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jueves, 30 de marzo de 2017

Carlos Y La Comadreja

Carlos estaba muy orgulloso de su gallinero y de sus “ponedoras”. Solo tenía doce años pero él mismo había construido aquel gallinero. Terreno les sobraba pero como sus padres trabajaban mucho no querían tener gallinas por el trabajo que implicaba cuidarlas. A él no lo asustaba el trabajo y como le gustaba tener algo de dinero en el bolsillo planeaba criar cada vez más aves para después vender sus huevos.
Como le gustaba hacer las cosas por su cuenta aquel gallinero no era el mejor construido ni nada que se le pareciera, pero cumplía con su trabajo. Solo las encerraba de noche, durante el día andaban libres por el terreno ocupadas en desenterrar gusanos y picotear pastitos. Carlos tenía un gallo grande, de plumaje colorado, que tenía muy mal genio y se la pasaba cantando por todo el patio. Con ese Carlos tenía problemas porque al ave no le hacía ninguna gracia que aquel niño tomara los huevos de sus gallinas. Por eso Carlos tenía que hacerlo rápido y casi siempre terminaba huyendo hacia la casa con el gallo corriendo detrás de él, pero como era un gallo muy gordo nunca lo alcanzaba.

El pequeño criador de aves se alegró un día cuando nacieron once pollitos. Carlos pensaba en las monedas que le dejarían esas gallinas cuando pusieran huevos también, después recordó que algunos podían ser machos. A esos los iba a vender en cuanto crecieran un poco. Todo era dinero para su bolsillo. Por eso se enfadó una mañana al descubrir que le faltaba un pollo. El misterio no duró mucho, enseguida encontró por dónde había entrado el ladrón, y en esa abertura en el techo descubrió pelos. Juntó unos pelos agarrándolos con el índice y el pulgar y entró a su casa para preguntar de qué serían. Sospechaba que se trataba de una comadreja pero quería estar seguro. Su madre estaba doblando una ropa cuando él le dijo:

—Mamá, mira esto.
—¿Qué es eso? —le preguntó la madre acercándose a la cosa que Carlos tenía entre sus dedos.
—Pelos del bicho que se comió un pollo. ¿De qué crees que sea?
—¡Ay, que horrible! ¡Que asco! Ve inmediatamente a tirar eso —le dijo la madre espantada. 
—Pero quiero mostrarselos a papá también.
—Bueno, ve, pero no vayas a soltar eso dentro de casa. ¡Ay, ahora me da una cosa...!
—No exageres, solo son pelos.

Cuando se los mostró a su padre este también pensó que eran de comadreja. Ahora tenía que remendar y reforzar el techo. El niño pensó que el ladrón se iba a chasquear si intentaba robarle otro pollo porque no iba a poder entrar. Sonreía al pensar que por la noche la muy tonta de la comadreja iba a intentar meterse en su bien construido gallinero sin poder hacerlo. Pero por la mañana descubrió que le faltaba otro pollo. Entonces culpó al gallo, que tan valiente era para correrlo a él pero no espantaba a una apestosa comadreja. El gallo picoteaba el suelo sin mirarlo. A Carlos le pareció que se hacía el distraído porque sabía que él tenía razón. 

Cuando se cansó de echarle la culpa al emplumado decidió salir a cazar al ladrón. Él tenía un perro mestizo muy pequeño de tamaño pero ya algo viejo que se la pasaba durmiendo dentro de la casa. El improvisado cazador le hizo punta a un palo para usarlo como lanza y salió rumbo a una arboleda cercana con el perro siguiéndolo de cerca. 
La idea era que el perro encontrara un rastro, pero cuando este se detenía a olfatear algo, después simplemente orinaba allí y seguía paseando. Y por momentos parecía estar rastreando algo pero de pronto levantaba la cabeza y se iba hacia otro lado como si hubiera olvidado lo que estaba haciendo. Carlos rezongaba porque tenía un gallo y un perro inútil. Volvió de la arboleda sin haber hallado nada, y como el perro se ensució mucho tuvo que lavarlo mientras protestaba. Y a la mañana del nuevo día, tenía otro pollo menos.

 Carlos pateaba el suelo de rabia al imaginarse a la comadreja durmiendo despatarrada sobre una rama gruesa, panzona de comerle los pollos. Pero eso se iba a terminar. Decidió hacer una trampa. Tuvo que preguntarle a un vecino cómo hacer una porque su padre no sabía. En el terreno tenían un galpón que estaba repleto de todo tipo de maderas y también había muchos alambres. Como era domingo pudo dedicarle casi todo el día a la trampa. La terminó cuando ya casi estaba de noche. Lo que hizo fue una jaula que en la puerta tenía un mecanismo muy sencillo, que hacía que se cerrara de golpe cuando el animal que entrara en ella tirara de una carnada que había que colocar bien sujeta a una especie de gatillo. Como carnada sacrificó la mitad del bistec que era su cena. Era un pequeño sacrificio que valía la pena si atrapaba a la ladrona. Mas durante la cena no quedó satisfecho y su madre tuvo que darle otro.
Al acostarse estaba súper ansioso. Deseaba que ya fuera de mañana para ver si la trampa había resultado o si solo había alimentado a la ladrona con bistec. Acostado en su cama se imaginaría cómo sería el encuentro. Veía al confiado animal entrando a la jaula, olfateando el bistec,  y que cuando lo tomaba la puerta se cerraba y le daba tremendo susto. Tenía el oído atento a lo que pasaba afuera.

 Todo estaba en silencio. Finalmente se durmió. Despertó algo tarde, el sol ya entraba por la ventana. Se calzó y fue a ver si había atrapado algo. ¡Y allí estaba, la comadreja había caído! Era enorme y roncaba con la boca muy abierta. El niño se echó a reír. ¡Lo había conseguido! Sus padres aparecieron en la escena. Cuando la madre vio de qué se trataba salió disparada hacia la casa. Su padre había llevado la taza de café y tomaba unos tragos mientras miraba al asustado animal.

—¡Viste papá, la atrapé! ¡Esta es la ladrona de pollos! —exclamó Carlos.
—Muy bien pero, ¿qué vas a hacer ahora? —le preguntó el padre.
—¿Ahora...? No sé. 

El animal había dejado de amenazar y estaba recostado a un rincón. Entonces Carlos la vio como era, solo un animal buscando su sustento, no era ningún enemigo.

—Ahora... —siguió dudando el niño—. , creo que lo mejor es soltarla, ¿no? Ya se llevó un buen susto y no creo que vuelva.
—Pienso lo mismo —le dijo el padre—. No creo que vuelva. Vamos a soltarla en la arboleda.

Y padre e hijo fueron a liberarla. Tal como esperaban, no volvió más. Pero por las dudas compraron un buen tejido de alambre y entre los dos hicieron un mejor gallinero, porque las ponedoras también tenían derecho a vivir.   

1 comentario:

Raúl Sesos dijo...

Muy agradable cuento! Con mucha empatía. Me gusta.

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