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miércoles, 1 de febrero de 2017

Cuentos De Seres Del Bosque

                                         El Invasor
Un ser enorme salió de las sombras del bosque y se fue acercando a la cabaña de Jonathan. El ser se detenía por momentos para olfatear el aire y después seguía rumbo a la vivienda...

La noche estaba cerrada, muy oscura, y el invasor era igual de oscuro. Dentro de la cabaña Jonathan estaba armando unos señuelos; no le gustaba comprarlos en la tienda del pueblo porque pensaba que eran menos efectivos. Planeaba ir a pescar salmones. “Mañana me espera una buena pesca, seguro va a estar muy divertida”, pensaba, al tiempo que miraba a trasluz uno de sus señuelos. “Es la mejor época aquí en Canadá. Y podría ser mejor si no fuera por los osos, siempre merodean la costa y…”, dejó de pensar porque escuchó un ruido. El suelo del porche crujía bajo un peso enorme. Ahora sintió que olfateaban ruidosamente del otro lado de la puerta. “Un oso… y justo hoy que estoy sin arma”. El día anterior le había prestado la doble caño a un conocido. Del otro lado el oso empezó a arañar la puerta con fuerza.

—¡Fuera, lárgate de aquí oso! ¡Fuera! —gritó con todas sus fuerzas Jonathan.

El oso no se sorprendió, ya sabía que el hombre estaba allí, lo había olfateado, y no le temía a los humanos. Empezó a rodear la cabaña, olfateando ruidosamente. El animal halló la ventana. La abertura no era de vidrio, era de madera, un buen empujón y se abriría. Jonatan ya se había armado con su hacha pero deseaba que el animal no entrara. Solo como un último y desesperado recurso se enfrentaría a mano contra un animal tan poderoso. El gigantón se irguió sobre sus patas traseras y descargó su descomunal peso sobre la ventana, que apenas recibió el impacto de las patas delanteras se desarmó en parte y se abrió de par en par. Entonces el oso se asomó, miró al hombre (que ahora sostenía también un leño con la punta encendida que sacó de la estufa) y luego empezó a pasar su cuerpo de barril por la abertura. Los movimientos del oso eran ágiles pero su cuerpo era tan ancho que su panza se vio apretada en la abertura, mas de todas formas consiguió entrar después de algunos quejidos y movimientos hacia los lados.  Sin más demoras fue hasta la despensa y empezó a revisar todo. 

Ahora el dueño de la cabaña no quería gritarle. Mientras no intentara acercarse a él se iba a mantener acoquinado en su rincón, con su hacha y su leño encendido entre sus temblorosas manos.  Mientras el oso devoraba cuanto alimento encontraba volteó varias veces hacia Jonathan, indicando que no se olvidaba de él.  El intruso destrozó casi todo y ni los frascos con conserva se salvaron, una vez rotos contra el suelo el oso devoró ruidosamente su contenido.  Al asustado propietario del lugar le pareció que aquello duró horas.  De pronto el enorme animal caminó pesadamente hacia la abertura que forzó, le echó una última mirada y después salió por la ventana, esta vez con más dificultad aún porque su panza había aumentado. 

Al verse librado del invasor Jonathan se sintió aliviado, luego molesto. “¡Maldito oso!”, pensó, luego se dio cuenta de algo. El que había invadido primero el lugar del otro era él: Muchas veces había talado árboles del bosque, que es el hogar de los osos, y todos los años competía contra ellos por el salmón, cosechaba arándanos salvajes, piñones, moras, recursos que los osos usan, alimentos que los mantenían desde mucho antes que el ser humano pisara aquellas tierras. El invasor era él. Entonces se alegró de no tener un arma esa noche. 
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                                       El Pastor
No había en aquella región un pastor más dedicado a sus ovejas que Enrique. Hasta el día de hoy se cuenta su historia, aunque ahora muchos la tomen solo como un cuento divertido nomás, sobre todo por algo extraordinario que le sucedió una vez. 

Enrique, con su bastón y un zurrón cruzado al hombro, todos los días bajaba y subía laderas verdes tras su rebaño. Llevaba a sus ovejas a los mejores valles aunque éstos se hallaran lejos, y cuando pastaban mansamente él vigilaba los alrededores dando vueltas en torno al rebaño. Otros pastores y gente de la zona lo veían partir con el alba y regresar cuando las sombras ya dominaban los cerros.  En esos tiempos no era raro que una luz recorriera el corral de Enrique a cualquier hora de la noche; era él, que al escuchar cualquier ruido sospechoso salía a revisar el lugar con un farol en la mano.  Cuando en la región se celebraba alguna fiesta a la que todos iban y la gente danzaba en torno a fogatas, a Enrique sólo le llegaban los ecos apagados de esas algarabías porque ni esos días abandonaba a su rebaño. 

Tanta era su dedicación que al parecer, una vez un ser muy particular, uno de esos seres antiguos que normalmente escapan a la visión de la gente, quiso unirse a su rebaño para también ser cuidado con aquel esmero. Sucedió cuando se iba apagando un día nublado y Enrique traía a su rebaño de regreso, luego de un día de pastorearlo en una zona que frecuentaba poco. Iba bordeando a una distancia prudente a un bosque que a esa hora ya estaba oscuro, cuando súbitamente notó algo raro. Inmediatamente buscó con la vista, y al contar las ovejas, había una de más. Al saberse descubierto aquel ser antiguo del bosque se irguió sobre sus patas traseras, y sin cambiar del todo su forma de oveja, se adentró en el bosque corriendo en dos patas-piernas. 

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