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lunes, 27 de marzo de 2017

De Brujas (más bien para niños)

En otra época y en un lugar muy alejado, las brujas malvadas eran un peligro bien real. En la pequeña aldea donde vivía Franco la gente se escondía en sus viviendas antes de que cayera la noche. Él también hacía eso pero un día se entretuvo pescando. Por única vez había ido solo. Acostumbrado a estar junto a otros niños, ahora que se encontraba solo se sentía inquieto y mientras pescaba varias veces miró hacia todos lados sin saber qué buscaba. El bosque estaba muy silencioso y solo a veces sonaba alguna rama que caía desde lo alto o que era pisada por quién sabe qué cosa.
El arroyo corría en esa parte por una hondonada que Franco ahora hallaba lúgubre y misteriosa. Frente a él y detrás el terreno subía encajonando al arroyo que corría entre rocas enormes y llenas de musgo verde y resbaladizo, o entre barrancas oscuras de bordes frágiles, dispuestas a ceder si alguien las pisaba. No era un lugar para ir solo pero los otros niños andaban en otras actividades, y la familia de Franco necesitaba pescado para la cena. Ese día no andaba con mucha suerte, no había pescado ninguno, por eso al atardecer él seguía allí. Pero con las sombras llegaban las brujas.

Después de echar una última mirada en derredor y ver que a la tarde ya le quedaba poco, decidió que eso era todo, tenía que irse aunque no hubiera pescado nada. Su caña era una vara larga y su boya un corcho. Envolvió el hilo en la vara y clavó el anzuelo en el corcho. Estaba tomando su bolso cuando vio que un pescado grande se había acercado a la superficie del agua. El lomo del pescado alcanzó a romper la superficie, en el agua se formaron ondas y eso pareció asustar un poco al pez aunque él mismo las había producido, por eso nadó rápidamente hacia abajo pero enseguida empezó a subir de nuevo. Franco pensó que tenía que intentar pescar a aquel pez, un último intento. Quitó el anzuelo del corcho y desenvolvió el hilo moviéndose lo menos posible para no espantar al pez porque estaba muy cerca de la orilla. Cuando puso una lombriz en el anzuelo vio que las manos le sudaban. El pez era muy grande y parecía que se burlaba de él paseándose a plena vista. Metió el anzuelo en el agua con mucho cuidado pero igual el pez se espantó y nadó rápidamente hacia el fondo oscuro. Franco volvió a mirar los alrededores. La quebrada donde se encontraba estaba ensombrecida y solo a los árboles de allá arriba los alcanzaba todavía el sol, y casi brillaban como si fueran de oro.

Maldijo al pez cerrando un puño y mirando hacia el agua. ¿Para qué se había mostrado así, solo para burlarse de él? Sabía que solo era un animal pero la daba esa impresión. Estaba por sacar el anzuelo del agua cuando el pez apareció de nuevo. Franco quedó inmóvil y hasta respiraba apenas para no espantarlo. El pez se acercaba al anzuelo, daba media vuelta, se alejaba un poco, parecía interesado de nuevo, se acercaba cauteloso pero volvía a alejarse... Y la noche que se acercaba más y más. Cuando ya no pudo ver al pez porque el agua quedó muy oscura por la falta de luz, se resignó a que no iba a pescar nada, pero en ese momento la boya se hundió de golpe, la vara se arqueó y después el pez se retorció en el agua. ¡Lo tenía! Lo metió en una cesta y volvió a envolver sus cosas. Es muy satisfactorio sentir el peso de un pez, sobre todo si es para comer; pero su alegría pronto se volvió preocupación. Ya era muy tarde. La sombra había alcanzado incluso a los árboles de allá arriba. Empezó a subir la cuesta. Se le hizo larga porque estaba muy apurado. ¡Las brujas! Con solo pensar que podían atraparlo le daba terror. Al llegar al final de la subida calculó que igual le iba a dar para llegar antes de la noche. Pero lo que él no sabía era que las brujas podían salir antes de que el sol se pusiera siempre y cuando anduvieran por las sombras más espesas.

 Ahora solo le quedaba un trayecto corto de bosque pero este ya estaba bastante oscuro. Iba muy apurado por salir de una vez de aquellas sombras pero se detuvo de golpe. Había algo en el tronco de un árbol, era algo que se movía, era... ¡la mano huesuda de una bruja! Una bruja se asomó de pronto detrás de ese tronco y lo miró sonriendo con malicia. Era una bruja muy fea que tenía el mentón y la nariz larga, y su piel era arrugada era gris. Franco se echó a correr apartándose de esa bruja pero se detuvo nuevamente porque detrás de otro tronco se asomó otra, y otra apareció en un costado, y otra, estaba rodeado. Las brujas empezaron a reír con malicia mientras avanzaban hacia él, ya relamiéndose los labios y haciendo castañear sus dientes. Mas de pronto se detuvieron y miraron algo que estaba detrás y arriba de él. En ese momento algo lo tomó de la parte de atrás del abrigo y lo levantó, lo elevó entre los árboles y después por encima de estos. Franco gritó lleno de terror pero una voz de mujer muy dulce y amable que sonaba detrás de él le dijo:

—No temas, vamos rumbo a la aldea. Estás a salvo.

Franco miró levemente sobre su hombro, no mucho, porque no quería ver lo horrible que sería la bruja que volaba llevándolo a él. Vio parte de la escoba y una capa gris que se agitaba con el viento. No podía sacudirse mucho porque podía caer pero pensaba gritar con toda su fuerza, mas en ese momento vio que sí lo llevaba hacia la aldea. Empezó a bajar cerca de las casas y lo dejó gentilmente en el suelo. 

—Esta vez te salvaste. No andes en el bosque cuando las sombras ya se han extendido aunque todavía no sea de noche. Y ahora ve a tu casa, que no ha pasado nada.
—Gracias —le dijo Franco con una voz temblorosa, sin atreverse a voltear todavía.

Sintió un viento a sus espaldas y cuando se atrevió a mirar la bruja voladora ya desaparecía entre los árboles y la oscuridad. Franco tuvo mucha suerte y esa vez descubrió que no todas las brujas eran malas. 

1 comentario:

  1. Esta temporada estas muy inspirado. Digno de un cuento para los niños y disfrutarlo mientras se relata como adulto con niño interior

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