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sábado, 14 de enero de 2017

De Regreso A Casa

José escudriñó la oscuridad haciendo un esfuerzo enorme. ¿Aquello que veía delante era el montículo de piedra que buscaba como referencia? La noche lo asfixiaba de tan oscura que estaba y le producía cierta angustia. Al distinguirlo mejor, ya a un par de pasos del montículo la memoria se le refrescó y se orientó. Avanzó hacia la izquierda abandonando el camino y se encontró en el sendero que conducía a su antiguo hogar. Marchaba hacia la incertidumbre. ¿Su familia todavía viviría allí? ¿Cómo podían recibirlo después de que él los abandonara durante años? Era muy probable que su esposa se hubiera casado de nuevo, y tal vez ahora lo recibiría un hombre mirándolo por encima de una escopeta, todo podía ser. Igual enderezaba hacia la casa porque ya no le quedaba absolutamente nada. Si lo esperaba una negativa, solo reproches justificados, una paliza o la muerte, lo mismo le daba.

Tiempo atrás, después de mantener unos años con mucho trabajo a una esposa y a un hijo, concluyó que ellos eran la causa de su miseria, que solo le iba a ir mejor. Y se marchó a pesar de las súplicas de la mujer y del llanto del niño. Se había convencido de que no los dejaba absolutamente sin nada y que se iban a desenvolver sin él. Tenían una huerta casi siempre reseca y una vaca siempre flaca. Él se fue, viajó mucho, trabajó en muchas cosas, y tuvo sus épocas buenas. Pero en vez de ahorrar despilfarró todo y cuando empezó a caer ya no pudo parar, solo llegaba a frenar su inminente ruina. Y cuando estaba peor se cruzó con la enfermedad y esta se le subió a las espaldas y ya no lo soltó. Ahí aprendió la importancia de la familia. Emprendió un regreso largo y terriblemente solitario. Sabía que se ignora a los vagabundos pero nunca pensó que se sintiera tan solo en el camino. “Ahora soy un paria entre parias”, pensaba cuando la soledad lo angustiaba más, hasta el punto de casi ahogarlo. Solo los perros le prestaban atención pero era para ladrarle furiosamente tratando de ahuyentarlo. Cruzó por muchos jinetes, carretas y hasta con alguna gente de a pie: nadie lo miraba con compasión ni por un instante.

El sendero por el que iba ahora estaba maltrecho y casi todo cubierto de pasto. Temió ir hacia una vivienda vacía; necesitaba espantar de una vez la soledad que le pesaba. A duras penas y haciendo otro gran esfuerzo distinguió el negro contorno de la vivienda de la oscuridad general que se extendía uniforme por toda la región. Quedó un buen rato frente a la puerta sin atreverse a llamar.  Ni una luz se filtraba desde el interior de la vivienda. Llamó al fin haciendo otro esfuerzo de voluntad. 

—¿Quién es? —preguntó una voz de mujer desde el interior. Él reconoció que era su esposa.
—Soy yo, el José —le contestó él. Hubo un momento de silencio absoluto.

En el interior creció una luz débil que se asomó por debajo de la puerta y después esta se abrió. Dentro estaba su mujer. La iluminaba pobremente la luz mortecina de un farol que sostenía en una mano. Detrás de ella se asomaba tímidamente una figura más pequeña y ensombrecida que era su hijo.

—Volví —les dijo él.
—No quiero hablar —lo cortó ella—. Allí está tu cuarto, por si no lo recuerdas.

José no quiso decir más nada temiendo que eso la enojara. Peores situaciones se había imaginado, esa no le resultaba muy mala. Ella quedó parada y lo siguió con la mirada hasta que él fue tragado por las sombras. Se guió como pudo por el cuarto hasta que alcanzó la cama. Había viajado mucho pero no sabía si aquello era cansancio o una mezcla de desgano, angustia y un hondo pesar. La noche fue larga, le pareció interminable, pero al fin el día empezó a entrar por la ventana. Cuando todo quedó claro se levantó y miró hacia afuera. ¿¡Pero qué era aquello!? Sintió algo horrible, todo el mundo se le vino abajo. Allí afuera, no a muchos metros de la casi derruida vivienda, había dos tumbas simples con unas cruces de palo, y tallados toscamente en unas maderas habían escrito el nombre de su esposa y su hijo. Quiso escapar de allí y los encontró sonriendo extrañamente en la sala. Ahora los veía bien. Ella estaba un poco más vieja y flaca que la última vez que la viera; y el niño había crecido un poco. Estaba ante dos apariciones. Cuando fue a huir quedó paralizado frente a la puerta, no podía dar un paso más, una fuerza muy grande se lo impedía. Se volvió para ver si eran ellos pero seguían sonriendo en el mismo lugar. 

—Y vos que dijiste que no ibas a volver más, y ahora estás atrapado para siempre aquí —le dijo la mujer con una mirada llena de malicia—. ¿Qué, no lo sabes? ¡Estás tan muerto como nosotros!

José comprendió entonces. Por eso nadie lo había mirado y los perros lo presentían y trataban de ahuyentarlo. Como murió sin un lugar en donde morar se convirtió en un fantasma errante; pero al volver a la casa quedó atrapado allí para siempre.   

1 comentario:

Xiu Amigon dijo...

Muy buen cuento, me encanto y me recordo un poco a la pelicula "los otros" muy buena tambien 😊 saludos 👋

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