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martes, 14 de febrero de 2017

La Madera Milagrosa

La actividad de Luciano no era particularmente peligrosa, pero él tenía una vulnerabilidad. Su verdadero oficio era tallador, trabajaba a mano piezas pequeñas de madera. Hacía principalmente animales, aunque si su instinto artístico veía a una persona en una pieza de madera, la hacía y a todos le gustaba porque el hombre era hábil. Pero esa actividad no implicaba ningún peligro, a no ser algún pequeño corte en la mano allá cada tanto, corría peligro cuando obtenía su materia prima.
 
Para poder vender barato su arte no compraba madera, la juntaba en el monte. Tampoco talaba árboles porque siempre había tenido una especie de conciencia ecológica intuitiva. Solo tomaba la materia prima de árboles que ya estaban muertos, y muchas veces estos se encontraban en el río, arrastrados por las crecientes; ahí estaba lo peligroso porque Luciano solía andar solo y no sabía nadar. De pequeño casi se había ahogado antes de aprender a nadar y nunca más quiso aprender. Y lo útil que le sería, porque a veces se quedaba mirando alguna madera buena pero inaccesible a su gancho y su cuerda, que era lo que usaba para sacarle al río ese preciado material. Las veces fáciles hallaba los árboles en el monte y él único trabajo (aunque no poco) era trozar y cargar el material. 
En una ocasión salió al monte ribereño después de una gran creciente. Las aguas ya habían bajado hasta el cauce pero todavía corrían con mucha fuerza. El suelo del monte era pura lodo pegajoso y resbaladizo y por todos lados se veían pruebas de que el agua había cubierto la zona por varios días. Como los pájaros todavía no volvían el ambiente estaba silencioso. Los mosquitos, moscas picadoras y jejenes habían aumentado desmesuradamente su número y eran una molestia que lo atacaba por todas partes. Nubes de mosquitos sobre el barro, humedad en cada rama y un suelo que se le iba pegando bajo las botas para hacer cada paso más inseguro. Ya se estaba arrepintiendo de haber ido ese día cuando salió en un claro. El claro tenía una salida hacia el río. Esa orilla caía verticalmente y el agua estaba como a cinco metros más abajo. Luciano se arrimó al borde de la barranca y miró lo que había abajo. ¡Un golpe de suerte! No solo vio un tronco de buen grosor para sus propósitos, también identificó que era de una madera excelente, y se veía que no estaba podrido ni muy viejo. El tronco se había atascado apenas en las ramas de un sarandí que estaba casi todo sumergido. Mirando hacia abajo calculó a ojo el peso de su botín. Llevaba como siempre su gancho de hierro y una soga fuerte. Le preocupó tener que arrimarse mucho al borde para levantarlo. Se asomó a evaluar bien su jugada. 

No se había arrimado demasiado al borde del barranco pero como todo estaba muy precario igual este cedió. Luciano gritó fuerte mientras caía. Le pareció que la caída fue muy larga. A último momento recordó aguantar la respiración.  Para suerte suya, aunque alcanzó a girar durante la caída chocó contra el agua primero con los pies. El agua lo envolvió junto al ruido del golpe. Esa parte del río era muy profunda. Se hundió por la fuerza de la caída y pasó por un instante de mucha confusión y terror. La presión del agua sobre sus oídos, la horrible sensación de seguir hacia el fondo, y cuando abrió los ojos un momento, una claridad movediza allá arriba, como si el sol estuviera justo encima de aquel elemento turbio que se lo tragaba. Como sucede en las situaciones de extremo peligro, todo sucedió muy rápido para el mundo pero pasó lentamente para él. Algo, el instinto de supervivencia o la vergüenza de morir así, por no saber nadar, le dio cierta claridad, recordó lo que le decían sus amigos sobre nadar, y empezó a manotear para alcanzar el aire. Emergió desesperadamente y salió al lado del tronco que deseaba. El movimiento de agua que produjo al caer había liberado al tronco y este derivaba de nuevo. Se aferró a él como a la vida misma y se alegró al ver que flotaba con cierta facilidad. Pasó los brazos sobre el tronco y empezó a derivar. Todavía estaba en un gran peligro. Mientras la corriente lo arrastraba le pidió a la Virgen que lo salvara, y le prometió que si lo hacía iba a hacer imágenes de ella con aquella madera. La parte del río con barrancas medía varios kilómetros, pero finalmente llegó a una parte ancha y baja y de pronto los pies de Luciano tocaron tierra. Se había salvado.

Todo el pueblo supo de su casi encuentro con la muerte, y él les contó también sobre su promesa a la Virgen.  Las viejas del lugar le aseguraron, y empezaron a desparramar por todos lados, que aquel tronco de un noble árbol era milagroso, y que por lo tanto las estatuillas que hiciera con él también lo serían. Antes de que las hiciera le encargaron varias. De primera le dio algo de pena venderlas pero necesitaba el dinero, aquel era su oficio, después ya no tuvo problemas con eso porque de todas formas la gente no las quería regaladas, tal vez por no desvirtuar su poder. Con el paso del tiempo y el aumento de la fama de sus estatuillas terminó haciendo muchas. Empezó a mermar su venta cuando ya nadie se creyó que aquella madera milagrosa pudiera rendir tanto.   

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