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lunes, 5 de diciembre de 2016

Realidad

El viejo Camilo se encontraba en el fondo de su terreno. Parado entre los naranjos bajó sus pobladas cejas grises y se llevó la mano a la nuca, después miró hacia un lado y hacia el otro. No podía recordar qué estaba haciendo allí.
No se preocupó mucho, después de todo era su terreno, pero eso sí, le pareció que todo estaba un poco cambiado. Ya que estaba allí le iba a echar un vistazo a los árboles. Empezó a caminar y trató de silbar. Le resultó muy curioso porque le costó mucho. Pensó que tenía muy abandonado el hábito. Se inclinó un poco observando una naranja. Sus cejas volvieron a bajar. Un bulto, algo como un chichón, iba creciendo en la naranja. Finalmente la piel de la fruta se abrió y asomó por ella un gusano grueso como su dedo pulgar. 
Arrimó más la cara aunque con precaución. ¿Su vista lo engañaba o la cabeza del gusano tenía rasgos humanos? Se apartó de golpe cuando le pareció que el gusano le sonrió extrañamente. Buscó su azada con la vista pero no estaba allí. Fue hasta la casa. En el interior de esta encontró a Miguel, su hijo mayor.

—¿Dónde está mi azada? —le preguntó Camilo. 
—¿Tu azada, y para qué la quieres? —le preguntó Miguel mostrándose extrañado y desconfiado.
—Me miras como si te preguntara por algo raro. Encontré un gusano en una naranja y voy a matarlo para que no se multiplique, si es que ya no hay otros como ese.
—¡Ah! Bueno. Está en el rincón de allá del garaje —le dijo Miguel como aliviado. 

Camilo regresó al fondo con su azada. No encontró al gusano espantoso. Miraba en derredor, arrimaba la cara a las frutas. Esperaba al menos encontrar una con un agujero pero ni eso halló. Pensó que de nada le servía seguir perdiendo el tiempo con aquello. Al dejar la herramienta en su lugar se le ocurrió dar un paseo. El día estaba radiante, de hecho, la luz era casi enceguecedora. Las plantas y flores de los jardines de sus vecinos parecían hechas de vidrio de colores. Era algo curioso. Lo más parecido que había visto era el brillo del rocío sobre los pastos al amanecer, cuando los primeros rayos pasan por encima de los campos. Sin dejar de caminar contemplaba un rosal lleno de abejas zumbadoras cuando se llevó una impresión muy fuerte. El viejo Hurtado, muerto hacía varios años, estaba sentado bajo el rosal, pálido como un papel y girando la cabeza lentamente como si le quedara floja. El viejo Hurtado lo miró y sin ningún gesto de su cara levantó una mano y la bajó. Tan extraño fue aquel movimiento que parecía que un hilo invisible le había levantado la mano al muerto. Camilo pensó que aquello era un sueño, que no era la realidad, y al considerar eso pudo explicar lo extraño de esa jornada. Igual saludó a Hurtado, no le costaba nada, aunque su apariencia era de terror.

La cuadra lucía espléndida pero no quería tener otro susto con otro muerto, y por la zona había un lote. Intentó desandar el camino pero se sintió perdido. Desde el otro lado de la calle resaltó algo. Ese terreno no tenía un muro enfrente, solo unas rejas. Primero creyó que era un perro pero enseguida vio que era una mujer muy vieja que se arrastraba sobre su vientre; se ayudaba solo con los brazos, a las piernas las arrastraba inertes por el césped. Al alcanzar la reja empezó a trepar por ella con claras intenciones de saltar hacia la calle. Eso ya no era un sueño, era una pesadilla, algo para causarle terror. Quería despertar cuanto antes. Entonces escuchó el ruido de un gran vehículo. Un camión se acercaba por la calle y bastante rápido. Allí estaba la forma de salir del la pesadilla. Nada malo podía pasarle, aquello no era real.  De todas formas dudó cuando el camión estuvo más cerca. Estaba a punto de tirarse adelante cuando escuchó la voz de su hijo. Miguel venía gritando y corriendo por la calle y tenía algo en la mano que levantaba alto como tratando de que él lo viera. Camilo no entendió lo que decía. Como la vieja espantosa ya se encontraba en la parte alta de la reja, se arrojó delante del camión tratando de despertar.

Miguel le venía gritando que no había tomado sus remedios. Cuando el camión pasó por encima de Camilo Miguel se agarró la cabeza con las manos. 

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