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lunes, 30 de enero de 2017

Cuentos de Lagunas

                                           En El Agua
Todas lagunas tienen un desagüe, un lugar por donde sale el agua cuando crece, pero el de esta era muy raro.
Mi hermano Gastón y yo, después de atravesar bastante campo bajo un sol que nos quemaba llegamos a ese lugar por el lado de su desagüe. El canal era natural pero le habían construido como unas compuertas o diques que en una parte tenían un tejido de mallas muy fino. Enseguida imaginé que cuando llovía mucho abrían el dique pero que los tejidos seguían haciendo de barrera, ¿pero barrera para qué? Lo más probable es que fuera para algún tipo de pez, creí, por eso le dije a Gastón:

—En esta laguna están criando algo, por eso debe ser que no dejan pescar ni nada.
—No, debe ser para que no se escape mucha agua nomás —me dijo Gastón mirando con algo de desconcierto aquel dique, por lo que intuí que ni él estaba seguro de lo que decía.
—Si solo fuera por el agua no hubieran puesto esos tejidos, ¿no te parece? —objeté.

Gastón movió la cabeza reconociendo que yo tenía razón. Siempre habíamos visto al lugar desde la distancia. Un arroyo con su monte franja pasaba por aquella zona como si fuera una gran culebra verde serpenteando por la vastedad del campo. En ese arroyo se podía pescar y acampar tranquilamente e íbamos seguido. En aquel espejo de agua era otra cosa y por varias personas sabíamos que solían ahuyentar a los intrusos que osaran pisar sus orillas. Por eso siempre veíamos aquella gran mancha azul o gris, según como estuviera el cielo, desde lejos. Y lo que no se puede alcanzar se desea, y hallamos una excusa. Justo en esa época había sequía y el arroyo daba lástima por lo bajo que se encontraba. Para ir a pescar había que ir hasta un lugar que estaba muy lejos, demasiada distancia para andar a pie con el calor que hacía ese verano, y para darse un chapuzón tampoco daba porque el agua apenas nos llegaba a los tobillos. Esas condiciones nos empujaron hacia aquel lugar, eso y las ganas que ya teníamos de ir. Como no íbamos con intención de pescar (por el momento), solo de bañarnos, calculamos que si nos atrapaban la falta iba a ser menos grave y que hasta tal vez no nos dirían nada. Pero ahora, viendo cómo cuidaban a lo que tenían allí, naturalmente dudamos.

—¿Nos vamos entonces? —me preguntó Gastón pasándose la mano por la cara sudada.
—No quiero atravesar de nuevo ese campo sin haberme dado un chapuzón por lo menos. Mira como el monte allá se ve como borroso, eso por el aire caliente. Sería una injusticia no dejar que uno se refresque un poco —le contesté.
—Claro, un ratito y nos vamos.

Cada uno cargaba una mochila chica donde principalmente llevábamos agua, eso gracias a la insistencia de nuestra madre (teníamos catorce y dieciséis años). Fuimos hasta una parte donde había unos sauces, dejamos las mochilas y las camisetas allí y nos metimos en el agua. !Que refrescante! La laguna resultó ser más profunda de lo que calculamos y enseguida no hicimos pie pero éramos buenos nadadores. Al alejarnos de la orilla sentí cierta inquietud porque no sabíamos qué estaban criando allí con tanto recelo. No me gustaba abrir los ojos bajo el agua pero tenía que ver qué había en el lugar, qué nadaba entre nosotros, porque me había parecido que una cosa me había rozado una pierna. Del fondo apenas se distinguían algunas cosas porque el agua estaba bastante oscura. Vi unas plantas acuáticas que se movían lentamente y de pronto pasó entre ellas un cardumen de peces aplanados de costado y que eran más bien chicos. No sabía qué eran pero no daba ni para prestarles atención. Nos alejamos bastante de la orilla. Cada tanto quedaba flotando de forma vertical y giraba para ver si venía alguien por el campo. No debo haber vigilado bien porque de repente escuchamos unos gritos. Eran dos tipos a caballo que galopaban por la otra orilla gritándonos algo. Antes de salir nadando a toda prisa escuchamos que dijeron “¡Hay pirañas!” ¡Pirañas! Recordé a los peces aplanados. Nunca nadé tan rápido en mi vida. Tocamos tierra ya corriendo y agarramos las mochilas y las camisetas de pasada. Los jinetes iban rodeando la laguna pero supongo que si su intención fuera alcanzarnos lo hubieran hecho. Habrán pensado que con el susto que nos llevamos fue suficiente.

Todo cobró sentido para nosotros. La barrera en el desagüe era para que esos peces tan peligrosos no escaparan, y corrían a todo el que se acercara por la peligrosidad de lo que criaban allí, creímos. Un tiempo después nos sentimos muy ingenuos. Un tipo que conocía toda esa zona, luego de que le contamos eso se echó a reír y nos dijo que lo que allí criaban eran tilapias, unos peces inofensivos.
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                                   El Fantasma De La Laguna
La luna estaba quieta en la superficie del agua y el pescador que se encontraba sentado en la orilla estaba igual de inmóvil. El arroyo allí formaba una pequeña laguna que estaba rodeada de árboles. La orilla opuesta a donde esperaba inmóvil el pescador era una barranca alta que un un costado tenía un sendero angosto e inclinado que permitía llegar hasta el agua. Todo estaba envuelto en luz lunar y en quietud, quietud de noche calurosa y agobiante. Ni un grillo cantaba esa noche y ni una rama se agitaba como si la luz de la luna paralizara todo. El pescador se encontraba sentado entre dos árboles y detrás de él palidecía un campo vasto que parecía reflexionar en silencio como todo en esa noche. 

El pescador estaba concentrado en una boya que flotaba inmóvil cerca del reflejo de la luna. El final del sendero que subía por la barranca, no se veía desde la ubicación del pescador porque allí el tronco de un árbol que había crecido peligrosamente contra el borde le obstruía la vista. En ese lugar, detrás de ese tronco se movió algo que lo hizo apartar la vista de la boya. El movimiento era una cabeza de hombre asomándose detrás del árbol. Se asomó un poco más y espió toda la laguna moviendo lentamente la cara. Después apareció el resto del cuerpo y empezó a bajar con cuidad por el sendero. No tenía calzado ni camisa, solo vestía con un pantalón corto. El pescador supuso que el tipo había dejado el resto de la ropa arriba de la barranca. No le agradó la idea de que alguien viniera a importunarlo, el lugar era muy pequeño y le iba a espantar a los peces. Le iba a decir algo pero quedó callado al notar una cosa. El tipo sin camisa volvió a mirar todo pero pareció no notarlo aunque su mirada pasó por donde él se encontraba. Tenía que verlo perfectamente entre los dos troncos de los árboles. ¡Y si aquel era un fantasma! Había escuchado que un tipo había muerto ahogado hacía unos años allí mismo, y sabía, por algunos relatos y cuentos, que hay noches donde los fantasmas repiten lo que hicieron antes de morir. Pero el que estaba del otro lado no se tiró al agua, se abrazó como si de pronto sintiera frío, volvió a mirar hacia todos lados y después subió raudamente la barranca. No lo había visto llegar pero ahora sí lo vio alejarse del arroyo. No era un fantasma. El pescador volvió a mirar la boya y la noche siguió serena y misteriosa.

El tipo que había ido hasta aquella orilla se alejó pensando que intentar bañarse allí de noche fue una muy mala idea. Se contaba que en el lugar habían muerto dos personas: una ahogada, y otra, un pescador, fue hallado muerto en la orilla.
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                                        El Misterio Del Lago
Cuando al fin llegamos a nuestro destino miré la extensión del lago y enseguida me eché a reír frente a la cara de Eduardo. El sonreía y asentía con la cabeza como diciendo, bien, ríete nomás pero ya vas a ver. Habíamos recorrido un monte tupido e intrincado plagado de tábanos y mosquitos. Entre arbustos con espinas y suelo lodoso varias veces vimos a una víbora desapareciendo entre las raíces expuestas de algún matorral, o veíamos alguna deslizándose en espiral entre las ramas. Y por el camino casi nos topamos con una piara de jabalíes. Gracias al susto que nos dio escuchar a aquella tropa quebrando monte hacia nosotros, nos subimos a un árbol como monos y desde arriba vimos pasar a jabalíes de todos los tamaños. Y después de todos esos inconvenientes el tal lago resultaba ser una laguna de no más de doscientos metros en la parte más larga. Pensé que aparte de algunos peces lo más que podría haber allí eran sapos y ranas grandes, si es que había. Eduardo, aún sonriendo, sacó un enorme rollo de piola de su mochila, después le agregó una plomada grande en uno de sus extremos y tras revolear varias veces aquello lo arrojó al agua lo más lejos que pudo.

La plomada cayó pesadamente en la superficie, la piola se hundió y los rollos empezaron a desaparecer. Dejé de reír y después se me terminó hasta la sonrisa cuando aumentó mi sorpresa. Ahora era Eduardo el que dejaba escapar una risita. Los rollos de piola siguieron desapareciendo y desapareciendo. Era absurdo que fuera tan profundo pero la prueba era contundente. La piola hubiera desaparecido toda en el agua si Eduardo no hubiera pisado el otro extremo con el pie, y medía setenta metros y por cómo quedó la piola, no llegó a tocar el fondo. Ahora miré el agua con algo de preocupación. Ya no me parecía tan improbable que allí viviera un animal gigante y desconocido. Eduardo había encontrado ese lugar de casualidad. Se perdió en aquel monte mientras estaba cazando y buscando una salida desembocó allí. En ese lugar se subió a un sauce alto que estaba bien contra la orilla y desde la altura divisó un cerro lejano que lo ayudó a orientarse. Como no se había apartado tanto como creía y el lugar le pareció muy lindo decidió probar su suerte y pescar en él un rato. Le gustaba salir bien preparado y siempre llevaba algún aparejo. Se impresionó al ver que el aparejo no tocaba el fondo. Cuando estaba mirando la extensión del lago de repente algo enorme rompió la superficie y se elevó desplazando y salpicando una enorme cantidad de agua. Aunque aquello era gigantesco no llegó a verlo bien porque cuando el agua explotó al subir la cosa él por reflejo se agachó cubriéndose la cabeza con las manos, y enseguida el instinto de supervivencia lo dominó y se alejó corriendo hacia el monte. Aunque se asustó mucho ese encuentro se tornó una obsesión para él y retornó varias veces pero no volvió a ver al gigante. Y naturalmente, nadie le creía. Yo fui el único lo suficientemente curioso como para acompañarlo. Él me invitó porque yo tenía una cámara que filmaba bajo el agua. 

—Saca el bote y vamos a empezar a inflarlo —me dijo después de aquella prueba.
—Espera, espera. Francamente no te creía que fuera tan hondo, y mucho menos que hubiera algo gigante aquí. Pero ahora no sé... un pequeño lago como este no puede tener esta profundidad.
—¡Aja! Así que ahora sí me crees. Te lo dije, este lugar no es uno cualquiera.
—Sí, bien, reconozco que algo muy grande perfectamente puede vivir aquí; pero algo tan grande como dices qué podría comer aquí. Digo, peces hay sin dudas, pero se los acabaría en poco tiempo. Para algo gigante esto sería solo un pozo.
—Por eso se me ocurrió una cosa. Tal vez esto es solo la salida de un lago subterráneo inmenso y más abajo hay más recursos, tal vez otros animales grandes. He investigado y resulta que los lagos y ríos subterráneos son mucho más grandes que los de la superficie. Por qué la vida, que conquista todos los rincones que puede, no va a aprovechar esos lugares llenos del vital elemento, ¿por qué? Ya se ha demostrado que la falta de sol no es un problema para la vida.
—Puede ser —reconocí—. Ahora tengo menos ganas de meterme ahí, es más no me voy a meter. Dejemos esto para otra gente.
—¿Y quién nos va a hacer caso sin pruebas? 
—Igual, no voy. Si quieres te ayudo a inflar el bote. 
—Vaya, vaya, de escéptico pasaste a miedoso ¡Jaja! Bueno, ayúdame y enséñame bien cómo se usa tu cámara.

Por suerte no llegó a hacerlo. Cuando terminamos de inflar el bote y él estaba por hacer esa locura, el agua empezó a golpear en las orillas como su hubiera oleaje y en el medio del lago se levantó una cosa enorme. No sé cuánto mediría aquella cabeza, pero entre ojo y ojo debía haber como diez metros. Parecía la cabeza de una serpiente de pesadilla. huimos hacia el monte dejando todo nuestro equipo atrás. Decidimos que era mejor no hablar sobre aquel lugar porque quién sabe a qué tipo de seres podrían molestar. Hay misterios que tienen que permanecer así.

4 comentarios:

Frank Tenrou Gonzalez dijo...

COMO SIEMPRE LO HE DICHO, ES UN PLACER LEER UNA DE TUS HISTORIAS, SIMPLEMENTE GENIALES. SALUDOS DESDE MEXICO.

Wilfred dijo...

Excelentes cuentos eres un maestro, saludos desde Colombia. Wilfred

Jorge Leal dijo...

Muchas gracias, Wilfred. Te mando un saludo desde mi Uruguay!!

Raúl dijo...

excelente como siempre Jorge, un saludo de México

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