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domingo, 8 de enero de 2017

Sobrevivientes

Sam sintió tanto frío que creyó que la puerta de la cabaña estaba abierta. “El descuidado de Ariel fue a la letrina y no se molestó en cerrar la puerta, descuidado”, pensó Sam al levantarse. La cabaña era muy básica, tenía una pieza sola y estaba mayormente oscura.
Caminó unos pasos sin pensar y con los ojos entrecerrados por el sueño y el frío. En el umbral de la puerta estiró el brazo y se sorprendió al descubrir que no estaba abierta. Giró entonces hacia la estufa tipo salamandra que se encontraba a un costado de él. La luz rojiza que escapaba de la ventilación del artefacto, que en ese momento era la única fuente de luz allí, indicaba que todavía tenía bastante leña encendida. Pero aquel frío decía otra cosa, por eso fue hasta la mesa, tanteó la esquina y tomó el trozo de cuero que usaban para agarrar la manija caliente de la estufa. Podía tener más leña pero todavía le quedaba bastante. ¿¡Entonces de dónde venía aquel endemoniado frío!? Mientras inspeccionaba la estufa Ariel se había levantado, y envuelto en frazadas estaba detrás de él.

—Que condenado frío que hace —comentó Ariel haciendo que su compañero se sobresaltara.
—¡Y condenado tú, que me hablas así de golpe! —le dijo Sam volviéndose hacia él.
—Disculpa, creí que me habías oído levantarme. ¿La estufa se quedó sin leña?
—Cuando me levanté ahora le quedaba esta —le informó Sam abriendo la puerta metálica.
—¿Y por qué hace tanto frío? —preguntó ahora Ariel mirando hacia el rectángulo oscuro que era la puerta.
—Está cerrada, es lo primero que revisé —le dijo Sam intuyendo lo que su compañero pensaba.
—¿Qué pasa entonces? Me estoy helando.
—Lo mismo yo. Enciende el farol mientras pongo más leña.

Ariel encendió el farol, la luz se extendió por toda la pieza, y lo primero que hicieron los dos fue levantar la mirada hacia el techo. Ariel, sujetándose las frazadas que lo envolvían con la mano izquierda, levantó el farol con la otra y lo dirigió hacia los rincones. No había ni un hueco en la madera y nada parecía roto. Sam iba a comentar algo pero se encogió de hombros por el frío y fue hasta su cama para imitar a su compañero. Volvió al lado de la estufa envuelto en frazadas. Se encontraban en una región muy remota de Canadá. Fuera solo había nieve, oscuridad, árboles y un paisaje de montañas blancas asomando por encima de todo. Era invierno y sabían que allí hacía mucho frío; pero el que sentían ahora con la cabaña cerrada y el fuego ardiendo era algo nuevo. Mientras contemplaban los reflejos rojizos del fuego trataron de entender el asunto. Sentían tanto frío como si estuvieran afuera, ¿entonces afuera qué temperatura hacía? Eran hombres simples y su reacción fue simple. Sin decir palabra fueron juntos y abrieron la puerta. Enseguida sintieron como cortes en las mejillas y tuvieron que cerrar los ojos. Cerraron de golpe. El frío era absurdo incluso para aquella región y en esa estación del año.

—¡Maldición! ¡Esto se sale de lo normal! —exclamó Sam inclinado sobre la estufa y tendiendo las manos hacia esta—. ¿Cuántos grados bajo cero crees que hay, setenta, ochenta?
—Por lo menos —le contestó Ariel, arrimándose también a la calidez.
—Nunca escuché que aquí pudiera bajar tanto la temperatura. Debe estar al doble que el récord conocido.
—Nunca menos. Pero no vamos a morir, hay bastante leña y tenemos las pieles —se consoló Ariel.

Habían estado cazando por la región desde el comienzo del invierno. Tenían un buen número de pieles aunque sin curtir. Y pronto tuvieron que echar mano a ese recurso. Envueltos en tantas cosas como podían, se sentaron, bastante incómodos por todo lo que tenían encima, y Sam encendió la radio. Los dos tenían ganas de escuchar algo, alguien hablando sobre lo que pasaba, que era una cosa muy fuera de lo normal. A medida que movía la perilla escuchaban estática, palabras sueltas, frases a media que aparecían y desaparecían entre la estática, hasta que al final encontraron una frecuencia que se agarraba bien. Estaban en una zona muy apartada pero habían instalado una antena casera que amplificaba las señales. Como suponían, estaban hablando del clima, pero las noticias igual los sorprendieron. En Canadá el frío era extremo, varias veces superior a la media; pero en otras regiones del mundo el asunto era al revés, calores mortales. Los dos se miraron. Habían escuchado algo sobre el cambio climático pero eso no podía explicar totalmente aquello. Al rato dejaron de romperse la cabeza pensando en las causas. Fuera cual fuera ahora lo que tenían que hacer era sobrevivir. El clima estaba extremo pero entre las zonas frías y las calientes necesariamente tenía que haber temperaturas más normales, solo tenían que salir de allí y alcanzar una de esas regiones.

En varias partes del mundo muchas personas pensaban lo mismo. Comenzaba la lucha por la supervivencia.   

4 comentarios:

  1. ¡Fantástica historia! Cuando la necesidad se sobrepone a todo lo demás el hombre no reconoce a los semejantes

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  2. Por eso sería una buena historia a desarrollar, y me encantan las de supervivencia; aunque ahora no tengo tiempo. Gracias. saludos.

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  3. En verdad muy muy bueno

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  4. Gracias Raúl. Escribí este y otros cuentos así porque realmente me preocupa el cambio climático. Ya es grave la cosa. Saludos!!

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