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miércoles, 29 de marzo de 2017

El Faro

Los hermanos Federico y Hernán querían vivir una gran aventura o algo emocionante. Estaban pasando las vacaciones junto a sus padres. Habían alquilado una cabaña cerca de la playa. Sus padres querían descansar, y estaban bastante permisivos con sus hijos; era mejor que salieran a que anduvieran molestando allí. Los muchachos no podían estar más contentos con eso.
Su primer aventura fue explorar unas cuevas que miraban al mar.
No eran muy profundas y no tenían nada interesante.  Pero cuando salieron la marea había subido bastante, y por un momento se sintieron en apuros; mas al alcanzar la playa de arena la aventura se terminó. 

Cerca de la cabaña se alzaba un bosque de pinos. Resultó más defraudarte aún, porque el lugar estaba cruzado de senderos, y cada tanto se topaban con alguien, o de pronto veían por entre los árboles el techo rojo de alguna casa.  Se podían tener tantas aventuras allí como las que se pueden tener en un parque o un jardín, ninguna. Les quedaba un lugar más por explorar, y era uno que llamó su atención desde el primer día: un enorme faro abandonado. 

La torre se erguía en una zona rocosa y miraba al mar desde una gran altura. Los muchachos se imaginaron la vista que verían desde aquella altura. Solo el ascenso tenía que ser emocionante. ¡El faro! 
Pidieron permiso para ir a la playa; su madre, que estaba leyendo un libro acostada en una reposera, les indicó que fueran con un gesto de la mano, y los muchachos salieron disparados.  No era del todo mentira, el mar casi salpicaba la base del faro. Por el camino a Hernán le entró una duda: 

-¿Y si está cerrado con candado? -le preguntó a su hermano. 
-Sería tu culpa por pensar en eso.
-¡Ah! Claro, si uno no piensa las cosas no pasan -comentó Hernán, lleno de sarcasmo.
-Acertaste. Como premio te voy a dar cinco… dedos en la cara ¡Jaja! -bromeó Federico. Siempre hacía esa broma, y luego empezaban a tirarse manotazos. 

Llegaron a la base de roca y rodearon la imponente mole. Cuando vieron la puerta de madera, lejos de tener un candado, estaba entornada.  Se miraron y sonrieron.  Como supusieron, adentro estaba en penumbras, por eso llevaban linternas.  Una escalera metálica subía en espiral hacia la oscuridad, pero al final de esta se veía algo de luz, era la que ingresaba por las ventanas de faro. Como los vidrios de arriba estaban rotos entraba viento, y este bajaba hasta la base con un ruido de exhalación. 
Federico probó los primeros escalones pisándolos con toda su fuerza. La escalera rechinó, y los haces de luz de las linternas mostraron que caía mucho polvo y mugre desde arriba. Los peldaños parecían estar firmes.  Comenzaron a subir lentamente. Cada paso provocaba una serie de rechinidos y crujidos que se amplificaban y multiplicaban por todo el faro.   Subieron con tanto cuidado que el ascenso se hizo largo. 

Cuando finalmente alcanzaron la cima, lo primero que hicieron fue acercarse a la ventana, ¡y qué vista se abarcaba desde allí! El mar estaba crispado pero desde aquella altura hasta parecía quieto. Un velero cruzaba cerca del horizonte lleno de reflejos, ¡maravilloso! Los dos estaban con la boca abierta. Se encontraban tan distraídos contemplando el mar, que al escuchar una voz que sonó detrás alcanzaron a saltar del susto, y después voltearon velozmente. 

-Es buena la vista, ¿no? -dijo una voz grave-. La contemplé miles de veces y todavía no me aburro de ella.

En una parte donde la claridad del sol no alcanzaba, creció una pequeña luz rojiza, y esta iluminó a medias el rostro de un viejo de barba que estaba sentado en la sombra sobre un cajón. La luz venía de una pipa que el viejo no paraba de fumar. Y volvió a hablar con su voz grave: 

-Disculpen si los asusté, muchachos. No teman, soy el guardián del faro. Intuyo que solo entraron por la emoción de subir hasta aquí, y para ver cómo se veía el mar desde esta altura, por eso son bienvenidos. Si este faro ya no cumple su función, por lo menos que sirva para algo. 
-Entramos para eso, don -dijo Federico-. No sabíamos que había alguien. 
-No pasa nada.
-Don, ¿hace mucho que cuida este faro? .preguntó Hernán, que ya repuesto del susto volvió a ser el preguntón que era. 
-Desde hace mucho, sí -le contestó el viejo. La luz de la pipa aumentaba y disminuía con cada bocanada-. Pero primero fui marinero -aclaró el viejo-. Recorrí muchos lugares, muchos mares, sí señor, y fue frente a estas aguas que casi sucumbí una noche de tormenta. ¡Que noche más tempestuosa! Todo un mar de lluvia nos caía desde arriba, y en la superficie nos golpeaban las olas desde todas partes.  Nuestro capitán había perdido el rumbo. Con cada relámpago el mar aparecía más atemorizante ¡Por Dios! El capataz daba órdenes a los gritos. Al cruzarme con mis compañeros, casi siempre algún relámpago me mostraba el miedo en sus cara, y ellos verían el miedo en la mía.

"En un momento donde no hubo relámpagos, vi un destello en el horizonte, y aquello no podía ser otra cosa que la luz de un faro, y como ustedes sabrán, es una luz de advertencia para que los barcos se alejen.  Cuando grité “¡Un faro!” con toda la potencia de mis pulmones, vi una enorme roca que pareció emerger súbitamente del mar, y por poco el barco no se estrelló contra ella. Por suerte el capitán también vio el faro en ese momento y eso nos salvó. 
Después me enteré que era este faro.  Unos años más tarde desembarqué por estas costas, y cuando escuché que necesitaban a alguien para trabajar en el faro, me presenté y desde entonces estoy aquí. 
-¡Vaya aventura la que tuvo! -exclamó Federico, y su hermano estuvo de acuerdo. 

Como el viejo dejó de hablar, se despidieron y bajaron lentamente por la escalera, alegres por haber estado allí y escuchado una buena historia. 
Al otro día descubrieron que su experiencia del día anterior había sido más extraordinaria de lo que creyeron. Al preguntarle a un lugareño por el viejo guardián del faro, se enteraron que este había muerto hacía muchos años, y que ya nadie cuidaba el lugar.   Al recordar el suceso no les quedaron dudas: era un fantasma; aunque vieron al viejo fumar su pipa, en ningún momento sintieron olor a tabaco, a pesar de lo reducida de la habitación.     

1 comentario:

Raúl Sesos dijo...

Me gusta esta inspiración que andas teniendo. Un abrazo

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