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domingo, 12 de febrero de 2017

Los Dueños De La Cabaña

“¡Me mató un rayo!”, pensé cuando aquella luz blanca me encegueció. Mal día elegí para internarme profundo en un bosque. Estaba buscando hongos comestibles. Cuando bajé de mi camioneta en la linde del bosque miré hacia arriba y vi que el aspecto del cielo no era nada amigable. Como el lugar quedaba bastante lejos y amo los hongos entré igual al bosque a pesar de las amenazas del cielo; no me iba a ir con las manos vacías después de manejar tanto.
Había árboles añosos y de raíces expuestas y cada tanto me topaba con un tronco caído. Algunos de los troncos caídos estaban cubiertos completamente de musgo, otros más recientes todavía se encontraban con la corteza expuesta. Pensé que allí hasta podía haber trufas, era un bosque de pinos y todo indicaba que era muy antiguo. Enseguida encontré lo que buscaba pero mi canasto era grande y tenía que llevarle algunos a Martín, un conocido que me había pasado el dato y la ubicación de aquel lugar.  

Por esa época solo había incursionado en lugares pequeños o con senderos bien marcados, por eso, aunque durante esas salidas me concentraba solo en la búsqueda y no en todo el entorno para orientarme, igual no había tenido problemas. Pero ese lugar era grande y espeso. Al darme cuenta de mi error, levanté la cabeza y giré en derredor. Demasiado tarde, ya estaba perdido. Pareció que la tormenta se había contenido con gran esfuerzo esperando a que me perdiera, porque apenas caí en la cuenta empezó a precipitar un diluvio que venía con viento. Todo se sacudía a mi alrededor y parecía que todas las ramas bajas querían azotarme. Cuando empezaron a estallar algunos rayos me preocupé. De repente una luz blanca iluminó todo y en el mismo momento hubo un estallido. Apreté los ojos y me agaché protegiendo mi cabeza con las manos como si algo me fuera a caer encima. El latigazo de una rama me avisó que estaba vivo. El rayo tiene que haber caído muy cerca, no vi dónde. Sintiendo el peligro inminente empecé a correr. Tenía que hallar un lugar protegido. El bosque se había oscurecido rápidamente.

Entre todo aquel caos de lluvia y árboles sacudiéndose, tuve la suerte de hallar un sendero, y después de recorrerlo un tramo me topé de frente con una cabaña. Sin dudar un instante fui a golpear la puerta. Toqué un par de veces y al tercer intento mi mano solo le dio al aire porque abrieron la puerta de golpe. Quedé frente a una mujer joven que me miró asombrada y con la boca abierta. Evidentemente iba a decir algo al abrir la puerta pero al verse frente a un extraño calló. Me apenó un poco haberle causado esa impresión y por eso me disculpé después de saludar:

—Hola. Disculpe si la asusté, señora. La tormenta me sorprendió mientras buscaba hongos, y, bueno, busqué un refugio. Lo primero que vi fue su cabaña y...
—Sí, no pasa nada —dijo ella después de un instante donde me examinó con la vista—. Me sorprendí porque creí que era mi marido. Él salió hoy a cazar palomas y todavía no ha vuelto. Que tormenta más fea. Pase y espere a que escampe aquí adentro. Mi marido ya debe estar por llegar...
—Puedo quedarme en el porche igual. La verdad que cuando golpeé no lo pensé bien. No quiero incomodarla, además ya estoy empapado. 
—No, no importa. Pase, no lo voy a dejar afuera con esta tormenta.
—Muchas gracias.

Y entré chorreando agua en el piso. Me resultó una situación incómoda. La educación de la mujer la obligaba a refugiarme en su hogar pero era evidente que no se sentía cómoda con eso, intuí; dejar pasar a un extraño estando sola, y todavía con aquella tormenta horrible sacudiendo y oscureciendo todo. Sentado en una silla que empapé, le dije mi nombre completo y hablé un poco sobre la recolección de hongos, para hacer más llevadera la situación para ambos. Ella se mantuvo de pie y volteaba constantemente hacia la ventana, evidentemente afligida. Fuera la tormenta amainaba un momento pero era solo para bramar y agitar todo con más fuerza después, soltando algunos rayos que hacían temblar todo. Llegó un momento de cierta estabilidad, donde solo caía lluvia pero casi sin viento, y los estruendos se calmaron. Iba a decirle que era un buen momento para marcharme, cuando la mujer se excusó diciendo que ya volvía, y salió rumbo a una habitación que había al lado. Apenas había desaparecido la puerta de la sala se abrió, entró un viento fuerte, y con él un hombre barbudo todo encapotado de negro. Al verme dio un paso hacia atrás; yo me puse de pie.
—Hola señor —le dije enseguida—. Andaba en el bosque juntando hongos cuando me agarró la tormenta. Y como para colmo ya me había perdido salí hacia cualquier lado y halle este lugar. Cuando toqué su esposa me abrió creyendo que era usted, y después fue tan amable que me dejó entrar. Ella está ahí —agregué al observar que el gesto de sorpresa del tipo se estaba volviendo desconfianza.
—¿¡Qué esposa!? ¡Yo no tengo ninguna esposa! —me dijo levantando la voz.
—¿Entonces usted no es el señor de la casa? —le pregunté, ya con un tono más firme, porque si aquel era un extraño allí no era uno amable.
—¡Esta cabaña es mía, y vivo solo aquí! —afirmó, mirándome de arriba a abajo.

Alguien estaba mintiendo y no era yo. La mujer había dicho que su marido había salido a cazar palomas, y aquel tipo andaba sin escopeta. Si ella decía la verdad aquel era un intruso; si él decía la verdad la intrusa era ella. Me sentí confundido, desconfiado, y no en menor peligro que bajo la tormenta. Nos miramos con el tipo durante un momento muy tenso. Él cambió un poco el semblante de su rostro y comentó en un tono más bajo:

—Si usted entró por la tormenta, bueno, es lo que haría yo en una situación así. Y veo que sí andaba juntando hongos. Está bien, no pasa nada, pero no me venga con el cuento de la mujer.
—No es cuento, ella está ahí en esa otra pieza. ¡Señora! ¿Puede salir, o hablar por lo menos? ¡Aquí entró un tipo que dice vivir solo aquí!. ¿Señora...? —la llamé pero no respondió. 

La cabaña era bastante pequeña, tenía que haberme escuchado. El tipo, mirándome de reojo, dio unos pasos hasta asomarse en la otra pieza y echó varios vistazos volviendo a vigilarme entre uno y otro, la mirada más que desconfiada. 

—Aquí no hay nadie —me dijo. 
—Entonces se fue. ¿Hay una puerta ahí, o una ventana por donde pueda salir?
—Una ventana pero solo cierra por dentro, y está cerrada.
—Entonces no sé, pero aquí había una mujer y ella me dejó entrar. Si tiene alguna forma de comunicarse desde aquí, si quiere llame a la policía; yo no hice nada. Solo le pido que se mantenga a unos pasos de mí, porque yo también tengo motivos para desconfiar de usted. Si no va a hacer eso me voy ahora mismo.
—Sí, mejor se va —me dijo mirándome nuevamente de reojo. 

Afuera la lluvia me resultó un alivio. ¡Que situación más loca! No sabía qué creer. Faltaba bastante para que se hiciera noche pero la tormenta había oscurecido mucho al bosque. A un trecho corto de la cabaña pensé en la mujer. “¿Y si la estoy dejando sola con este tipo? Mejor hubiera revisado el lugar. ¿Pero si ella no vivía allí qué estaba haciendo? ¿Será que esos dos me tomaron el pelo?”, pensé aún confundido. Con esa idea en mente me sentí ofendido. Volteé hacia la cabaña, que ya empezaba a esconderse entre los árboles y la oscuridad creciente, entonces un rayo que estalló arriba descubrió por un instante la imagen de una cabaña toda ruinosa, en un estado diferente al que acababa de ver. Esa imagen fugaz me estremeció horriblemente y me subió un escalofrío por la espalda. Después seguí el sendero sin estar muy seguro de a dónde saldría, y por suerte fui a dar en el camino. Encontré mi camioneta ya entrada la noche y me largué con gusto de aquel maldito lugar. 

2 comentarios:

sharoll dijo...

Hola ! Que habrá sido ?

Jorge Leal dijo...

Hola. Apariciones con problemas mentales ¡Jaja! Saludos Sharoll!!

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