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viernes, 27 de enero de 2017

Cuentos De Humor Y Aventuras

                                          Los asados De Juan
Un domingo, toda la familia González se reunió en el fondo de la casa de los abuelos. Para almorzar había un cordero; el asador era Juan, un fanático de los asados pero con gran tendencia a dejarlos crudos. Cuando estuvo pronto el cordero, según Juan, la familia se sentó en torno a un par de mesas que habían colocado juntas bajo el parral.

—Está bien jugoso, como corresponde —dijo Juan al comenzar a cortar el cordero.
—¿Jugoso? Está sangrando. Esta vez lo pasaste de crudo —dijo Alba, la esposa de Juan. 

El bromista de la familia, en este caso el yerno del asador, enseguida comenzó a bromear:

—¡Hay que hacerle una compresa, pónganle un torniquete para que deje de sangrar! —exclamó señalando la carne.

Todos estallaron en risas, hasta los niños, que aunque no comprendían la broma igual se divertían.

—Ustedes no saben comer asados se defendió Juan—. Lo voy a poner otro ratito en el fuego para que no sigan criticando, pero para mí así está bien —y retiró el cordero sangrante de la mesa.  El yerno bromista igual siguió:
—Imagínense si el Juan preparara sushi; seguramente te serviría el pescado coleteando y dando saltos —nuevamente la familia estalló en risas.
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                                        Haciendo Dinero
Ariel y Carlos eran dos emprendedores. Decidieron ganar dinero haciendo dinero, falsificándolo.

—Terminamos. Quedaron súper bien, casi no tienen diferencia con uno real —comentó Ariel mientras comparaba dos billetes.
—Ese tampoco es real, al real lo gasté —dijo Carlos.
—¡Pero...! ¿Que lo gastaste…?, ¿y ahora de dónde sacamos más dinero? —exclamó Ariel muy ofuscado, casi colérico.
—Utilizamos ése —Carlos señaló los billetes que tenían sobre la mesa—. Para eso lo hicimos.
—Ah si, se me había olvidado, ¡jaja!  Ahora tienes que ir a cambiarlo.

Carlos regresó una hora después con un montón de billetes de lotería en las manos.

—¿¡Pero que hiciste!?, ¿y esos números de lotería? —preguntó Ariel, temiendo la respuesta.
—Decidí invertir todo en estos números de lotería —contestó Carlos—. Si ganamos nos hacemos millonarios. 
—¡Pero que tonto eres!, ¿y si no ganamos nada?
—Que negativo. Hay que pensar de forma positiva.
—¡Carlos! Y para colmo estos billetes de lotería son viejos, no sirven, ¡te estafaron!
—¡Oh!, es cierto. Ya no se puede confiar en nadie, que cosa.
—¿Entonces cambiaste nuestro dinero falso por números de lotería viejos?
—En realidad no fue así. Ya había cambiado los billetes, el dinero con el que pagué los números era auténtico.
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                                            Bajo La Ciudad
Apenas vi a Daniel supe que tenía que contarme algo en secreto. Salimos de mi casa y en la vereda él me dijo:

—Descubrí un lugar buenísimo para explorar.
—¿Qué lugar? —le pregunté ansioso. Él, antes de contestarme susurrando, echó una mirada en derredor.
—Encontré una entrada a las alcantarillas. La tapa está abierta porque estaban arreglando algo, creo, pero desde ayer no veo a nadie.
—¡Que bueno! —exclamé. Aquella exploración prometía ser buena. No sospechaba que iba a ser tan peligrosa. 

Después de acordar una hora para reunirnos, Daniel partió hacia la casa de Pablo, el tercer compinche de nuestro pequeño grupo aventurero. En esa época éramos adolescentes. Solíamos llamar “exploraciones” a las incursiones que hacíamos en un bosque cercano a la zona donde vivíamos, aunque más que un bosque era una arboleda. También habíamos inspeccionado una casa abandonada, las ruinas de una vieja capilla y alguna que otra aventura más. Todo sin que nuestros padres lo supieran; ellos creían que íbamos a jugar al fútbol.

Cuando llegué, Pablo y Daniel ya estaban allí. En la esquina de la vereda estaba la boca abierta de la alcantarilla; los obreros la habían señalizado con cintas amarillas. 

—¿Trajeron sus cosas? —les pregunté. Los tres llevábamos entre las ropas una linterna de bolsillo y una resortera (tirachinas) que eran nuestras armas, aunque las usáramos sólo para atinarle a latas y botellas. Esta vez Daniel también llevaba una palo que le servía de bastón:

—Por si nos topamos con algún bicho grande -dijo Daniel, y golpeó la palma de su mano con el palo.
—Buena idea —comentó Pablo—. Que lástima que no traje uno.

Esa zona no era muy transitada. No tuvimos que esperar mucho para que la calle estuviera desierta. Fui el primero en bajar por los peldaños de metal. Al levantar la mirada vi que el cielo estaba gris oscuro. Cuando mis amigos terminaron de bajar nos encontramos entre cuatro paredes, y en tres de ellas habían huecos redondos. Elegimos el del medio. Encendimos nuestras linternas y entramos. El lugar era más bajo de lo que creíamos; no era como las alcantarillas que conocíamos de las películas.  En el medio de aquel túnel corría un hilo de agua. Seguimos avanzando en línea recta. 
De pronto escuchamos una serie de chillidos que venían de un túnel transversal, y al apuntar las linternas enfocamos a varias ratas enormes. Casi todas huyeron entre chillidos, mas una quedó en el lugar y estiraba el cuello olfateando hacia nosotros. 

—¡Agarra mi linterna! —dijo Pablo, estirándola hacia mí. Tomó la resortera y buscó una piedra en su bolsillo. 
—Apúrate —le dije—, que se escapa. 

La pedrada fue certera. La rata quedó de lado agitando una pata. Daniel quiso tocarla con el palo pero lo apartó con asco. Después de aquel encuentro seguimos nuestra exploración. Al dar un paso sentí que mi pié se mojó completamente. Al iluminar hacia abajo vi que había más agua. Daniel maldijo al notar que también se estaba mojando. Entonces los tres iluminamos lo que hacía minutos era un delgado hilo de agua: ahora parecía una cañada. 

—Está creciendo rápido —observé. 
—Y sigue creciendo —afirmó Pablo.
—Mejor nos vamos de aquí —opinó Daniel. Los tres estuvimos de acuerdo.

Me sorprendió la fuerza de aquella corriente. Crecía más y más. Aumentaba el rumor a agua que venía de otros túneles. Pronto fue un ruido bastante fuerte.  Nos costaba avanzar contra aquella corriente y al dar un paso medio perdíamos el equilibrio.  Era obvio que en cualquier momento el agua nos iba a tapar, que nos arrastraría corriente abajo hacia la oscuridad, hacia la muerte.            Para evitar caer empezamos a avanzar juntos tomándonos de los brazos.  Y de esa forma llegamos a la salida, poco antes de que todo se llenara de agua. Al abandonar aquel pozo jadeábamos de cansados y asustados. Llovía copiosamente. Cada uno corrió hacia su casa. 

De esa aventura casi no nos salvamos, fue algo muy imprudente, una real tontería, y desde esa vez sólo nos dedicamos a explorar nuestro conocido bosque. 

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El campo todavía estaba lleno de sombras cuando don Franco empezó a trabajar en su quinta. Más tarde, cuando el sol ya estaba asomando sobre una arboleda cercana se le acercó Miguel, su vecino, y desde el otro lado del alambre empezó a conversar.

—¿Cómo anda, don Franco?
—Aquí ando, haciéndole competencia a los topos —le contestó Franco ya empezando a bromear.
—¿Está dando vuelta tierra para plantar o anda buscando lombrices para ir a alguna pesca?
—Voy a plantar maíz. Y si fuera a pescar no saco lombrices de aquí porque no sirven.
—¿Son muy chicas ahí?
—Al contrario, son muy grandes.
—Pero cuanto más grandes mejor, ¿no?
—No porque estas están pasadas de tamaño y me comían los bagres.
—¡Jajaja! Que ocurrencia don. 
—Y esa no es una de las cosas más raras que me pasó pescando, ni cerca —comentó Franco, y clavó la pala de dientes bien hondo y apoyó las manos en el mango. Iba a descansar un poco y de paso narrar un cuento.

Don Franco, muy viejo ya pero todavía fuerte, andaba siempre de boina y ropas gauchas. Hombre reconocido por bromista y por tener mucha facilidad para inventar cuentos muy divertidos. Pero él no aclaraba que eran cuentos, simplemente los agregaba en las conversaciones pero todos entendían lo que eran. Miguel apenas llegaba a veterano y había pasado casi toda su vida en la ciudad. No se crió en el campo pero le encantaba. Un día cumplió su sueño y compró una chacra donde pasar tranquilamente los fines de semana. Cuando sus dos hijos se fueron a estudiar a la capital se fue del todo para la chacra con su esposa. Una de las cosas que le gustaba de allí era conversar con Franco.

—¿Le pasaron cosas más raras todavía? Cuénteme una don.
—Así de pasada me acuerdo de la vez que fui a la laguna de un conocido. Hacía años que no sabía nada de él, pero un día me lo encontré y charlando de esto a de aquello me comentó que cerca de su casa tenía una laguna con buen pique. Me invitó a que fuera cuando quisiera y sin avisar, que entrara nomás. Solo me dio una advertencia por si yo era de asustarme, resultaba que la laguna, según algunos estaba embrujada. ¡Asustarme yo, que cuando chico corrí a pedradas al viejo de la bolsa!
—¡Jajaja! Al viejo de la bolsa...
—Creo que sí, pero mi padre después me preguntó si no había visto a un señor que había quedado en ir a comprar tangerinas. Así que pudo ser un viejo con una bolsa nomás y no el famoso. Igual miedo no le tengo a nada, bueno, solo a la Sofía cuando está enojada ¡Jeje! Por eso en cuanto pude fui a la mentada laguna embrujada. Llegué bastante tarde, ya casi de noche pero no importaba porque llevaba carnada y de la buena, unos pedazos de mondongo. Me acuerdo que cuando lo fui a comprar y le pregunté a la carnicera si tenía mondongo se me ofendió no sé por qué, puede ser que no lo dijera bien como pregunta. El asunto es que cuando llegué la laguna estaba quieta y los árboles que tenía alrededor ya eran pura sombras. Tiré mis aparejos y me senté a esperar. De día había hecho un calor tremendo y la noche no refrescó casi nada. La casa de mi conocido se veía desde donde estaba porque había una luz prendida, además no estaba muy oscuro. Más tarde en la noche se asomó más la luna y de a poco se empezó a ver todos los troncos de los árboles y las sombras empezaron a correrse y a juntarse hacia un lado. Y era un lindo lugar pero nada de pique. El agua estaba bien quieta, por eso cuando escuché unos ruidos paré la oreja. 

“Calculé que era una vaca que se había arrimado a la orilla a tomar agua. Venían de una parte de la orilla que yo no veía por los árboles. Iba a quedar escuchando aquello pero de repente se movió un aparejo, la piola se levantó y yo me tiré como un rayo. Le tanteé el peso al bicho, era lindo, pero cuando lo traía se escapó. Mientras le ponía otro pedazo de mondongo y lo tiraba me olvidé del ruido. Después quedé ensimismado en la línea. Otro no se me iba a escapar. Y cuando me concentro me concentro. Aparté la vista de la línea recién cuando vi algo de reojo. Era un bulto medio arredondeado que iba por arriba del agua. ¡Que momento tan feo, era una cabeza! Pero enseguida pensé que era una cabeza pero que debía ser de una nutria. Para salir de la duda la enfoqué con la linterna. ¡Ahí sí que me llevé un susto! Era una mujer horrible, pálida, arrugada... Un aparición, pensé. Si fuera algo vivo lo enfrento, pero cómo topar con una aparición. Salí corriendo rumbo a la luz de la casa. Golpeé la puerta y mi conocido me abrió enseguida.

“—Anda una aparición horrible en la laguna —le dije—, una mujer fea como ninguna, toda llena de arrugas como si fuera una ahogada o como si ya estuviera medio podrida. Nunca voy a olvidar esa cara tan espantosa. Apareció nadando en el agua. 
—¡No! ¡Mi esposa salió rumbo a ahí hace rato a tomar aire fresco! ¡Vamos! —me dijo alarmado.

"Y salimos corriendo rumbo a la laguna. Antes de que llegáramos se nos apareció corriendo una mujer.

"—¡Viejo! ¡Anda alguien en la laguna! Tenía tanto calor que entré al agua y de repente me iluminaron con una linterna —nos dijo la mujer.

“Que papelón, vecino, y que mujer más fea que se consiguió mi conocido.
—¡Jajajaja! Usted se pasa, don Franco.

Y el viejo cuentista siguió trabajando bajo el sol que cada vez calentaba más.  

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