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sábado, 25 de marzo de 2017

El Pastor y La Oveja (cuento de terror para niños)

Anselmo era pastor desde niño y había pasado por muchas cosas difíciles en su trabajo, pero nunca se había encontrado con el terror. Siempre cuidaba rebaños ajenos. Se levantaba antes del amanecer y desayunaba junto a sus padres iluminados por una vela o el fuego de la estufa. Cuando el sol empezaba a asomar en el horizonte desparejo de la región, cada uno empezaba a hacer sus tareas: La madre trabajaba en la casa y atendiendo a los animales de la familia; el padre en la huerta, y él salía rumbo al corral donde esperaban las ovejas.
Camino a los corrales cruzaba por senderos que subían y bajaban por pequeñas lomas, y que a esa hora se hallaban cubiertos de un rocío que hacía brillar los pastos, y ahí casi siempre se saludaba con gente de la zona que pasaba montando caballos o en carretas que se hamacaban al avanzar. Apenas llegaba al corral soltaba a las ovejas y empezaba a guiarlas hacia las pasturas buenas. Andaba entre las faldas de los cerros y los valles, durante días luminosos donde resaltaban las pequeñas flores del campo, o días nublados donde todo parecía gris y sombrío.

Sin perder de vista a el rebaño, cerca del mediodía se sentaba bajo algún árbol a comer lo que llevaba en el morral (bolso) y después seguía atravesando paisajes y haciendo pausas para que los animales se alimentaran. Cuando el sol se arrimaba al horizonte desandaba el camino y normalmente llegaba antes de la noche. Pero un día, al encerrarlas en el corral notó que faltaba una.

   Recordando el camino que había tomado de vuelta creyó saber en dónde se desvió la oveja. Salió rumbo a ese lugar sin perder más tiempo. Se apuró pero la noche lo agarró igual. El contorno de los cerros apenas se distinguía del negro del cielo donde brillaban unas pocas estrellas porque unas nubes muy grandes se iban juntando allá arriba. Distinguía el sendero porque era de tierra clara, pero en algunas partes tenía que tantear el suelo con su bastón de pastor para saber si una parte más oscura era solo una sombra o un pozo. Cuando miraba hacia atrás veía unas luces diminutas que eran las casas de sus vecinos, unas pocas viviendas desparramadas por aquí y por allá entre campos y huertas.

Haciendo un gran esfuerzo por distinguir algo en aquella negrura, halló al fin el lugar que buscaba. Entre las laderas de dos cerros se formaba como un pasadizo angosto que en los costados era de roca que descendía de forma vertical. Entre esas paredes naturales crecían algunos arbustos que solo recibían luz solar a mediodía. Al comienzo de ese lugar, como ocultando la entrada había otros arbustos más grandes y Anselmo sospechaba que por ahí se le había escapado la oveja. Ese lugar estaba tan encajonado por los cerros que la oscuridad allí era total. El pastor gritó con la esperanza de que el animal balara. Después de varios ecos de su grito escuchó: ¡Beee, beee...! “Ahí está la extraviada”, pensó. Entró en la oscuridad tanteando el suelo con el bastón porque no veía nada. De la oscuridad seguía brotando aquel balido !Beee...!, que sonaba como el de cualquier oveja. Cuando por el ruido supo que se hallaba muy cerca se agachó y tanteó con las manos. “¡Te tengo!”, pensó al tocar algo, pero enseguida se dio cuenta de que aquello no tenía lana; tanteó un lomo que tenía el cuero arrugado y resbaloso. Se asustó mucho y se apartó de aquello con un grito, e inmediatamente la cosa dejó de balar y se alejó a las carcajadas !Jajaja!, ¡jijiji...! Y el eco repitió esa carcajada burlona y chillona hasta que todo quedó en silencio. Anselmo se alejó de allí lleno de terror.

Volvió al terreno del dueño de los animales sintiéndose muy mal por haber perdido una, mas cuando pasó por el corral vio que la oveja perdida estaba contra el cerco pero del lado de afuera, tratando de dormir junto a sus compañeras, se había desviado pero había vuelto al rebaño. Supuso después que la cosa que tanteó debía ser uno, o más probablemente varios duendes bromistas que aprovecharon la situación para asustarlo, pero que no iban a hacerle ningún otro mal.

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