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martes, 28 de febrero de 2017

El Bosque Antiguo

Manuel se consideraba un cazador de imágenes. Le gustaba fotografiar la naturaleza y sus diferentes paisajes. Recorría grandes distancias en su camioneta buscando pequeños parajes aislados, prístinos, y cuando al fin los hallaba en zonas remotas pasaba días acampando en ellos para tomar sus fotos. 

Había encontrado un bosque particularmente encantador y antiguo. Juzgaba que no debía ser muy grande, pero en el interior de aquel bosque se sentía como si estuviera en una vasta zona subtropical, en un bosque húmedo. Manuel decidió pasar unos días en él. Resguardó su vehículo en un sendero, y se adentró maravillado en aquel mundo de sombras y haces de luz, que bajaban rectilíneos desde las frondosas copas de los añosos árboles, hasta los siempre húmedos helechos. Iba con su cámara de fotos colgada al cuello, atento a todo.   Inmensos troncos caídos demostraban sin dejar dudas la notable antigüedad de aquel bosque, y los musgos que cubrían casi todo le daban un aire misterioso al lugar.

Dividían aquella fronda numerosos arroyuelos: algunos corrían entre piedras redondeadas y sus aguas eran claras y rumorosas, otros más profundos pasaban lentamente arrastrando un agua más turbia, y en sus orillas crecía un desorden de plantas donde croaban ranas y sapos.  Sobre los troncos caídos crecían grandes hongos de variadas formas. Entre los árboles se entreveraban marañas de enormes helechos y sus partes más tupidas estaban cruzadas de senderos de liebres. Cada pocos pasos un pájaro volaba repentinamente desde un árbol, o algunos grajos armaban un escándalo de graznidos en las copas. También se veían señales de grandes animales, escarbadas de jabalíes y troncos descortezados en parte por las astas de los ciervos. Manuel se detenía a veces, buscaba una buena posición y sacaba una foto, siempre sonriendo. 

Acampó en un claro, cerca de un arroyuelo bajo y cantarín que pasaba entre grandes rocas medio verdosas. Cuánta paz y serenidad había en aquel lugar. El ruido del agua, el canto de los pájaros, sombras refrescantes, luz tibia; una maravilla. Estando allí pensó que por suerte aún quedaban lugares prístinos en un planeta tan sobreexplotado por el ser humano. Quiso fotografiarlo todo; en cada recoveco del sendero había algo hermoso. Por suerte había llevado varias memorias para su cámara porque todo en aquel lugar merecía ser fotografiado. Lo inquietó un poco la idea de que en un futuro cercano tal vez sus fotografías serían lo único que quedaría de aquel lugar. Trató de no pensar en eso. Si ese futuro sucedía al menos quedaría algo de aquella belleza natural. Pero una imagen solo podía captar una pequeña parte de aquella belleza, porque el resto eran aromas, sonidos y la atmósfera misteriosa del lugar.

Pasó dos días enteros allí. Al abandonar el bosque sintió bastante pesar mas se consoló pensando que pronto volvería. Unos días después un amigo cineasta lo contrató para una larga expedición en la selva, y era algo demasiado bueno para rechazarlo. Casi al terminar esa aventura contrajo malaria. Volvió al hogar bastante maltrecho y tuvo que hacer un largo reposo.  Cuando se sintió lo suficientemente fuerte de cuerpo y de ánimo quiso volver al bosque aquel. En ese entonces ya había pasado más de un año desde su visita.
Aún estaba algo lejos del lugar cuando cruzaron por él unos camiones con madera, con enormes troncos. Aquello no era bueno, venían de la dirección del bosque. Manuel comenzó a angustiarse. Pasaban por él un camión tras otro y el camino estaba destruido por esos vehículos. 

Tras detener su camioneta, miró hacia un lado y después se llevó las manos a la cabeza. Ya no quedaba casi nada de aquel hermoso lugar que durante tanto tiempo había sido frondoso. Unas máquinas enormes todas llenas de lodo, como gigantes sucios, levantaban los troncos cortados y los apilaban sobre los camiones, y aquel paisaje ahora era desolación, troncos tendidos y naturaleza aplastada. 

7 comentarios:

Raúl Sesos dijo...

Posiblemente basado en hechos reales, muy bueno

Jorge Leal dijo...

Pues sí, en varios casos. Un ejemplo sería un pequeño bosque de eucaliptos y pitangueros (un árbol nativo) en el cual anduve mucho y durante un lote de años. Ese lugar me ha servido de escenario para un lote de cuentos, imagínate, en una parte tenía una casa abandonada. Bueno, en todo ese lugar ahora hay viviendas. Supongo que es lo que pasa cuando vamos quedando viejos ¡Jaja! Gracias Raúl. saludos!!

Anónimo dijo...

Tocayo sabes lo duro que soy y todo eso,pero senti un nudo en la garganta y algo que salia de mis ojos que no sabia que aun los producia jeje..me toco el cuento hermano de verdad..ah saludos para mi compatriota Raul,Willy de Paraguay

Jorge Leal dijo...

Será porque eres un amante de la naturaleza. Yo ya no voy a algunos lugares porque me entra la nostalgia ¡Jaja! A otros ni los miro. En un campo donde antes juntaba huevos de perdiz ahora hay un tipo metalúrgica o algo así, un lote de galpones inmensos. Pero claro, en Uruguay lo que sobra es campo. Gracias Willy. Saludos!!

Raúl Sesos dijo...

Gracias Willy! Hace poco estuve por Villarrica Paraguay que genialidad fue, te envío un saludo shera'a! A los dos. Encantado siempre de visitar Este blog

Raúl dijo...

no muy distante de la realidad....que triste que nosotros mismos estamos acabando con la naturaleza....un saludo desde México

Jorge Leal dijo...

Así es, Raúl. De hecho, este cuento está inspirado en lugares que conocí. Gracias. Saludos!!

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