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sábado, 11 de febrero de 2017

Vida Y Muerte

                                               El Perro
Leonardo vio un vehículo volcado en el costado de la ruta y supo que era algo grave. Estacionó el suyo y fue a ver si podía ayudar. El conductor había salido por el parabrisas y estaba quieto, ya sin vida, pero no se hallaba solo, tenía un guardián...

Había un perro al lado del cuerpo.  Cuando Leonardo quiso acercarse el perro se irguió y le gruñó. Estaba protegiendo lo que quedaba de su dueño. Leonardo no quiso insistir.  Llamó a la policía y esperó. El can no apoyaba bien una pata lo que indicaba que también iba en el vehículo en el momento del siniestro, aunque evidentemente no se había lesionado tanto como su dueño. El animal siguió en actitud vigilante un momento y luego volvió a echarse junto a su amo. 

La policía llegó junto a los de control de animales. Dos hombres se acercaron al guardián con varas largas con lazos en la punta, y trabajando juntos consiguieron enlazarlo. Lo arrastraron hasta el vehículo y se lo llevaron. Fue una escena que partía el corazón, pero era su trabajo. Leonardo estuvo declarando largo rato, después lo dejaron marcharse. Por el camino no podía dejar de pensar en el pobre can; el dueño ya había pasado a mejor vida. “Que animal más fiel”, pensó. Cuando regresaba a su hogar por la misma ruta vio que un guinche se llevaba el vehículo siniestrado.

Leonardo no vivía muy lejos de allí y su casa se encontraba en un costado de la misma ruta. Al otro día, cuando iba hacia el pueblo, se sorprendió al ver nuevamente al perro. Estaba echado en el lugar del accidente. ¿Se había escapado de la perrera, lo habrían dejado ir? Era un misterio. El hecho era que estaba allí nuevamente, ahora cuidando un lugar vacío donde había yacido su dueño. A Leonardo se le hizo un nudo en la garganta.  En el pueblo compró un trozo extra de carne pensando en el animal. Ahora el perro no gruñía pero se mostraba arisco. Leonardo le arrojó el trozo de carne pero el canino aún no se fiaba. Cuando se marchaba del lugar vio por el retrovisor que el perro se estiraba hacia la carne y la tomaba. Al otro día le llevó agua. De a poco el animal fue confiando. Tras alimentarlo dos días, al tercero pudo ponerle una correa y así se lo llevó a su casa.  Al llegar se los presentó a sus dos hijos pequeños y al perro que ya tenían en casa: 

—Este es el perrito del que les hablé, ahora va a vivir con nosotros. 
—¿Cómo se llama? —preguntó uno de los niños. 
—No sé, y como no quiero cambiarle el nombre que le puso su dueño, no le vamos a poner ninguno —le contestó Leonardo. 

Como temía que el animal regresara al lugar lo dejó atado varios días. Luego el nuevo integrante de la familia se adaptó rápido. Era un excelente guardián, jugaba con los niños y hasta resultó ser útil en las tareas rurales. Salía a recibir a todos, siempre meneando la cola, y cuidaba a los niños como si fueran sus cachorros.  Ya era un perro adulto cuando lo adoptaron, y unos años después empezaron a notar que envejecía. Su carácter no cambió pero se movía más lento, dormía mucho y frecuentemente tenía algún problema de salud. Un día Leonardo lo vio muy mal, se notaba que ya le quedaban pocas horas. Llegó la noche. Al amanecer Leonardo recorrió su propiedad para encontrar primero al perro, que ya suponía muerto, pero no lo halló. Entonces recordó algo, pero no podía ser, ya habían pasado varios años, ¿sería…?  Subió a su vehículo y tomó la ruta. Tal como lo sospechaba, el perro había ido a morir al lugar donde falleciera su antiguo dueño. Estaba echado en el mismo lugar, y allí lo enterró Leonardo, lagrimeando. 
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                                           El Paraíso
 Aquella playa parecía un pequeño paraíso. El oscilante mar azul llegaba suavemente hasta las arenas blancas, se retiraba dejando espuma y luego volvía, y hasta el rumor de ese constante juego era apacible. Felipe observó el mar, tendió la mirada por toda la playa y respiró hondo. Aquello era justamente lo que estaba buscando, sólo un lugar tan hermoso podría hacerlo olvidar momentáneamente su fatal enfermedad. 

Algunas gaviotas caminaban por la playa, otras revoloteaban ruidosamente sobre el mar y la arena. Tierra adentro, en el borde de las arenas blancas se erguían palmeras de cocos y un poco más allá de éstas comenzaba la selva. Sentado en la arena, Felipe siguió con la vista a un cangrejo que caminaba de lado e iba dejando las marcas de sus pisadas. La tranquilidad del lugar le dio sueño. Resistió a la somnolencia unos minutos, luego se tendió. Con los ojos cerrados escuchó el rumor del mar, los gritos de las gaviotas, escuchó al viento cruzando entre las palmeras, hasta que al fin los sonidos se fueron apagando apaciblemente hasta desaparecer. 
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                                         El Oro
Después de caminar varios días por el agreste territorio de Alaska, Barry llegó por fin a su cabaña. Ni bien entró supo que alguien había estado viviendo en ella. Halló una carta sobre la mesa y, después de encender la estufa se dispuso a leerla. La cabaña se encontraba en una zona remota. Frente a la puerta, a unos doscientos metros había un lago enorme y azul, más allá de este, una montaña nevada, y el resto del paisaje se resumía en una sucesión de colinas y montañas que en esa época lucían rojizas por la vegetación que las tapizaba. 

A Barry no le molestaba que alguien hubiera vivido en su cabaña, en esa tierra incluso suelen dejar cosas para los casuales visitantes. Él la usaba nada más que un mes al año y en aquella zona no se considera invasión cuando alguien se instala un tiempo en una vivienda desocupada. La naturaleza es tan severa allí que un techo abrigado puede salvar una vida. Barry se acomodó frente al fuego, desdobló la carta y leyó en ella lo siguiente: 

“No deseo mencionar mi nombre ni el de mi hermano. Seguramente cuando alguien lea esto ya habré dejado este mundo pues pienso caminar hacia la montaña hasta que el frío me mate, cosa que pasará pronto porque es invierno. Mi hermano ya no está entre nosotros, sus restos nunca serán hallados: hice que los osos se encargaran de eso. Llegamos a esta zona cuando el verano pasado llegaba a su fin. Andábamos buscando oro. ¡Ese metal maldito que hace brillar la codicia en la mirada de los hombres! ¡Oro! 

“Creímos tener un golpe de suerte cuando encontramos arena negra en la costa de un arroyuelo. Enseguida empezamos a lavar tierra en nuestras bateas. Nunca creímos que fuéramos a encontrar tanto oro tan fácilmente. El metal enseguida amarilleaba en el fondo de las bateas. No era oro en polvo ni en hojuelas, eran pepitas enormes. Festejamos y gritamos a los vientos nuestra alegría, las montañas repitieron nuestros gritos y bandadas de cuervos salieron de las arboledas graznando. En otros tiempos nos conformábamos con tan poco, y ahora teníamos tanto pero queríamos más. Trabajábamos desde las primeras luces del día y abandonábamos la labor con las tinieblas bajando de las montañas. A pesar de que nuestras provisiones fueron mermando considerablemente casi no salíamos a cazar, todo era trabajar y trabajar, y así empezamos a perder peso. La pasábamos agachados frente al agua sacudiendo las bateas, apartando arena negra, paleando, día tras día. El otoño pasó casi sin que nos diéramos cuenta. Los días cada vez eran más fríos, más grises, llovía mucho, neblinaba, lloviznaba, y casi todo el tiempo temblabamos bajo nuestros abrigos empapados.

“Cuando le dije a mi hermano que debíamos marcharnos él reaccionó violentamente, quería quedarse hasta que el invierno nos expulsara. Pero yo sabía que el invierno iba a ser nuestra muerte; él también lo sabía pero el cansancio, la mala alimentación y sobre todo la codicia lo habían enloquecido, supongo que a mí también.   Discutíamos acaloradamente cuando lo vi tomar su arma. No sé si me hubiera disparado realmente, pero yo sí lo hice, y eso fue todo. Hace unos días que encontré esta cabaña. Después de mucho pensarlo o enloquecer más, decidí marchar hacia mi muerte. No sé bien por qué escribí esta carta, arrepentimiento, tal vez… no lo sé. Todo el oro que juntamos está en unas bolsas que enterré en el lado norte de la cabaña. Adiós”. 

Barry arrugó el papel y lo arrojó al fuego, después se levantó y tomó una pala, el oro maldito lo llamaba.   

2 comentarios:

Anónimo dijo...

😢😢la fidelidad de los perros es unica senti que quedaba algo de corazon en mi al leer el cuento..saludos tocayo

Jorge Leal dijo...

Es así. Me pareció oportuno republicar esto. Mi perro, que ahora está a mi lado, está bastante jodido el pobre, de viejo. Igual se recupera de nuevo y vive un lote de años más ¡Jaja! Mala yerba nunca muere ¡Jaja! Gracias. saludos!!

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