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lunes, 13 de febrero de 2017

El Hombre Muerto (cuento de vaqueros)

Un caballo y su jinete, un vaquero, avanzaban lentamente por el desierto bajo un sol calcinante. Iban por un paisaje de rocas, arena, matas de pastos resecos y crujientes, cactus y plantas  bajas y espinosas. Habían tomado un sendero que cruzaba al lado de un gran promontorio rocoso. Ubicado en la cima de ese lugar, Bob los observaba acercarse desde hacía un rato, y no tenía buenas intenciones.
 
Por una serie de acontecimientos que Bob llamaba, mala suerte, todo lo que tenía era lo que cargaba con él, y eran pocas cosas. Por eso pensaba hacerse con algunas cosas ajenas. No sabía si aquel vaquero tenía algo de dinero, si era así, mucho mejor, si no era el caso, de todas formas después de matarlo iba a tomar hasta sus botas para venderlas. Ya varias veces había caído hasta el fondo y se había recuperado a medias de esa forma. Se iba al desierto, elegía un buen lugar desde donde acechar y esperaba una oportunidad. Sus presas eran viajeros solitarios. Ahora tenía otra oportunidad. Sonrió mientras apuntaba su rifle. Solo tenía treinta y cinco años pero por la vida que llevaba tenía la cara llena de arrugas, y cuando sonreía con malicia parecía un viejo diabólico. Se hallaba acostado boca abajo, mirando sobre el caño del rifle.

 Cuando su dedo estaba por tocar el gatillo sintió un ruido muy sutil pero que se originaba a su lado. Empezó a ladear la cabeza hacia el hombro donde tenía recostada la culata. La vio de reojo y quedó inmóvil. Una enorme serpiente de cascabel se acomodaba amenazante. La sonrisa se borró de golpe en la cara del acechador. El reptil formó una S con la parte levantada del cuerpo y empezó a sonar su característico cascabel. 

Por la posición en la que se encontraba Bob y por la proximidad del animal, lo único que podía hacer era quedarse inmóvil y esperar que no lo atacara. Los segundo empezaron a pasar lentamente para él. El reptil hamacó la cabeza hacia atrás y hacia adelante, la lengua fina y dividida siempre probando el aire, y levantó un poco más la parte del cuerpo que había despegado del suelo. Solo fue una amenaza de ataque, y como el hombre parecía una estatua de tan quieto que estaba, la serpiente empezó a moverse hacia un lado después, en retirada. El tiempo pasaba lentamente para Bob. Finalmente el animal se alejó lo suficiente y el hombre desvió la mirada. Su sentido del tiempo se había distorsionado mucho por el apuro. Creyó que el jinete ya estaría más lejos pero estaba cruzando justo frente a él. Sonrió de nuevo arrugando la cara, apuntó, el dedo ahora sí tocó el gatillo, y después sonó un disparo que el paisaje repitió varias veces.

—Creíste que te ibas a salvar, desgraciado —dijo Bob al ponerse de pie—. Pero ya eras un hombre muerto ¡Jajaja! 

Y escupiendo hacia un costado miró con ojos de revancha a la serpiente que se deslizaba bajo una mata reseca. El jinete había caído y su caballo había corrido unos pasos pero se detuvo y volvió la cabeza hacia su amo tirado en la arena. Al sonar otro disparo la serpiente quedó con la cabeza destrozada. Bob escupió hacia el cuerpo que se retorcía y giraba en su agonía. “Maldita, no sé cómo me sorprendiste, pero caro lo pagaste”, pensó. Después levantó los hombros al inspirar profundamente porque se sintió sin aire, levantó la mirada hacia el sol y la apartó inmediatamente, y se enjuagó el sudor que le corría a chorros desde la frente. “Que diablos, no me siento nada bien”, pensó. Sin darse cuenta su mano derecha bajó hasta una parte de la pierna y allí sintió el dolor. Un rato antes, mientras se arrastraba oculto buscando un buen lugar desde donde tirar, creyó que una rama suelta con espinas le había pinchado la pierna. No le dio importancia porque no puedes arrastrarte por el suelo sin sentir algo incómodo. Ahora se preguntaba si aquello no había sido obra de la misma cascabel. Él sabía que no siempre sacuden su cascabel. ¿Podría ser eso? 
Un dolor que le llegó como punzada le aclaró que sí, lo había mordido. Por lo que sentía a cada instante, aunque trató de negarlo en un primer momento, supo que iba a morir. Él, que acababa de matar a un hombre, también era un hombre muerto. Sonrió, esta vez pensando en lo irónico de la situación, y cayó desplomado para no levantarse más. 

Del otro lado del promontorio rocoso, el caballo se acercó a su amo y emitió unos sonidos que parecían un llamado. El hombre tirado en el suelo se movió, después se enderezó de golpe, y con un gesto de dolor buscó algo entre sus ropas, en la parte del pecho. Sacó una petaca metálica que estaba abollada. El ángulo de la bala y aquel obstáculo duro hicieron que esta rebotara. El vaquero se levantó, montó de un salto y se alejó al galope.   

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Quien mal anda mal acaba tocayo y la vida de bandido termina asi tarde o temprano..buen cuento,saludos..W.

Jorge Leal dijo...

Es cierto, aunque en vez de víboras los termina liquidando alguna bala o un filo ¡Jaja! Saludos willy!!

Unknown dijo...

Interesante.

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