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viernes, 3 de febrero de 2017

De Humor Cortos

                                   El Médico Brujo
El médico brujo de una tribu estaba dando consulta en su choza:
-¡Que pase el siguiente! -gritó el brujo.

-Doctor brujo, a mi me duele el estómago -dijo un paciente.
-No es necesario decirme doctor brujo, dígame doctor nomás. Tome esta piedra y frótese la barriga con ella, así se va a aliviar. ¡Que pase otro!...

Se acercó una anciana, rengueando.

-Me duele muchísimo esta rodilla -dijo la anciana.
-Para la rodilla le voy a recetar esta pata de pájaro. Frótesela cuatro veces en la rodilla, dos veces al día. No abuse de la pata de pájaro, úsela las veces que le indiqué, si la usa demás se puede volver adicta al medicamento.

Entró a la choza un indio encorvado, con cara de dolorido.

-Tengo la espalda muy mal, con mucho dolor -aseguró éste. El médico brujo buscó en sus cosas y sacó un cactus pequeño.
-Aquí está.
-¿Ese es el remedio? -preguntó el paciente muy sorprendido.
-Sí, para el dolor de espalda no hay como el cactus.
-Sabe doctor, ya me siento mucho mejor, no voy a necesitar el remedio.
-Espere, el cactus no es para frotarse la espalda. Tiene que sacarle la pulpa y comerla -aclaró el brujo.

Al rato entró un indio con una flecha clavada en el pecho.

-Ya veo que lo hirieron en la guerra -observó el brujo.
-No, esta flecha me la clavé yo solo. Estaba aprendiendo a tirar con el arco y lo usé al revés. 
-Suele pasar, he atendido unos cuantos casos así -el brujo buscó entre sus cosas y sacó un mapa-. Tiene que ir hasta este lugar, está señalado con esa cruz. Ahí se va a curar.
-¿Qué hay ahí doctor, es una tierra sagrada, un lugar milagroso…?
-No, nada de eso, ahí esta el campamento de los hombres blancos, y tienen un hospital. 
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                                           El Examen
La maestra observaba atentamente a sus alumnos desde su escritorio: era día de examen.
Un alumno de cabello despeinado miraba la hoja de reojo, a la vez que hurgaba su nariz. Otro estaba inclinado sobre su hoja de examen cubriéndola con los brazos para que no le copiaran, y cada tanto miraba a su alrededor con cara de desconfianza.  
Algunos masticaban el lápiz, otros se afanaban en sacarle punta y cuando iban a escribir se les rompía. 
Uno de los niños estaba apostando a su suerte, respondía cualquier cosa, era su método y algunas veces le funcionaba. Ese siempre esperaba el resultado de los exámenes con ansia, como quién juega a la lotería.

-Terminé, maestra -dijo una alumna, la más adelantada de la clase, y al decir eso desató una serie de miradas envidiosas.   
-Muy bien, deje la hoja aquí en el escritorio -y mirando a los demás alumnos la maestra preguntó:-. ¿Quién terminó también? 
-Yo no -contestó Marco, el más travieso de la clase. 
-No me extraña. ¿Cuántas preguntas has contestado, Marco? 
-Con esta que le estoy respondiendo ahora, dos.
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                                    El Humorista
El dueño del bar lo presentó y Bruno subió al escenario. Era el primer humorista que actuaba allí. El salón estaba repleto; la gente lo recibió con un gran aplauso. Bruno agradeció y comenzó su rutina:
-¿Alguien entiende a los científicos? Yo no. Dicen que hay calentamiento global pero los inviernos son cada vez más fríos -Bruno caminaba por el escenario y hacía gestos amplios con los brazos- ¡No hay quién los entienda! El otro día tuve que abrigarme tanto que no entraba por la puerta de mi casa.

El público estaba inmutable y silencioso. De repente se escuchó una carcajada; el que reía era un hombre que estaba recostado en la barra. Inmediatamente la gente se volvió hacia él.  El tipo dejó de reír y dijo en voz alta:

-No me estoy riendo de la rutina del humorista. Me reí porque recordé un chiste.

A la mayoría le pareció buena la broma del tipo. Bruno siguió como si no hubiera  escuchado nada:

-¡Ah, estos científicos! El otro día fui a un doctor de medicina general; me dijo que si no comía más sano iba a enfermar del corazón. ¡Le estaba serruchando el piso a sus colegas cardiólogos! Tendría que decirme: usted coma lo que quiera, si enferma del corazón mis colegas cardiólogos lo van a atender. 
-¡Hubieras visitado un psicologo! -gritó el que estaba en la barra-, por ese problemita de creerte humorista.  

Algunas personas del público lanzaron una carcajada, otras reían disimuladamente. Bruno de nuevo fingió que no escuchó  y continuó:

-En otra ocasión fui a un doctor y enseguida comenzó a hacerme preguntas:  ¿Le duele esto? ¿En dónde siente el malestar? Me hizo varias preguntas pero yo no le respondí ninguna. ¡Con lo caro que cobran una consulta y quieren que uno les de pistas! ¡Si quieren mi dinero que se lo ganen!
-¡Tus chistes son tan graciosos como una patada en los h…s! -gritó de pronto el de la barra. Esta vez la carcajada fue general. Todos rieron a mandíbula batiente. 

Uno de los encargados de seguridad se arrimó al dueño del Bar y le dijo:

-¿Quiere que saque a ese tipo, al que esta molestando al humorista?
-No. Bruno trabaja con él, el de la barra también es humorista, es parte de la rutina. El público cree que se están burlando del humorista ¡Jaja!

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