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lunes, 27 de febrero de 2017

El Caminante

Todas las pertenencias de Pedro cabían en un bolso. Tenía barba desprolija, pelo largo y caminaba por la ruta con el paso lento de los que han dejado muchos kilómetros atrás. Ahora lo rodeaban algunas plantaciones, por lo que supuso que no debía estar lejos de algún pueblo.
 Cuando algún camión se le acercaba, Pedro pedía un aventón levantando su pulgar, pero nadie paraba. El atardecer había dorado más a un trigal inquieto cuando Pedro llegó a un pueblo. Las calles estaban limpias, había árboles en las veredas y algunas vecinas conversaban con las escobas en las manos. Cuando él pasaba volteaban disimuladamente, después se acercaban más y cuchicheaban algo. Un grupo de vecinos no fue tan discreto; hablaron de él cuando lo vieron venir por la calle, y un hombre con sonrisa falsa salió a saludarlo, sin darle la mano: 

—Hola. Disculpe si le parezco un poco entrometido, pero verá, aquí es un pueblo chico y nos conocemos todos, y uno es así ¡Jeje! ¿Anda de paso nomás o piensa quedarse? 
—Pensaba quedarme un tiempo —dijo Pedro. 
—¡Ah! Bueno… Bienvenido entonces. Seguro que aquí encuentra trabajo enseguida, trabajo es lo que sobra por aquí, sí señor. Eso sí, son tareas duras, exigentes, de rigor. Pero seguro que eso a usted no le importa —el tipo terminó de decir eso y volteó hacia los otros haciéndoles un guiño. 

Pedro atravesó el pueblo y tomó otra ruta que se iba oscureciendo en el ocaso. El tipo que hablara con él, le comentó a los otros cuando lo vio alejarse del pueblo: 

—Que fácil es engañar a estos vagabundos y deshacerse de ellos. Es solo hablarles de trabajo y se van ¡Jajaja! 
—Por algo son vagos —afirmó un señor de vientre enorme, despertando nuevas risas con su afirmación. 

Más allá, en la ruta ahora oscurecida, Pedro caminaba y pensaba. No tenía caso quedarse en un lugar donde evidentemente no lo querían. Tal vez su hogar estaba más adelante, en otro pueblo. Pero un pensamiento sombrío que nunca lo abandonaba se le apareció de pronto.  Tal vez nunca le iban a dar una oportunidad, ya era un despojo. Era alguien que todos evitan mirar, aunque casi nadie está del todo libre de caer en una situación así. 
Y siguió caminando lentamente por la ruta oscurecida. 

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