¡Advertencia!: Todas las obras del blog le pertenecen a Jorge Leal. Prohibido tomarlas para cualquier fin sin consultar antes al autor. Y en todos los casos se deberá citar la fuente y el autor, y no se podrán usar con fines comerciales.

Buscar en este blog

viernes, 31 de marzo de 2017

La Cometa (cuento para niños)

       Quería ganar un concurso de cometas como fuera. Aún no lo hacía porque todos los años surgía algún imprevisto. Participaba en la categoría de cometas artesanales. Mi hermano menor me ayudaba a construirla, pero como él no le prestaba mucha atención a los detalles siempre arruinaba algo: o le ponía poco pegamento, o rasgaba el papel a última hora, o la rompía sin querer de formas increíbles. Parecía que podía romper algo solo con tocarlo, así fuera un diamante. Mas ese año no lo iba a dejar, la iba a construir yo solo.
Cuando empecé a armarla en el patio de nuestra casa, Alejandro, mi hermano, apareció a los saltitos:

—¿Qué voy haciendo? ¿Corto el papel? —me preguntó emocionado. 
—No, yo lo corto.
—¿Esa caña no estará muy fina? ¿Te traigo otra? 
—No, está bien así. 
—¿Voy pegando esto?
—Deja eso, no toques nada, sal de aquí. 

Entonces Alejandro volteó hacia la cocina y gritó a todo pulmón:

—¡Mamá! ¡Ernesto no me deja armar la cometa, quiere hacerla solo! —y se volvió hacia mí sonriendo con algo de malicia. 
—¡Ernesto, deja que tu hermano haga algo! —gritó mi madre desde la cocina. 
—¡No, esta vez no, porque él siempre rompe algo o hace algo mal, siempre! —grité yo—. ¡Si quiere que se haga una él! 
—¡Déjalo, Alejandro! ¡Después tu padre te ayuda a armar una! ¡Y no quiero que se peleen! —nos advirtió mamá.

Alejandro me sacó la lengua, enojado, y después se fue como llegó, a los saltitos.  Ahora podía hacerla tranquilo. Con que cuidado medí el papel, la piola de los tiros, le puse la cantidad justa de pegamento… todo. Aquella cometa no se iba a romper e iba a volar como pocas. Por último añadí tres madejas de cuerda y los envolví en un palo. Después mi hermano hizo la suya junto a mi padre. No les quedó muy prolija. El verdadero maestro en cometas era mi abuelo. Llegó el día del concurso. El campo donde se organizaba estaba lleno de gente. Vi algunas cometas que me dieron envidia, pero pensé que la mía iba a volar mejor. La de mi hermano se rompió cuando intentó remontarla y eso me dio mucha gracia; a él no le importó tanto porque ya estaba acostumbrado, además, ahora me tocaba a mí, y él esperaba que la mía también fallara para desquitarse. 

Empecé a remontarla y la cometa subió y subió. No “cabeceaba” ni nada, solo subía más y más. Algunas personas empezaron a voltear hacia mí y otros me fueron rodeando mientras miraban hacia arriba. ¡Que orgulloso estaba de mi trabajo! La madeja con la cuerda se fue empequeñeciendo y mi obra se seguía elevando. Pero de pronto dejé de sentir su tirón y la cometa se alejó y alejó al quedar libre. Enseguida algunos no aguantaron la risa, otros, más respetuosos, voltearon tapándose la boca. Alejandro lanzó una carcajada de revancha. Había puesto mucho empeño al hacerla, pero al envolver la cuerda olvidé atar el extremo al palo. Al darme cuenta también me eché a reír junto a mi hermano. Al año siguiente hicimos una entre los dos. Esta voló y no se soltó, pero no ganamos. No importaba, para nosotros aquello ya era un triunfo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Te gustó el cuento?