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martes, 14 de marzo de 2017

En La Oscuridad De La Caverna

Esteban, Marco y Antonio caminaron largamente por un campo amarillento y bajo un cielo gris. Cada tanto escuchaban un trueno lejano y se detenían para decidir si continuaban o no. Así alcanzaron una cueva que abría su boca en el pie de un cerro.
 
—¿Ven?, aquí está, se los dije —les dijo Esteban al llegar. 
—Bien, hallaste una cueva, felicidades, te ganaste el mundo —le dijo Marco con sarcasmo.
—No lo molestes, es un buen hallazgo —dijo a su vez Antonio, y continuó—. Espero que haya algún mineral que valga la pena.

Los tres eran coleccionistas de minerales, unos noños.

—Vamos a ver qué hay —les dijo Antonio a la vez que buscaba su linterna metiendo la mano en su mochila.
—¡No! ¡Olvidé mi linterna! —exclamó Marco.
—Menos mal —le dijo Esteban—. Porque ahora me doy cuenta de que también olvidé la mía y no quiero quedar como el único bobo.
—Tremendos exploradores son ustedes —les dijo Antonio con sarcasmo—. Quédense a mi lado. Por lo nublado que está el tiempo esto ya es una boca de lobo.

Y los tres entraron a la cueva. No era muy grande. Enseguida vieron el fondo. Pero en un costado hallaron un hueco, la entrada de una caverna. La luz de la linterna se perdió en el interior de la caverna. Esta parecía muy larga y doblaba más adelante perdiéndose en la oscuridad.
—¿Esto será la entrada de una mina? —preguntó Esteban mirando hacia las partes que revelaba la luz.
—No creo —le contestó Antonio, y le explicó—. Este túnel no tiene vigas ni marcas de haberlas tenido. Miren como es la pared. Esto es algo natural. 
—Natural o no me da mala espina —comentó Marco.
—Es por la oscuridad —supuso Antonio, y trató de alentar a sus compañeros—. Si quieren encontrar buenos minerales hay que entrar a lugares así. Vamos.

Antonio entró pero sus amigos quedaron dudando. Él avanzó un trecho pero al sentir que no lo seguían estuvo a punto de voltearse para animar a sus compañeros. No lo hizo porque sintió que de pronto corrían hacia él para seguirlo de cerca, a un paso detrás de él.
—¿Tuvieron miedo de quedarse solos? ¡Jajaja! —bromeó Antonio.

No le contestaron. Los pasos continuaron siguiéndolo. Caminaban muy cerca de él, casi respirando sobre sus hombros. 

—Vayan atentos a lo que ilumino para ver si ven algo que a mí se me pase —les habló Antonio, y agregó—. No se me arrimen tanto.

En ese momento sus dos compañeros temblaban de terror, inmóviles, y no podían ni hablar. No habían entrado a la caverna. Cuando estaban por decirle a Antonio que volviera, de repente dos sombras deformes salieron de la nada y avanzaron hacia él. Avanzando por la caverna Antonio notó que los pasos que lo seguían sonaban raro, desparejos. ¡Aquellos no eran sus compañeros! Entonces empezó a sentir tanto terror que no quiso voltear. Dominado por el miedo y con aquellas dos cosas casi asomando sus caras espantosas sobre los hombros de él, siguió caminando contra su voluntad. La luz de la linterna se perdió después de un recodo y nunca más se supo de él.

Cuando sus amigos lo vieron desaparecer seguido por aquellas cosas recién pudieron reaccionar y huyeron de la cueva. Cuando dieron aviso y otra gente llegó hasta el lugar, por más que buscaron dentro de la cueva no hallaron la boca de la otra caverna. Había desaparecido.        

3 comentarios:

Raúl Sesos dijo...

Este me hizo temblar cuando llega la parte en que se sabe de que los compañeros permanecieron inmóviles sin poder decir nada. A favoritos, aprovecho dejar un cordial saludo.

Jorge Leal dijo...

Gracias Raúl. Un cordial saludo para ti también!!

Raúl dijo...

Excelente cuento Jorge....Saludos

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