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martes, 31 de enero de 2017

Cuentos Divertidos y Cortos

                                         El Bueno De Diego
Diego caminaba por la vía del tren, al atardecer. Iba arrojando piedras hacia el campo, algo muy común en un chiquillo de pueblo pequeño. Caminando en dirección contraria a él venía un viejo que llevaba una soga en la mano...

—Buenas tardes —saludó el viejo, y preguntó—. ¿Vio alguna vaca por aquí?
—He visto montones de vacas —contestó Diego.
—Quiero decir si vio una hoy. Se me perdió una, es una Hereford.
—Vi una pero no le pregunté el nombre.
—¡Ah!, me estas tomando el pelo, ¡insolente!
—Seré insolente pero no ando perdiendo vacas como usted.
—Estos muchachos de hoy… no tienen respeto —rezongó el viejo y se marchó.
Más adelante se cruzó con un hombre que caminaba por la vía.
—Hola —lo saludó el hombre—. ¿De casualidad no viste a un señor mayor caminando por aquí?. Mi padre salió a buscar una vaca hoy temprano, y como todavía no volvió ya estoy algo preocupado…
—Sí, vi a un señor mayor tirado en el pasto rumbo a allá —le contestó Diego— parece que está durmiendo porque no se mueve.

Apenas el hombre escuchó aquello salió corriendo, temiendo lo peor. En cuanto el tipo se alejó Diego corrió rumbo a su casa.   Las piedras que había arrojado al campo había espantado a la vaca que el viejo buscaba.  Cuando llegó a su casa su madre le reprochó:

—Hoy llegaste muy tarde, te dije que vinieras más temprano.
—Iba a llegar temprano pero estuve ayudando a un señor que perdió una vaca.
—¿Y la encontraron?
—Por suerte sí, yo la encontré.
—Bueno, entonces hiciste bien, hay que ayudar a los demás.
—Claro mamá, además era un señor mayor —dijo Diego, sonriendo. 
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                                    Apostando Por La Vida
Dos doctores jovenes estaban conversando en el pasillo de un hospital:
—¿Cómo está tu paciente, el más grave? 
—Mal, no creo que le quede más de tres semanas de vida.
—Para mí que no vive ni dos semanas.
—¿Apostamos?
—Apostamos —y los doctores se dieron un apretón de manos.

A la semana y media uno de los doctores irrumpió en el consultorio del otro con una amplia sonrisa en la cara, apoyó sus manos en el escritorio y le dijo:

—¡Te gané! Tu paciente acaba de fallecer, recién pasé por la sala.
—Esta me ganaste, pero la próxima no. Aquí está tu dinero.
—Esto si es dinero fácil —comentó el ganador, muy divertido.

Mientras el ganador guardaba su dinero en el bolsillo, una paciente ingresó al consultorio del otro y dijo: 

—Buen día. Traigo el resultado de los análisis que usted me mandó.
—Pase, tome asiento —la invitó el doctor.

Después de leer los resultados el médico quedó muy serio.

—Le tengo malas noticias, señora. Le quedan unos cuatro meses de vida. 

El otro doctor, que aún estaba allí, le mostró tres dedos a su colega. Con la mirada y un gesto disimulado de aprobación los colegas pactaron una nueva apuesta. 
  
—Señora, sé que es un momento difícil para usted pero sepa que voy a hacer todo lo posible para que viva mucho más, eso se lo aseguro —afirmó el que estaba tras el escritorio.
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                                    Comiendo Insectos
—Esto es una entrada, después sirvo la cena —dijo el dueño de la casa, y dejó sobre la mesa un plato lleno de grillos fritos. 

En la casa se habían reunido cuatro amigos.  Si bien estaban acostumbrados a los gustos algo excéntricos de su amigo, no se esperaban aquello.

—¿Y eso qué es, son langostas? —preguntó uno de ellos acercándose al plato.
—Son grillos. Prueben, les va a gustar. Tienen más proteínas que la carne de vaca . Son deliciosos —afirmó el dueño de la casa, y se llevó un puñado a la boca.   
—¡Diablos! Si esto es la entrada no quiero saber lo que es el plato principal —comentó bromeando uno de los presentes.
—Yo voy a comer algunos pero por venganza —dijo uno de los amigos—. Bien que me molestaron algunas noches los bichitos estos; no me dejaban dormir con sus cantos ¡Jaja!
—Y hablando de eso, supongo que las noches por aquí son súper tranquilas, hiciste el arrase, no se salvó ni un grillo —comentó otro de los que estaban allí y se echó a reír, y los demás lo acompañaron.  
—Yo no los cazo, los compro en un mercado especializado.
—¿Hay mercados que venden estos insectos?, ¿y cómo los controla salubridad, si están llenos de bichos? ¡Jajaja…! 

El plato principal eran larvas de escarabajos con arroz. 

—La verdad es que está rico esto, en serio —expresó uno de los comensales—. Me voy a hacer insectívoro. A la hora de comer salgo al jardín y me como todo lo que se mueva.
El grupo de amigos siguió  riendo y disfrutando de la singular cena.
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                                   El Brindis
Era el cumpleaños del abuelo. Todos sus descendientes rodeaban una gran mesa; él estaba ocupaba la cabecera, como corresponde. Uno de sus hijos levantó su copa y propuso un brindis:

—Brindo por papá, que cumpla muchos años más —los demás levantaron sus copas y brindaron.
—Por el hombre más generoso que he conocido —agregó un yerno, y todas las copas volvieron a levantarse.
—Tiene razón, su corazón es inmensamente generoso —expresó otro pariente. Los otros decían que sí o lo afirmaban con un gesto de la cabeza. 

El patriarca de la familia sonreía, entonces se levantó con algo de dificultad, pasó la mirada por todos, siempre sonriendo, y les dijo:

—Me alegra que mencionaron lo generoso que soy, les agradezco sus desinteresados elogios. Quiero demostrar que soy merecedor de ellos, principalmente sobre la opinión de que soy generoso.   Familia, tengo que hacerles un anuncio importante —el abuelo hizo una pausa y volvió a observar los rostros de los que le rodeaban. Todos esperaban ansiosos el anuncio. Luego siguió—. Les informo que voy a dejar la totalidad de mi herencia a una institución benéfica.
—¿¡Qué, y para nosotros nada!? ¿¡Te volviste loco!? —gritó uno de sus hijos. 
—¡Está loco, nunca le dio nada a nadie y ahora va a regalar todo! ¡Ese dinero es nuestro! —opinó también otro de sus hijos. 
—¡Que generoso ni nada, siempre fuiste un tacaño y todos lo saben!, ¡y ahora, hacerle esto a tu  familia! ¡Viejo loco! —exclamó colérico el yerno que lo había elogiado hacía un momento. 

Las caras de los otros era de desconcierto y enfado a la vez. El abuelo sonreía cada vez más.

—Tranquilícense, solo estoy bromeando. Ahora sé lo mucho que me quiere mi familia, ¡jejeje!
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                                        El Haragán  
Jaime miraba la tele acostado en el sofá. Esa era su única ocupación durante el día.  Tenía la barba crecida, el pelo despeinado y siempre parecía tener sueño. Jaime cambiaba  por centésima vez de canal cuando su padre entró a la habitación sosteniendo un papel en la mano y sonriendo:

—¡Te conseguí trabajo! -dijo su padre-. Me enteré por un conocido que en una fábrica de sofás precisan gente.
—Si es para probar los sofás que me anoten —dijo Jaime.
—¡Dale!, no te hagas el gracioso, levántate que tienes que ir dentro de una hora —los padres de Jaime ya estaban cansados de mantenerlo.

Cuando salió ni se molestó en leer la dirección que su padre le había dado. Fue hasta una plaza y se sentó en uno de sus bancos a esperar que pasaran las horas, algo en lo que tenía vasta experiencia. Después iba a inventar una historia que lo librara de la amenaza de aquel posible trabajo, como lo hizo con otros. Unas horas después llegó a su casa fingiendo estar decepcionado:

—Tengo una mala noticia —comenzó Jaime—. Llegué a la fabrica y enseguida me pusieron a trabajar, y trabajé bien, el encargado me lo dijo varias veces. Cargué maderas, sofás, rollos de tela. Hice de todo, hasta limpié, estuve barriendo… Cuando llegó el dueño me dijo que había cambiado la cosa, que ya no precisaban otro trabajador. Me liquidó con aquella noticia, ya me estaba entusiasmado ¡Una lástima!

Mientras Jaime hablaba sus padres lo miraban muy serios. Cuando concluyó su historia su padre habló:

—Sabía que eres un haragán pero no sabía que fueras un mentiroso. Hace un rato me llamó el conocido que me avisó del trabajo para decirme que me dio una dirección equivocada.
—Entonces me hubieran mandado un mensaje —dijo Jaime tranquilamente—, así me ahorraban el trabajo de inventar esa historia.
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                               El Más Inteligente De La Clase
Recién había terminado el recreo. Vi que la maestra fue a tomar una cosa de su bolso. Pareció notar algo raro y se puso a buscar dentro de él casi metiendo la cabeza en el bolso. Después levantó la mirada y dijo en voz alta: 

—¡Me robaron! Robaron el dinero que tenía aquí.

Todos quedaron callados y empezaron a mirarse unos a otros. La maestra, más seria que nunca, nos observó tratando de adivinar. 

—El que lo haya hecho es mejor que lo confiese ahora, porque después va a ser peor, y va a pasar más vergüenza, si es que la tiene, y sus padres se van a enterar…

Desparramó otra mirada sobre nosotros. Se llevó las manos a la cintura y dijo como si fuera un sargento:

—Ya que nadie confiesa les voy a revisar los bolsillos, y al que lo descubra que se considere expulsado de la escuela, se los prometo prometo. Malagradecidos… —y al decir eso se le quebró un poco la voz.

Las paredes que separaban los salones eran muy delgados, y la maestra que estaba del otro lado pareció escuchar algo. Entró sin pedir permiso, con cara de preocupada, y le preguntó a su colega:

—¿Qué pasa, Mirta?
—Pasa que me robaron, me sacaron todo el dinero de la cartera.
—¿Estás segura? Tal vez no lo traías, o lo tomaron antes de que vinieras a la escuela. 
—Sí… sé que lo tenía acá. Seguramente fue en el recreo; nunca cierro la puerta. Pero les voy a revisar los bolsillos y voy a descubrir al ladrón, porque es eso, ¡un ladrón!

Ante esas palabras, Guillermo, el mejor alumno de la clase, el más inteligente, se levantó y expresó con tono firme: 

—Disculpe, maestra, pero le voy a decir lo que pienso. Si quiere revisarme, revíseme, me ofrezco para ser el primero, pero sepa que me parece un atropello. ¿Le parece justo hacer pasar un rato tan desagradable a todos porque supone que el ladrón está aquí? Con la puerta del salón abierta pudo entrar alguien de otra clase, todos estaban en el patio. ¿Por qué afirma que fue alguien de aquí? ¿Qué prueba tiene? Y es más, como bien dijo ella, ¿está segura de que tenía el dinero al llegar a la escuela?
—Yo… bueno, tal vez me precipité un poco. Es que me chocó tanto… pero francamente no estoy segura. 
—Entonces deja el asunto así —opinó valientemente la otra maestra—, no ves que están asustados. 

Y allí concluyó la pesquisa del ladrón.   Después de terminar la clase, cuando caminaba rumbo a mi casa, escuché que alguien se me acercaba por detrás corriendo. Era Guillermo, venía sonriendo.

—Te salvé —me dijo—. Sino fuera por mí te hubieran descubierto. Quiero la mitad del dinero.
—Está bien —acepté—, pero nunca se lo vayas a decir a nadie. 
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                                             El Corazón
Lorenzo siempre tomaba el ómnibus por la noche, al volver de su trabajo, pero esa vez se durmió en él. Lo despertó de golpe la voz del conductor: 

—¡Última parada!

Lorenzo despertó algo confundido. El chófer ya se había levantado y le indicaba la puerta. Era el único pasajero que quedaba. 

—¿En dónde estamos? —le preguntó Lorenzo. 
—En la última parada. Tiene que bajarse. 
—¿No vuelve hacia el centro? 
—No, de aquí voy al estacionamiento de la empresa. Señor, si me hace el favor… —y le señaló la puerta de nuevo. 

Lorenzo bajó. No conocía al conductor aquel, seguramente era uno nuevo y parecía ser algo desconfiado. El error había sido de él por dormirse. Se pasó las manos por la cara para tratar de despabilarse del todo. Sabía dónde se encontraba pero nunca había estado allí antes.  En aquella parte la ciudad parecía completamente dormida, las calles estaban mal iluminadas y había callejones oscuros. Entonces deseó que aquella calle no fuera tan peligrosa como parecía. Empezó a caminar. Cada cuadra se le hizo larguísima. Al pasar frente a los callejones oscuros siempre había algo que hacía ruido. Deseaba salir cuanto antes de aquel lugar. “Si pasara un taxi…”, pensó, pero no pasaba ninguno.

Todavía seguía en aquella zona cuando sintió pasos detrás de él. Volteó sin detenerse. Sintió algo de alivio al ver que era una mujer. Era linda pero estaba bastante bien vestida, por eso descartó que fuera una callejera.  La mujer caminó más rápido, casi corrió para alcanzarlo. Lorenzo se detuvo y giró hacia ella. 

—Disculpe. ¿Podría acompañarme, señor? —le dijo ella—. Vengo caminando hace rato. Una compañera de estudio quedó en buscarme pero no llegó y me metí en esta zona que no me gusta nada. Y usted parece un hombre de bien —agregó ella con una voz muy dulce y melodiosa.
—Porque lo soy. Puede acompañarme, claro. Esta zona tampoco me gusta nada. Vine a dar aquí por un imprevisto también; me dormí en el ómnibus, tonto de mí. 
 —Eso pasa a veces —opinó ella. 

Y siguieron caminando. Lorenzo la observaba disimuladamente. Ella miraba hacia todos lados como asustada.   Ya comenzaba a pensar que su dormida al final le había traído buena suerte. La muchacha era linda. 

—¿Y si alguien intenta atracarnos? —le preguntó ella. En ese momento estaban por cruzar frente a un callejón. 
—No creo. Hasta ahora no he visto a nadie a parte de usted. 
—¿Pero y si pasara?, ¿usted anda con algún arma? 
—No, no tengo nada, yo… —Lorenzo se arrepintió de haber contestado tan rápido. La pregunta era sospechosa. Ella sonrió y se apartó de él, gritando a continuación: 
—¡No anda armado! 

Respondiendo a su voz, un tipo salió de las sombras del callejón con un revólver en la mano. Lorenzo levantó los brazos.  Entonces ella se le acercó y lo revisó. Le quitó la billetera y de ella el poco dinero que llevaba. El sujeto del revólver se mostró disgustado por lo poco que era el dinero: 

—¡¿Sólo eso tiene?! 
—Sí —le dijo ella—. Déjalo así, el tipo es pobre. Vámonos, déjalo.

El sujeto le echó una mirada fiera a Lorenzo y se fue corriendo con ella. Pero tras haberse alejado unos metros, ella se retrasó un poco, volteó, arrojó la billetera a la acera y le guiñó un ojo: 

—Cuidate, guapo. Y no vuelvas a dormirte en el ómnibus. Adiós —se despidió la muchacha. 

Cuando los ladrones se perdieron en una esquina Lorenzo fue a levantar su billetera. Siguió su camino pensativo. Pronto salió de aquella zona. Lo habían robado pero tenía tan poco dinero que no le importaba mucho, y por lo menos había recuperado sus documentos. Quiso pensar mal de la muchacha pero no pudo. Le había robado algo más que el dinero. 
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                                    El Hombre Solo
Ese día Matías descubrió cuánto necesitaba a Rosario. Llegó del trabajo, tomó una ducha, y cuando terminó se dio cuenta de que no había llevado ninguna toalla. Estuvo a punto de pedirle a Rosario que le llevara una pero recordó que ella no estaba en la casa.

Salió del baño como vino al mundo y cuando iba hacia la habitación descubrió que la puerta del frente se encontraba completamente abierta. Él nunca la cerraba con llave, de eso se encargaba su esposa porque él se había olvidado varias veces cuando esa era su responsabilidad. Ahora además de no echarle llave había movido con el pie el tapete de la entrada y este había hecho que la puerta no se cerrara bien, después el viento fuerte que soplaba ese día hizo su trabajo. ¿Y ahora qué hacía, se ponía algo y la cerraba después o lo hacía rápidamente así como estaba? Decidió hacerlo así. Tomó impulso y la cerró de un empujón; pero no antes de que tres mujeres que pasaron caminando lo vieran. No le importó, eran desconocidas. Cuando fue a secarse vio que el viento ya había hecho casi todo el trabajo.

Después de eso se dedicó a mirar televisión. Por momentos hallaba algo raro pero no sabía qué era. Lo descubrió cuando fue hasta la heladera para tomar un poco de jugo. Era la soledad. Antes nunca había estado solo. Había pasado de vivir en la casa materna a convivir con Rosario. En su viejo hogar la madre hacía todo y en el nuevo su esposa era muy activa y organizada y por eso tampoco se involucraba en ninguna tarea doméstica. Matías pensó que por suerte ella se iba a ausentar solo un día. Ella estaba cuidando a una tía enferma. Volvió a desparramarse en el sofá y se hartó de fútbol. A mediodía había almorzado cerca de su trabajo y la cena no le preocupaba porque iba a pedir comida a domicilio. Cuando le dio un poco de hambre se levantó para llamar al local de comidas y ahí se dio cuenta, ¿dónde estaba el número? Sabía que Rosario se lo había anotado en algún lado pero no recordaba dónde. Se le ocurrió que tal vez estaba en la agenda que había al lado del teléfono. Se puso a revisarla. “¿Y quién diablos es esta María, y este Pedro que anotó aquí?”, pensó Matías extrañado. Después se dio cuenta de que eran los hermanos de ella, sus cuñados. También vio otros números y nombres que no reconocía pero no halló lo que buscaba. Empezó a fijarse sobre los muebles, en la mesa, ¿dónde estaba el dichoso papel con el número? 

“No importa, me preparo algo y ya”, pensó al desistir. Abrió la heladera, evaluó todo: huevos, verduras, un par de muslos de pollo en el congelador, leche, manteca... No sabía hacer nada con eso. Pensó en descongelar los muslos para después hacerlos asados pero nunca había usado el microondas ni asado algo en el horno. Y si solo freía huevos (alguna que nunca había hecho tampoco) cuando volviera Rosario se iba a reír de él. “Me compro algo en el mercado”, pensó al cerrar la heladera. Salió a la calle. Si le hubiera prestado algo de atención a la parte exterior de la heladera hubiera visto que el papel con el número que quería estaba allí pegado con un imán. Se dio media vuelta enojado al ver que el mercado estaba cerrado. “Con razón aquella siempre va temprano a comprar las cosas”. Pensó en algún lugar abierto. Recordó el pequeño almacén de don Soto. Como no había otra cosa regresó a su casa con pan y mortadela. Cuando fue a sacar la leche (que tomó fría por no calentarla) vio el número pegado con un imán. Demasiado tarde. Cenó pan con mortadela. Desparramado de nuevo en el sofá pensó que iba a ver la película que se le diera la gana. Buscó una con bastante acción, peleas, persecuciones en auto y todo lo que a él le gustaba. Estaban pasando películas animadas o las clásicas de navidad (era diciembre). Se acostó temprano y aburrido como una ostra.

Al rato de estar acostado se dio cuenta; por qué dormir en su lado de la cama si ahora era toda para él. Se ubicó en el medio y cerró los ojos. Al rato volvió a su lugar porque no se podía dormir. Al otro día era domingo y no iba a trabajar. Se levantó contento porque Rosario regresaba esa mañana. Mientras se preparaba un sándwich de mortadela se le ocurrió que estaría bueno recibir a su esposa con un desayuno pronto. Freír unos huevos no podía ser muy difícil y con eso quedaría bien, tenía que animarse. Había visto  cómo se hacían, no tenía ningún misterio. Por eso se sorprendió cuando los huevos empezaron como a explotar en la sartén. Con cada pequeña explosión saltaban gotas de aceite caliente hacia todos lados. Para enfrentar eso se puso un guante de cocina en la mano que sostenía la espátula y se envolvió con un delantal. Cada vez que se arrimaba para intentar darlos vuelta saltaba aceite y eso lo hacía retroceder, entonces avanzaba de nuevo y volvía a retroceder. Con la espátula empuñada en el brazo adelantado parecía que estaba practicando esgrima cuando Rosario apareció de pronto en la cocina y lo vio así. Enseguida ella se echó a reír y se hizo cargo de la situación.

—Cuidado, estos huevos tienen algo que los hace explotar —le dijo él. 
—¡Jajaja! Parece que estás en un duelo a cuchillo ¡Jajaja! Deja que yo lo hago.
—Quería hacerte el desayuno. Como me alegra que hayas vuelto. Pero... vos no tenías llaves, ¿cómo entraste?


—Como cualquiera pudo hacerlo, la puerta está sin llave —le dijo ella mientras volcaba los huevos en un plato—. Es más, ni bien cerrada estaba, solo estaba trancada con el tapete.  

2 comentarios:

daniel almendra dijo...

¡JAJAJA! Fui leyendo los cuentos, cada uno interesante y mejor que el anterior ¡Fantástico como siempre!

Jorge Leal dijo...

¡Muchas gracias! Un abrazo Daniel.

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