocó con su mano esquelética. Como no estaban graves ni heridos el final resultó ser mucho más dolorosa para ellos. 

2 comentarios:

sharoll dijo...

Me pareció a La Muerte de la Mascara Roja moderno

Jorge Leal dijo...

Pero este no es una peste, era la Muerte misma, y no tiene ninguna máscara. Por cierto, adoro ese cuento, lo he leído no sé cuántas veces. Gracias Sharoll. Saludos!!

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