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viernes, 20 de enero de 2017

Tormenta de Verano

En el monte solo se escuchaban los golpes de las hachas y el grujido de los árboles antes de retumbar contra el suelo. Al hacer una pequeña pausa Simón se dio cuenta de eso. Federico estaba empinando una botella de agua toda abollada ya por el uso.

—Hay tormenta —le dijo Simón—. No hay ni un pájaro cantando.
—¿Será? —preguntó Federico mientras se pasaba la mano por la boca y le ofrecía la botella a su compañero. 

El aire estaba cargado de olor a madera cortada. A su alrededor había algunos árboles caídos pero eran más los que se mantenían erguidos y desafiantes. No a muchos metros de ellos un río turbio aparecía aquí y allá entre el follaje. Sobre el claro que abrieron los muchachos se veía un cielo gris oscuro que cambiaba rápidamente revolviéndose en nubes que se agrupaban y separaban pasando raudas y en desorden. Cuando el cielo por fin se ordenara en un gris parejo iba a llover. Federico puso sus manos en la espalda baja encorvándose un poco he hizo un gesto de dolor, después suspiró profundamente, resignado, y se acomodó para darle otro hachazo a un tronco. No descargó el golpe porque Simón le preguntó:

—¿Qué hacemos entonces?
—¿Qué hacemos con qué? —preguntó a su vez Federico, aunque sabía de qué hablaba su compañero.
—Con la tormenta. Si nos agarra mucha lluvia aquí puede aislarnos como si nada, y el campamento está en una parte que se anega (inunda) en un rato igual, si llueve mucho.
—Y bueno, pero no podemos dejar el trabajo así nomás, si ni llovió todavía. ¿Y si nos vamos y después caen solo unas gotas, eh? El monteador es como el tatú (un tipo de armadillo), sale de su cueva solo si le inunda mucho.
—Sí, es cierto, pero los tatú pueden andar como una lancha por el monte inundado y nosotros no —protestó Simón. 

Federico se encogió de hombros y siguió hacha y hacha. Aquel gesto no era claro, tanto podía significar que no le importaba, que había que resignarse o que le daba lo mismo. Simón siguió trabajando aunque de mala gana. Eran las últimas horas de la tarde y el sol ya no se veía por la acumulación de nubes. De a ratos soplaba un viento refrescante que aliviaba a los monteadores; pero ese mismo viento estaba orquestando la tormenta que se ordenaba sobre toda la región. Las nubes formaron una gran masa uniforme, como una cubierta del cielo, y empezaron a caer las primeras goteras. Caían aisladamente pero eran inmensas. Las hojas se inclinaban hacia abajo con el golpe de cada gotera y era una precipitación cálida, casi tibia. 

—Se nos viene el mundo abajo —le dijo Simón a su compañero. 
—No creo que de para tanto —comentó Federico mirando hacia arriba con un ojo solo, porque en el otro le había caído una gotera. 
—Pues yo sí. Si se inunda de golpe vamos a perder todo, en el mejor de los casos, si nos salvamos. Te lo digo, en esta parte el río crece rápido.

Federico iba a objetar eso pero una gotera enorme le cayó en el labio. Sonaban tan fuerte en el monte que parecía que eran piedras. Y entonces sonaron unos truenos fuertes que hasta sintieron bajo sus pies.  Simón dejó el hacha y lo miró a su compañero.

—Bueno, bueno —dijo Federico—. Levantemos campamento entonces, solo para que no sigas con eso. Para mí que va a ser poca cosa, te lo apuesto. 
—¿Cuánto? —lo desafió Simón.
—No, con plata no. Un paquete de tabaco.
—Acepto —y se dieron la mano. 

Fueron hasta su campamento, donde estaba la carpa toda emparchada que usaban y empezaron a levantarlo. Con cada momento que pasaba Federico empezó a creerse perdedor de la apuesta porque tronaba por todos lados. Estaban en la orilla del río y el agua se veía picada por la lluvia. También la oscuridad crecía minuto a minuto. Mientras arrollaban lonas y aprontaban sus bolsos pensaron en lo difícil que iba a ser atravesar el monte con aquella media luz. Y con una carga bastante grande sobre sus espaldas empezaron la caminata. La lluvia no estaba mucho más fuerte pero parecía que en cualquier momento se podía desatar un aguacero torrencial. Iban por un sendero muy angosto que desaparecía en algunas partes, entonces tenían que abrirse camino agachados o gateando. La precipitación no caía directamente en las partes más densas del monte, solo sonaba allá arriba y resbalaba lentamente por incontables hojas diminutas. Cuando los oscuridad fue mucha encendieron sus linternas, mas una luz puede traer confusión en un lugar muy tupido porque los haces de las linternas solo iluminan pequeñas partes y generan muchas sombras movedizas.

Cerca del límite del monte el terreno empezaba a elevarse. Suspiron al salir de la fronda e hicieron una pausa porque desde ahí la subida era bastante pronunciada. Llegaron al nivel de los árboles y lo sobrepasaron al alcanzar la cima. Allí era un buen lugar para acampar, era campo y desde ahí ese paisaje se extendía hasta levantarse en unos cerros kilómetros más allá. El monte era ahora una gran masa negra que murmuraba bajo la lluvia. En esas condiciones pasaron mucho trabajo levantando de nuevo la carpa mas ellos estaban acostumbrados a condiciones malas. Al fin respiraron aliviados bajo la protección emparchada. Cuando encendieron un farol para comer algo el golpeteo en la carpa empezó a disminuir.

—¡Ya te lo decía yo! —exclamó Federico—. No iba a ser gran cosa, viste.
—Por ahora no, pero puede empezar más fuerte, y si nos agarra allá abajo, ¿quién nos salva?
—Es esto nomás, una lluvia como para refrescar, pura ruidos, la tal tormenta de verano que le llaman. Pasamos trabajo al santo botón.
—Puede que sí, pero lo que yo sé es que aquí voy a dormir tranquilo, y allá abajo no. ¿Dónde pusiste el pan? Me suenan las tripas.
—Sí, tus tripas suenan más que la tormenta ¡Jaja! Ahí tienes, y la carne seca. ¡Ah! Casi me olvido, ¿y el paquete de tabaco que me gané?
—Todavía es temprano, no te sientas ganador todavía, esperemos a la mañana.
—Bueno, igual te voy a ganar. Escucha, está parando ¡Jajaja!

Y paró, aunque en la lejanía seguían retumbando truenos. Cansados por la jornada, se durmieron al rato de haber comido. Simón se despertó al amanecer y salió de la carpa. Un momento después llamó a su compañero.

—¡Hora de levantarse! ¡Tenías razón, al final no llovió casi nada!
—Te lo dije —comentó Federico bostezando dentro de la carpa. Cuando salió quedó asombrado.

Simón sonreía ampliamente. Delante de ellos, donde antes había un monte ahora era todo río y solo unas pocas copas sobresalían de la superficie. El agua corría llena de líneas de corrientes y remolinos. Había anegado todo el monte y se encontraba apenas por debajo de la cima donde estaban ellos. En la zona había llovido poco pero río arriba habían caído verdaderos diluvios durante toda la noche. Federico entró a la carpa y salió con un paquete de tabaco sin abrir. Nunca en su vida se alegró tanto al perder una apuesta. 

3 comentarios:

  1. Que buen cuento, excelente como siempre

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  2. Gracias Raúl y William. Este cuento en realidad es bastante realista, hay zonas en el monte ribereño que se inundan rápido; de hecho, yo he estado en situaciones parecidas a los personajes. Por suerte también salí bien; a otros los encuentra después el pan bendito. Saludos!!

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