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domingo, 5 de febrero de 2017

Cuentos De Fútbol

                                      Fútbol De Miedo
Aquel partido de fútbol fue el más extraño que viví y nunca lo voy a olvidar. Mi cuadro había ganado el campeonato del barrio y quisimos ampliar nuestros horizontes. Al enterarnos que en un pueblo iban a hacer un campeonato con un premio bastante interesante, nos inscribimos por teléfono y el día del campeonato partimos en camión.
 
Entre amigos cualquier viaje parece más rápido, pero hacía rato que estábamos en el camino y por lo único que pasábamos era por campos, allá cada tanto algún caserío entre plantaciones, algunos establecimientos rurales y franjas de monte. “¿Tan lejos queda ese lugar?”, pensé. Le pregunté a mis compañeros y resultó que ninguno había ido antes. Lo único que había escuchado uno era que allí los locales siempre ganaban. Saber eso me llenó de curiosidad. O en aquella zona eran muy buenos jugando al fútbol o se trataba de algo más, tal vez los árbitros robaban. 

Seguimos en el camino no sé cuánto más hasta que finalmente llegamos al dichoso lugar. Lo primero que hice al bajar del camión fue mirar en derredor. “¿Dónde estará la cancha”. Le preguntamos a un lugareño. Sonriendo sospechosamente nos señaló un sendero con el brazo y dijo que los partidos eran más allá, siguiendo ese sendero. Todos devuelta al camión y seguimos aquella huella. No mucho más adelante cruzamos frente a un cementerio, y para nuestra sorpresa, al lado de este se encontraba la cancha. Nos miramos entre todos. Estaban rodeados de campos pero la hicieron allí, al lado del cementerio. Nunca vi ni volveré a ver un “estadio” tan particular: De un lado había dos filas de tablones que servían de gradas y allí estaban los espectadores, del otro lado, muy cerca del límite, también había gente pero ninguna estaba viva.

También había equipos de otros lados y todos parecían tan sorprendidos como nosotros. Los del lugar tenían varios equipos; eran los visitantes contra ellos. El asunto no me gustó nada, a ninguno le cayó bien. Si fuera mas cerca hubiéramos dado vuelta, mas ya estábamos allí y no pensábamos volver sin por lo menos intentarlo. Los cuadros inscritos debían pagar cierta cantidad de dinero. Todos los jugadores pusimos una parte igual. Empecé a sospechar que aquella inversión se iba a volver una pérdida. ¿Cómo jugar bien teniendo una vista tan deprimente y lúgubre al lado? El cementerio empezaba más o menos a cuatro escasos metros del límite de la cancha y no tenía muro, solo un alambrado. Y los locales tenían una carta bajo la manga. Empezó el primer partido; nosotros jugábamos después. Resultó que no había alcanza pelotas, y cuando salía rumbo al cementerio tenía que ir a buscarla uno porque solo había un balón en juego.

Los del lugar saltaban el alambrado para buscar la pelota y volvían como si nada. Al primero del otro equipo que fue a buscarla lo vi volver pálido. Los jugadores del lugar eran realmente malos, pero los otros empezaron a distraerse al final y los del pueblo ganaron igual. Nos llegó el turno. Les hicimos un gol en los primeros momentos y no demoramos en hacer el otro. La cosa venía bien. Cuando la pelota salió hacia el cementerio y teníamos que sacar nosotros mis compañeros se apartaron o miraron hacia otro lado. Tuve que ir yo. Los hinchas contrarios (que eran todos) empezaron a abuchear cuando dudé. Salté el alambrado. “Dónde cayó esta condenada pelota?”, pensé. Apenas avancé unos metros y los panteones casi me tapaban la visión de la cancha al voltear. Caminé mirando hacia todos lados. De repente el balón apareció rodando hacia mí. Aliviado por encontrarlo, durante el primer instante no me di cuenta. Apenas lo tomé pensé “¿Y quién me lo alcanzó? Entonces miré hacia todos lados pero no vi nada. Salí corriendo y crucé el alambrado de un salto. Los espectadores y los jugadores rivales lanzaron una carcajada.

Ahí terminó el partido para mí. Además de distraerme completamente no quería ni tocar la esférica por miedo a que saliera hacia aquel lugar horrible. Lo mismo le pasó a mis compañeros y así perdimos seis a dos. Los cuadros locatarios ganaron todos los partidos. Resultó que a mis compañeros les pasó lo mismo que a mí cuando fueron a buscar el balón. En el momento no lo consideré, estaba muy impresionado, por no decir asustado, pero probablemente, seguramente más bien, entre los panteones debían estar escondidos algunos chiquillos y fuimos víctimas de una jugarreta.
                                         Ayuda Del Cielo
Las estadísticas no nos favorecían pero nuestro técnico tenía fe. Como su jugar contra otro equipo que sabíamos era superior no fuera lo suficientemente preocupante, el estadio estaba repleto de sus hinchas. Cuando salimos a la cancha miré hacia atrás y aquello era un hormiguero de gente saltando y gritando, sonaban varios bombos, trompetas, y volaba en el viento toda una lluvia de papeles picados. Venían a festejar el triunfo de su cuadro y tenían buenas razones para creer que ganarían. Pero en el fútbol suele haber sorpresas y un partido se gana solo cuando termina.

El árbitro hizo sonar su silbato y tocamos nosotros. La perdimos enseguida y se nos vinieron encima. Vi que el técnico de ellos observaba el partido con los brazos cruzados, sonriendo y sin dar ninguna indicación; en cambio el nuestro no paraba de gritar y en cada jugada de riesgo que sufríamos poco le faltaba para arrancarse los cabellos con las manos. Nos dominaron tan rápido que pronto nos vimos casi defendiendo bajo nuestro arco. Por suerte nuestro guardameta estaba iluminado ese día y atajaba hasta el aire. Todos participamos en la defensa. Salvamos pelotas no sé cómo, y los palos y el travesaño jugaban para nosotros. Los parciales del adversario alcanzaban a levantar los brazos para festejar un gol pero siempre nos salvábamos en el último instante. Y así, milagrosamente, terminó el primer tiempo sin que nos hicieran ni un gol.

En el vestuario el técnico nos dijo que nos tuviéramos fe, que el cielo nos iba a ayudar. Cuando volvimos a la cancha me asombró lo mucho que había oscurecido. En el cielo se amontonaban inquietas unas nubes oscuras, negras algunas y media verdosas otras, y soplaba un viento tibio cargado de humedad. Pensé que si llovía eso podría estorbar el buen juego de los otros y así beneficiarnos. Mas el partido fue avanzando y no caía ni una gota, aunque seguía empeorando. Fue casi un calco del primer tiempo; mi cuadro colgado en el arco y los otros agarrándose la cabeza y lamentándose por cada gol errado. Ese tiempo fue otro calvario para nosotros. Contra todas las probabilidades, llegó el minuto cuarenta y cuatro y seguíamos cero a cero. Entonces recibí la pelota y corrí hacia el área de ellos. Me cerraron tres defensas por el frente y también se me venían por los lados, y no tenía a ningún compañero a la vista. Para mi suerte, en ese preciso momento se desató sin anunciarse una lluvia de piedras, y todos se agacharon o se cubrieron la cara al ser alcanzados. Todo pasó en un instante. A mí me alcanzaron algunas pero igual pude reaccionar. Tiré y, ¡gol! El juez alcanzó a ver la jugada, dio el gol y terminó el encuentro. Salimos corriendo rumbo a los vestuarios. Los otros protestaron mas ya no había nada que hacer, mi gol fue válido, aunque reconozco que saqué ventaja de aquel incidente, pero tal vez el cielo así lo quiso.  

2 comentarios:

  1. Hola tocayo me parecio muy creativo e ingenioso nunca lei cuentos de futbol jeje buena esa..casi no hay de futbol verdad? Saludos monteses..W

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  2. En la red sí hay, aunque algunos son... medio cuentos diría yo ¡Jaja! Digo, son más bien anécdotas.
    Tengo por ahí, en mis carpetas, un par de fútbol y terror sin terminar. Voy a ver si les agrego otros y los subo algún día de estos. Gracias Willy. Saludos!!

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