¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

miércoles, 11 de enero de 2017

El Robot

Era de madrugada y una pareja dormía en su cuarto. De pronto uno de los bultos que estaba en la cama se levantó un poco y giró hacia el otro. Damián se despertó pero fingió seguir durmiendo; mas Verónica, su esposa, insistió:

—Damián, Damián... —le susurraba ella al tiempo que lo sacudía.
—¿Qué quieres? —le respondió al fin rodando hacia ella.
—El viejo Vladímir está construyendo algo, escucha.
—Sí, y eso qué nos importa.
—Hemos estado hablando sobre qué estaría haciendo el viejo.
—Ah, sí. Bien, construye algo. Ahora déjame dormir.
—No te hubiera avisado entonces.
—Sí, eso mismo. Ahora duérmete también, a no ser que...
—Me voy a dormir —le dijo ella enseguida.

Damián se acomodó para seguir durmiendo pero ya no pudo. Se sintió fastidiado al sentir que su esposa dormía de nuevo y él no podía. Tenía un poco de ganas de ir al baño. Tal vez después le daría sueño de nuevo. Sentado en la cama tanteó el suelo con los pies buscando sus pantuflas en la penumbra. Cuando llegó al baño y encendió la luz vio que tenía puestas las de ella. “Por qué las deja en mi lugar. Malditas pantuflas rosadas”, pensó. Antes de tirar la cadena reparó en los ruidos que venían desde el otro lado, desde la casa de su vecino. Levantó la vista hacia la ventana que tenía enfrente. Cuando le había puesto un poco más de masilla había advertido que desde allí se podía ver hacia una ventana grande de su vecino. Miró una silla que había en el baño. Pensó que si no curioseaba no iba a poder dormir y a la noche no le quedaba mucho. Después de ubicar la silla se subió a ella y espió por la ventana. Allí estaba el viejo Vladímir dando unos sutiles martillazos a unas piezas metálicas, aparentemente intentando encajar unos pernos. Trabajaba sobre una mesa grande, y sobre ella había una especie de esqueleto robótico que se veía terriblemente complejo. Su atención se concentró tanto en el proyecto de robot que descuidó al viejo, y cuando dirigió la mirada hacia él este lo estaba mirando muy serio. Damián se escondió como un chiquillo, se bajó, apagó la luz y dejó el baño sin haber tirado la cadena. Se sentía mal por haber sido descubierto pero a la vez se felicitaba por haberse animado a espiar. ¡Un robot! El científico loco de su vecino estaba construyendo un robot. Ahora él interrumpió el sueño de su esposa:

—Verónica, Verónica... Duermes como un tronco, mujer. A que no adivinas qué está construyendo nuestro vecino.
—No sé —respondió ella con los ojos medio cerrados—. ¿Una lancha?
—¿Crees que puede armar una lancha dentro de su casa?
—Estoy medio dormida, no sé.
—Está armando un robot con forma de humano. Lo vi por la ventana. 
—¡Un robot humano! —exclamó ella enderezándose.
—¡Shhh! No hables tan fuerte. Bueno, supongo que no importa tanto porque el viejo me descubrió espiándolo.
—¿¡Te descubrió!?
—¡Shhh! Sí, me descubrió.

Durante un buen rato siguieron hablando de las actividades de su vecino. Hacía unos años que vivía al lado. Vladímir era un viejo huraño y poco sociable. Pocas veces pudieron sacarle algunas palabras. Por los equipos que el viejo fue adquiriendo con el tiempo se imaginaron que trabajaba en electrónica, en mecánica, con cosas químicas y que era inventor. Desde hacía un tiempo se lo veía menos, estaba más ocupado dentro de su hogar, y eso incentivaba la curiosidad de la pareja. Después de esa noche trataron de evitar al viejo temiendo algún reproche. No les resultó difícil porque él apenas salía. Días después, esta vez con la luz apagada, Damián intentó espiar de nuevo pero la persiana de la otra vivienda estaba baja y así permaneció. Y la novedad pasó y solo allá cada tanto lo recordaban, hasta que un día, meses después, al pasar frente al terreno de Vladímir, Damián lo vio sentado en el frente junto a un hombre que se le parecía mucho. Cuando se lo dijo a su esposa está abrió los ojos muy grandes. Lo primero que pensaron fue que aquel extraño era el robot. Verónica quería verlo ya mismo. Cruzaron frente al terreno como paseando. Se sorprendieron cuando el viejo los llamó. Para su sorpresa, presentó al desconocido como Alexey, su hermano menor. Este les estrechó la mano y enseguida vieron que era mucho más comunicativo que Vladímir. Cuando la pareja regresó a su hogar los dos movieron la cabeza sonriendo y sintiéndose muy crédulos. Les pareció ridículo que creyeran que aquel hombre era un robot construido de forma casera. Hablaron un montón de veces con quien tomaran por un humano artificial.

 Nunca hablaron sobre el robot que construía su hermano. Suponían, por el trato del tipo, que su hermano no le había contado que eran unos fisgones. No mucho tiempo después quedaron impactados: Vladímir murió. Su hermano se encargó de todo. Ellos fueron al entierro y cuando este terminó llevaron a Alexey en su auto. El tipo abrió el portón y después giró hacia ellos.

—Ustedes nunca entraron a la casa —les dijo—. Sé que mi hermano era poco cortés, por llamarlo de una forma. Vengan, los invito a que pasen y vean todo. Por voluntad de mi hermano voy a vender todo lo que hay aquí y pronto será una vivienda vacía. Después voy a partir enseguida. Pasen.
—Gracias —dijeron los dos casi a la vez. 

Sintieron de pronto toda la curiosidad que habían acumulado durante varios años. El viejo había modificado el lugar, y a parte de una sala repleta de libros, de un cuarto, la cocina y el baño, el resto de la casa era una gran pieza, mezcla de laboratorio, taller de mecánica, electrónica y relojería. En las paredes había estantes abarrotados de cosas. Pero entre todo eso había algo que enseguida reclamó la atención de la pareja: era un robot incompleto que estaba sobre la mesa. 

—Ese es el mayor proyecto de mi hermano —dijo Alexey mirando con algo de tristeza al inconcluso robot—. Mucho tiempo y energía le dedicó a esto, una quimera que hasta le costó la salud. Pobre de mi hermano. Intentar hacer un robot funcional en su taller... 
—¿No anda entonces? —le preguntó Verónica.
—No, para nada. De hecho, aunque de esto no sé mucho, creo que esto es en su mayoría, cosas encajadas sin sentido. Pobre mi hermano. Él creía que construía una máquina, pero creo que solo eran delirios.

Y los tres quedaron contemplando aquello un momento. La pareja volvió en silencio a su casa. Ella pensaba que su pobre vecino se había vuelto loco; él no dejaba de imaginarse a la cosa que Alexey les mostró. Damián no sabía nada de robótica pero tenía buena memoria, y estaba seguro de que aquello no era lo mismo que vio la noche que espió a su vecino. 

2 comentarios:

sharoll dijo...

El robot era el "hermano " que él les presentó. Bonito cuento muy curioso .

Jorge Leal dijo...

Es un cuento del montón nomás. Gracias Sharoll. Un abrazo.

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?