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martes, 28 de marzo de 2017

De Sapos Y Ranas (para niños)

¡Hola! Pues sí, son cuentos para niños pero francamente, creo que cualquiera puede disfrutarlos. El sapo Sandro es uno de mis personajes favoritos, ese y otro que es un topo llamado Toto (que no aparece en estos cuentos). Me resultó emocionante escribir el cuento "La Rana Y El Dibujante". Lo recomiendo. Las historias:



                      El Sapo Sandro Y El Pescador
Al sapo Sandro le gustaba mucho bromear. Un día estaba en una laguna, cazando insectos entre las plantas de la orilla, cuando un pescador llegó hasta el lugar. El sapo Sandro lo observó escondido entre unos juncos. El hombre se aprontó y después de tirar una boya al agua se sentó a esperar. Pero allí no había peces grandes, solo algunos muy pequeños. Entonces al travieso sapo se le ocurrió una broma. Se metió al agua con mucho cuidado y nadó por abajo.
Al alcanzar el anzuelo le quitó la lombriz cuidadosamente y agarrándolo con una mano para que la boya no lo delatara todavía. Se comió la lombriz, que para él era una delicia, y después tiró fuerte del anzuelo para que la boya se hundiera. El pescador tiró de la caña pero no había nada, mas eso lo emocionó. Puso más lombriz en el anzuelo y esperó que picara de nuevo. Sandro volvió a hacer lo mismo, le sacó la carnada y después tiró agarrando el anzuelo de la parte más segura. Se alejó un poco y asomó la cabeza para reírse tapándose la boca.

Al hombre ya no le gustó. Que pez tan astuto era aquel. Perdió una carnada tras otra y cuando ya no le quedó más se fue molesto pero prometiendo que iba a volver al otro día para sacar al pez tan astuto que le comió toda la carnada. El sapo Sandro quedó con la barriga abultada de tanto comer. Se acostó muy divertido sobre unos pastos de la orilla y quedó mirando el cielo con las patas delanteras cruzadas detrás de la cabeza, mientras mordisqueaba un tallo de junco como si fuera un mondadientes. Buena broma le había gastado al pescador. Seguía así cuando Ana, una rana amiga pasó por allí y lo saludó:

—¡Hola Sandro!
—Hola Ana —la saludó él sin sacarse el junco de la boca, y dándose unas palmaditas en la barriga le dijo—. ¿A que no sabes qué comí hoy?
—No lo sé, pero de lo que sea se ve que fue bastante —le contestó ella mirándole la panza abultada.
—Lombrices, las de un pescador.
—¿Qué, se las sacaste a un pescador? —le preguntó la rana alarmada—. Eso es muy peligroso, puedes quedar enganchado y te puede atrapar.
—Tuve mucho cuidado. Si vieras la cara del hombre cuando no pescaba nada, porque además de sacarle la carnada yo tiraba fuerte del anzuelo para que creyera que tenía un pez ¡Jajaja!
—Sandro, no lo hagas más, corres mucho riesgo.
—Pero valió la pena y fue muy divertido, y tuve mucho cuidado, no pasa nada —le aseguró el bromista tocándose la barriga.

Al otro día no cazó insectos, solo esperó al pescador. Se había escondido entre unas plantas de la orilla y cuando vio llegar al hombre se frotó las manos y se pasó la lengua por la boca. La comida había llegado. Apenas la boya cayó en el agua él se tiró y nadó por abajo. Volvió a sacar la lombriz con mucho cuidado y después tiró fuerte. El tipo movió la cabeza mirando su anzuelo limpio. Tiró la boya de nuevo. El bromista glotón estaba sacando su comida cuando el hombre dio un tirón por las dudas. Sandro salió volando fuera del agua; el anzuelo se le había enganchado en la pata. Enseguida empezó a gritar que lo soltara, que no lo haría más, pero el hombre solo lo escuchaba chillar porque la gente no puede entender a los animales. El pescador lo miró sonriendo. 

—Así que este es el ladrón ¡Jajaja! —dijo el hombre mientras levantaba la línea donde Sandro estaba enganchado.


Por suerte para el sapo al pescador la situación le pareció muy divertida, era una buena anécdota para contar, y no quería lastimarlo. Lo tomó con cuidado y revisó la pata enganchada. El anzuelo solo se había clavado en la membrana que une los dedos y salió con mucha facilidad. Después lo dejó con cuidado en la orilla y lo soltó. Sandro nadó unos metros y después se volvió para agradecerle. El hombre solo escuchó un croar pero le pareció que aquello era un agradecimiento. Se  alejó sonriendo, divertido por la situación. El sapo Sandro no dejó de ser menos bromista pero ya no le gustaron las lombrices que estaban en anzuelos. 
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                      El Sapo Sandro Y El Halcón
  
El sapo Sandro intentaba cazar una libélula cuando casi lo cazaron a él. La libélula se había posado sobre un junco que sobresalía en la orilla de la laguna. Sandro se movió lentamente por los pastos para no hacer ruido. El insecto estaba inmóvil en la punta del junco pero cuando el sapo estuvo cerca voló de pronto. Sandro la siguió con la vista. La libélula voló por toda la orilla subiendo y bajando, yendo hacia un lado y hacia el otro. El agua estaba muy quieta y clara, y solo se movía cuando algún pececillo “picaba” la superficie para cazar algún insecto pequeño que por mala suerte había caído al agua. El sapo no perdió de vista a su comida voladora. Finalmente regresó por el otro lado y se posó en el mismo lugar. Sandro la iba a atrapar cuando vio una sombra que se movía muy rápido hacia él. Enseguida se dio cuenta de qué era y saltó al agua justo antes de que un pequeño halcón que venía volando tocara con sus garras el lugar donde acababa de estar él. Se salvó por muy poco.

Sandro nadó un poco por bajo la superficie del agua y después asomó la cabeza para ver al halcón. El ave lo miró enfadada, dio unos aletazos y salió volando rumbo a un árbol seco que se encontraba cerca de la laguna, desde allí observaba todo. Nuestro amigo nadador quedó muy asustado. La silueta del ave ahora quieta, esperando pacientemente en una de las ramas resecas del árbol era inquietante. Sandro decidió no cazar más por ese día y nadó hasta la pequeña barranca donde tenía su casa. Tenía que hacer algo para que aquel halcón no lo molestara más, pero qué podía hacer él contra aquel ave tan poderosa. La entrada de su casa era un pequeño hueco en la tierra donde él apenas cabía, pero adentro tenía bastante espacio, allí tenía una cama de pasto y no mucho más porque los sapos son sencillos. Acostado boca arriba en la frescura de su cueva empezó a pensar qué haría para liberarse del fastidioso halcón. Tenía que hacer algo y no solo por él, allí también vivían otros sapos y estaba su amiga la rana Ana, y no quería que el ave atrapara a nadie. 

Cuando el sol ya estaba casi escondiéndose salió de su cueva para cantar. Si hay algo que los sapos gustan y nunca abandonan es el canto. Pronto la laguna quedó tan oscura como el campo y los pajonales que la rodeaban, pero al rato salió la luna llena, fue subiendo por el cielo mientras el coro de sapos cantaba, y después quedó reflejada en la laguna y allí se mantuvo casi toda la noche. Mientras cantaba a Sandro se le ocurrió una idea y empezó a reírse porque además iba a ser una buena broma y a él le encantaban las bromas. Apenas amaneció se tiró al agua y nadó hacia abajo que era donde se encontraban las plantas acuáticas que él necesitaba. Las plantas tenían el mismo color que él. Oculto entre unos pastos altos de la orilla usó esas plantas y empezó a hacer una forma de sapo con ellas. Ataba algunas partes con un pasto muy resistente y duro, enrollaba otras, las acomodaba, y así le fue dando forma hasta que hizo un muñeco que se parecía a él. El halcón se encontraba vigilando toda la zona desde él árbol seco. Nuestro amigo llevó a su muñeco vegetal en el lomo y con mucha precaución lo dejó en un lugar visible y se fue enseguida, saltó al agua. 
Al rato el ave divisó algo; un sapo distraído, creyó. Se echó a volar, remontó bien alto y después bajó en picada como si fuera una flecha. Tomó al falso sapo con una de sus garras y regresó muy contento al árbol. Apenas le dio el primer picotazo no le gustó nada, y los otros fueron peores. Para el ave aquello tenía un gusto horrible. Sandro lo miraba asomándose en el agua y reía tapándose la boca. Buena broma le había hecho. El halcón sintió hasta asco y se fue, voló de allí dejando que su presa cayera en el campo. Desde ese día no volvió a rondar cerca de la laguna. Y así Sandro protegió a sus amigos, a él mismo, y de paso se divirtió un montón. 
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                        El Sapo Sandro Y La Sequía

La laguna donde vivía el sapo Sandro se estaba secando. Desde el invierno el clima había sido bastante seco, y por la mitad del verano la sequía había pintado de amarillo todos los campos. El sapo, algo preocupado aunque no lo demostrara, vio como todos los días el agua de su pequeña laguna bajaba más y más. Los días eran calientes y el sol cruzaba por todo el cielo sin que una nube lo tapara en ningún momento. El sapo Sandro estaba preocupado pero creía que las lluvias no iban a demorar mucho más, por eso, cuando otros sapos y hasta su amiga la rana Ana se marcharon hacia una laguna grande, él decidió quedarse.

—Cualquier día de estos llueve —le decía Sandro a la rana Ana, y apuntando con una ramita hacia una parte sin agua de la laguna agregó—. Y ahora en la parte seca se juntan tantas moscas que hasta podrían engordar a una vaca, si las vacas tuvieran el buen gusto de comer moscas, claro ¡Jeje!
—Sí, pero no te confíes, Sandro —le advirtió la rana Ana—. Si decides irte recuerda que la laguna está hacia allá, solo tienes que seguir recto hacia aquel cerro lejano.
—Sí, sí, conozco el camino, puedo ir hasta dormido —le dijo Sandro mordisqueando la rama mientras se echaba panza arriba—. Que tengas un buen viaje. Si no vienes dentro de poco yo voy hasta allá, aunque no creo que por falta de agua, no, no creo.
—Bueno, adiós.
—Por ahí nos vemos —se despidió el sapo.

Y así se quedó solo. Los días empezaron a sucederse todavía más calientes. Nubes de insectos pululaban en las orillas lodosas de la cada vez más pequeña laguna, pero Sandro solo podía cazarlos al amanecer y ya muy avanzada la tarde porque durante el resto del día el sol era muy fuerte. Cuando el día recalentaba los pastos amarillos todo parecía quedar paralizado bajo el calor y el silencio. Durante esas horas insoportables, Sandro se quedaba en su casa, que era un hueco hecho en una barranca. De noche cantaba un poco y escuchaba los cantos lejanos de los de su especie. Por el cielo estrellado no cruzaba ni una nube y el silencio le iba a reprochar que no perturbara la perfecta quietud que se extendía por los alrededores, por eso no cantaba mucho. Un día salió de su casa y vio que ya quedaba muy poca agua. Unas vacas sedientas habían ido a beber. Ya no daba para quedarse allí, tenía que partir. Esperó a que bajara el sol, le echó una última mirada a su querida laguna y se marchó. Al rato de andar por el campo sintió que el pasto estaba tan seco que hasta podía cortarle la piel. Todo se había resecado mucho más. Pensó que tenía que haberse marchado junto a los otros y no esperar tanto.

Cuando ya no pudo soportar el pasto dobló hacia un sendero de vacas que conocía. Por ese sendero su meta estaba mucho más lejos pero por lo menos por allí su piel no iba a sentir la molestia de los pastos. Era otra noche sin una nube y hacía mucho calor. Ni siquiera había rocío para humedecerle un poco la piel, solo polvo y hierbas muertas. Sandro, ya medio agotado, recordó que nunca había hecho aquel camino estando tan avanzado el verano, y que ahora los días eran mucho más cortos. No podía seguir por el sendero, tenía que atravesar el campo sino el día lo iba a descubrir en una zona sin sombra y ese sería su fin. Las hierbas sonaban con el mínimo roce haciendo que su andar no fuera silencioso. Eso le añadía otra preocupación; que algún animal depredador lo descubriera. Y uno lo descubrió. De pronto Sandro sintió un viento fuerte y después una cosa apareció frente a él:

—Hola Sandro —lo saludó la cosa.
—¿Bubo? —preguntó Sandro.
—Sí, soy yo. ¿Qué pasa, te asustaste? ¡Jajaja!
—¿Que si me asusté? ¡Casi me muero del susto! ¡Eso no se le hace a un conocido! —le reclamó el sapo.
—Y me lo dice alguien que no pierde ni una oportunidad de bromear ¡Jaja! —le retrucó el otro.

Por suerte para Sandro era un depredador pero no le gustaban los sapos; era Bubo, un viejo búho que conocía desde hacía mucho. 

—Hola y adiós —le dijo entonces Sandro—. Tengo apuro por llegar a la laguna grande. Si el sol me agarra por aquí voy a quedar tan seco como esas plantas.
—Es cierto. ¿Quieres que te lleve en mis garras? Llegaríamos en un rato —le preguntó el búho. 
—Llegaríamos en un rato pero yo llegaría lleno de agujeros por tus garras —le dijo Sandro ya andando de nuevo—. Gracias igual. Adiós.
—Bueno. Voy a avisar a los tuyos que vas para allá. Adiós —dijo el búho levantando vuelo.

Un rato después Bubo llegó a la laguna grande, buscó a los conocidos de Sandro y les avisó que iba para allí pero que le faltaba mucho. Entonces empezaron a esperarlo. Las estrellas se fueron corriendo hacia un costado, la madrugada avanzó hasta que el cielo empezó a aclarar lentamente. Sus conocidos y la rana Ana, cantaban desde la hierba verde de la orilla para ayudarlo a guiarse, y todos los sapos de la laguna se sumaron. Con el día que se aproximaba algunos animales, grandes y pequeños, fueron hasta el agua buscando su frescura; pero no se veía a Sandro por ningún lado. Entonces los cantos empezaron a ser más tristes desde los pastos de la orilla. Todo indicaba que iba a ser el día más caluroso del verano, y ningún sapo soporta mucho bajo un sol así. Cuando el día se extendió por todos lados los sapos quedaron muy tristes. Ana quedó mirando hacia abajo y ya no cantó. ¿Había muerto el sapo Sandro? Claro que no.

—¿Por qué no vienen a nadar? —preguntó de pronto una voz divertida desde el agua. Cuando se volvieron vieron que era Sandro.
—¡Sandro! —exclaman varios—. ¿Cuando llegaste? 
—Antes del amanecer —les respondió muy tranquilo, y arrojó un chorro de agua con la boca mientras nadaba—. Me trajo un jabalí que venía hacia aquí. Vine en su lomo, por eso no me vieron ¡Jeje!
—¡Tú no tienes arreglo, bromear con algo así...! —le reprochó la rana Ana, pero enseguida se echó a reír y se tiró al agua junto a los otros. 

Ese día fue el más caluroso, pero hacia el final de la tarde empezó a nublarse y todo el cielo quedó gris. Por la noche los sapos empezaron a cantar con fuerza, todo el campo se llenó de su clamor, y después empezó a llover copiosamente y fue el fin de la sequía. 
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                                   El Amigo De Andrea
La familia de Andrea alquiló una cabaña que estaba cerca de un bosque. La niña estaba muy  contenta porque iban a pasar todo el verano allí. El viaje fue largo y bastante agotador pero ella se entretuvo mirando todo por la ventanilla del vehículo. Así vio cerros verdes, arboledas, el brillo de varias lagunas y arroyos, plantaciones y mucho campo. Finalmente, después de atravesar un camino de tierra que corría entre los árboles llegaron a la cabaña. Después de desempacar todo salieron a recorrer la zona. Cerca de la cabaña, antes de llegar al bosque, descubrieron una laguna diminuta. Tenía el tamaño de un charco pero la profundidad suficiente como para no secarse. Tenía muchas plantas en las orillas y también en el agua. Era muy pequeña pero hermosa. Andrea la observaba maravillada cuando algo se movió entre los pastos de la orilla y después saltó al agua. La niña se asustó bastante y se ocultó detrás del padre: 

—¿Qué fue eso, papá? —le preguntó Andrea.
—¡Jajaja! Fue solo un sapo, no hace nada —le contestó el padre.
—¿Un sapo tan grande?
—Sí, pero igual no te hace nada. Mira, ahí va nadando.

El sapo nadaba bajo la superficie del agua moviendo sus patas de adelante y estirando y arrollando las de atrás.

—¡Sí, lo vi, que lindo! —exclamó Andrea, ahora contenta por aquel hallazgo.
Después los tres siguieron su paseo. Al otro día, como la laguna estaba muy cerca de la cabaña Andrea fue hasta ella sola. Miró la orilla un buen rato pero no pudo ver al sapo, pero cuando la estaba rodeando de pronto el sapo saltó hacia el agua y la sorprendió. La niña estuvo a punto de huir pero recordó que era inofensivo. Se animó a acercarse más al borde del agua y lo vio nadando hacia el fondo y allí quedar muy quieto. Como su familia estaba de vacaciones salían en el coche casi todos los días, pero ya fuera antes o después del paseo la niña iba hasta el charco para ver al sapo. En unos días el animal se acostumbró a ella y ya no saltaba hacia el agua, solo se quedaba quieto en la orilla. Andrea lo tomó como su mascota, y un día de lluvia hasta le hizo un cuento y lo dibujó lo mejor que pudo en un papel.

Un día, mientras lo observaba cazar insectos, escuchó que entre los pastos se movía otra cosa. Al mirar hacia donde creía que llegaba el ruido, un cuerpo delgado y brilloso pasó entre los pastos. ¡Era una víbora y quería comer a su mascota! Pero por suerte el animal también la vio y se tiró al agua para ocultarse en el fondo. La víbora llegó a donde estaba el anfibio y se puso a olfatear el lugar sacando al aire su lengua movediza. Andrea había retrocedido asustada, pero al pensar que su amigo estaba en peligro trató de ayudarlo. Tomó un par de ramas que estaban en el suelo y se las arrojó desde lejos a la víbora. Una de las ramas le pegó y eso la hizo salir huyendo de allí para no volver más. Cuando la niña miró hacia el agua el sapo se había asomado y la miraba como agradeciendo. Ese verano fue fantástico. Volvieron al siguiente. Al acercarse al charco, allí estaba su amigo, comiendo insectos tranquilamente, y hasta estaba más grande y gordo. 
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                                     Las Ranas De Manuel
Cerca del hogar de Manuel había una zona baja con mucha vegetación que siempre estaba medio inundada; allí era el hogar de las ranas. Con el tiempo y la práctica él fue aprendiendo a interpretar el canto de sus vecinas. Cuando cantaban mucho de noche, al otro día llovía. Cuando los cantos eran aislados y cortos faltaba unos dos días para que llegara el agua. Durante una época de sequía el bajo estuvo mudo todas las noches hasta que finalmente empezaron a anunciar lluvia y esta vino con fuerza. Toda la gente de la zona sabía que anunciaban tormentas poro no las habían escuchado con tanta atención como Manuel y preferían guiarse por los informes de meteorología que escuchaban por la radio.

Una tarde, desde el bajo empezaron a sonar algunos llamados de rana. Manuel miró el cielo buscando nubes pero no vio ni una, estaba bien despejado. Pero a medida que avanzaba la tarde las advertencias de las ranas empezaron a sonar con más fuerza. Todavía no se veían nubes, pero confiando en sus vecinas Manuel empezó a aprontarse para soportar una tormenta que, por la gravedad de los cantos parecía que iba a ser muy fuerte. Reforzó el gallinero con más maderas, le aseguró el techo con unas alambres, y hecho esto pasó a hacer algunos remiendos en su propia casa porque el techo de chapas se encontraba un poco flojo en algunas partes. Estaba martillando unos clavos en el techo cuando un vecino pasó y le dijo para bromear con él:

—¡Manuel, no vayas a martillarte un dedo, dale al clavo!
—¡Jajaja! Gracias por el consejo —le siguió la corriente Manuel—. Son solo unos pocos clavos que se estaban levantando. Me apronto para la tormenta de esta noche.
—¿Cuál tormenta? Los de meteorología dijeron que se va a nublar nomás, y pienso que tal vez ni eso, porque no se ve ni una.
—Va a llover, escucha —le dijo Manuel apuntando el martillo hacia el bajo—. Están cantando como locas. Esta noche tenemos tormenta y grande.
—¡Jajaja! Que confianza le tienes a esos bichos. Solo gritan por molestar. Te apuesto que no cae ni una gota.
—No porque sé que vas a perder, no sería justo —le dijo por último Manuel, y siguió clavando. 

Su vecino se alejó sonriendo y negando con la cabeza, no creía. Al atardecer empezó a soplar un viento fuerte y muy cálido. Desde el bajo llegaba todo un coro de ranas que parecían competir entre ellas por cuál gritara más fuerte. Aquel viento trajo nubes con mucha rapidez. Llegaban rápido pero no se iban, se fueron acumulando en aquella región. Ya bien entrada la noche empezaron los truenos, y después de algunos relámpagos empezó a llover copiosamente. Era un chaparrón macizo de goteras enormes y muy apretujadas que sonaban fuerte en las chapas del techo, y llegó con un viento que se presentó rugiendo por todas partes. Manuel cenó tranquilo porque se había preparado. Fuera estallaban rayos y la lluvia caía de lado impulsada por ráfagas que aplastaban los árboles hacia un lado. Toda la noche llovió así. Por la mañana, cuando el agua cesó Manuel tomó su caja de herramientas y fue hasta la casa de su vecino, el que no le creía a las ranas. Lo encontró, como esperaba, intentando reparar los estragos que le había dejado la tormenta. 
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                                    El Sapo Amaestrado
Ovidio fue a ver el partido en la casa de Luis. Jugaba el equipo de fútbol que los dos seguían y el televisor de Luis era más grande y nuevo, y de pantalla plana. El dueño de la casa lo hizo pasar y se sentaron en un sofá que estaba frente al televisor. Ovidio estaba por hablar del partido cuando vio que un bulto se movía bajo el mueble donde estaba el televisor. Era un sapo enorme que se había movido para atrapar a una hormiga. 

—Tienes tremendo sapo ahí —le comentó Ovidio a su amigo. 
—Ya sé, lo tengo desde hace unos días. Me controla los insectos de la casa. Ya sabes que no me gusta barrer a cada rato —le explicó Luis. 
—Por lo poco que barres, o limpias, seguro que ese sapo va a engordar ¡Jaja! —bromeó Ovidio.
—Muy gracioso, pero en serio, ese bicho es útil. Ya empezó el partido.

Tan entretenido resultó el partido que Ovidio llegó a olvidar la presencia del regordete animal. Solo le prestó atención cuando este se movió hacia sus pies para cazar a unas hormigas que intentaban recolectar unas migas. En el entretiempo comieron unos bocadillos, y cuando lo hacían Luis de pronto dijo:

—Mira esto —y arrojó un trocito de carne al lado del sapo. Este enseguida se lo comió.
—¡Lo comió! —exclamó Ovidio—. Creí que estos bichos no comían cosas así.
—Este come porque está entrenado —le dijo Luis.
—¡Jajaja! No bromees. Que entrenado ni nada si me dijiste que lo tienes desde hace unos días nomás. En estos días habrás descubierto que puede comer cosas que uno le tira, que entrenado ni nada. Además no se los puede entrenar —opinó firmemente Ovidio, aunque medio riendo.
—No dije que lo entrené yo, está entrenado pero no por mí. No iba a dejar que un animal cualquiera anduviera en mi casa. Lo compré en una tienda. Ahí hasta los entrenan para que se acostumbren a los humanos y de paso les enseñan algunos trucos sencillos.
—Mentira, no te creo —le aseguró Ovidio, mirando al batracio que a su vez los miraba a ellos.
—¿No me crees? Te hago una apuesta. Ve y tócale debajo de la boca, en el cuello. Te apuesto un paquete de cervezas a que levanta la pata como saludando. Si no lo hace la compro yo.
—Es un trato —aceptó Ovidio.

Se levantó y se inclinó hacia el animal. El anfibio quedó quieto, no tenía miedo. Ovidio dudó “¿Y si realmente está entrenado?”, pensó. Lentamente apuntó el dedo hacia la cabeza del animal y le buscó el cuello. Cuando el dedo estaba cerca de la boca el sapo lo mordió de pronto. Ovidio lanzó un grito, no porque le doliera sino por el susto, y Sandro se echó a reír a más no poder. El sapo se infló y quedó amenazante.

—¡Jajaja! ¿Cómo pudiste creerte esa mentira? Es un sapo cualquiera que entró a la casa no sé cómo —se sinceró Luis entre risas—. Es un bicho sociable pero tiene su carácter. El otro día intenté tocarlo y me mordió también. Es como un pellizco nomás, no tiene dientes. Ve a lavarte la mano y a la vuelta trae unas cervezas de la heladera ¡Jajaja! Un sapo entrenado... Solo tú creer eso.
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                                     La Rana Y El Dibujante
A Rodrigo ya le quedaba muy poco dinero. Era dibujante y guionista de historietas y hacía tiempo que no producía ninguna buena. Pasaba casi todo el día en su mesa de trabajo mordisqueando el lápiz y mirando hacia arriba y a un lado, pensando profundamente. A veces creía haber encontrado a un buen personaje, pero después de escribir algunas líneas o dibujar un boceto borraba todo o arrugaba y arrojaba el papel al cesto de basura, enojado con él mismo. Ya desesperado, se le ocurrió que tal vez podría trabajar mejor por la noche, mas las ideas no venían a él.
A un lado de donde tenía su mesa de trabajo había una ventana grande que daba al fondo de su terreno. De día siempre tenía esa ventana con la persiana baja para que la vista de afuera no lo distrajera, pero como de noche no podía ver hacia afuera la dejaba levantada. La luz de la habitación atraía a una gran variedad de insectos nocturnos que caminaban contra el vidrio o aparecían volando para chocar contra él. Rodrigo estaba masticando el extremo de un lápiz cuando escuchó un golpecito en la ventana, fue un ruido casi imperceptible. Al mirar vio que una rana estaba pegada al vidrio. Le veía la panza y la parte de abajo de las patas.

 Las puntas de los dedos de la rana eran más anchas y tenían algo que la ayudaba a adherirse al vidrio. El inesperado visitante enseguida se puso a comer insectos. Rodrigo, aburrido de intentar crear una historia sin conseguirlo, se puso a observarla y le resultó entretenido verla cazar a aquellos molestos insectos.
El animalito esperaba con paciencia y de pronto saltaba hacia su presa. Cuando estiraba el cuerpo se notaba que tenía una cintura muy fina y las patas muy largas. Las pequeñas polillas que se movían por el vidrio eran sus favoritas; otros insectos más grandes a veces se salvaban volando justo a tiempo. Rodrigo pensó que la vida de aquel animalito era bastante interesante. Al pensar en eso se enderezó de pronto en su asiento. ¡Allí estaba el personaje que tanto había buscado! Enseguida se imaginó varias aventuras de la rana. Las historias se le agolpaban en la mente como queriendo salir todas a la vez. Allí tenía material para rato. Podía hacer muchas historietas. Escribió y dibujó hasta el amanecer. La rana lo acompañó hasta que el día clareó y de pronto se retiró de un salto.

 A la noche siguiente regresó con el mismo apetito, y el artista seguía lleno de ideas. Y eran realmente buenas porque le compraron la historieta enseguida y sus problemas de dinero terminaron. Su historieta se convirtió en un verdadero éxito y todo gracias a aquella inspiración dada por una humilde rana. 
Rodrigo pensó en recompensarla de alguna manera. Ya prácticamente era su mascota, por qué dejarla afuera expuesta a los peligros, creyó que era mejor atraparla y meterla en una bonita pecera, en una grande que tuviera todo lo que a las ranas les gusta. Estaba por comprar la pecera cuando se dio cuenta de que no era justo. Si la encerraba podría estar más segura pero perdería la libertad. Conseguir su alimento era todo un desafío, una aventura que repetía noche a noche, no era bueno privarla de eso. Se conformó con dejar encendida toda la noche la luz de aquella habitación aunque no trabajara. Un tiempo después, de un día para el otro la rana desapareció. Rodrigo nunca supo qué le pasó. Prefirió pensar que se había ido a vivir otras aventuras al igual que su personaje.   


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